La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Audacia feroz

Durante el camino había percibido un aroma distinto, una fragancia que no pertenecía a mi cuerpo ni al de Jon. Estimaba que la esencia de él, en su hechizante masculinidad, mudaba con la luz: de noche, sumido en la penumbra, su piel olía a tierra mojada tras la lluvia mezclada con el matiz de algún aceite perfumado. De día, en cambio, el aroma que emanaba de su cabello era denso, vivo, semejante al de las flores frescas o a la madera aromatizada que se queman en los altares sagrados, tan intenso como grato que me parecía ser la huella de algo antiguo o inalcanzable.

El caballo emanaba un perfume profundo a árboles, especialmente a aquellos aromáticos que recuerdan al bosque. Pero aquel olor que percibí durante mi silencio con Jon me parecía provenir de las ropas que Thamira me había entregado. Tenían un dejo a humo, como si algo se hubiera quemado. Acerqué los pliegues del faldón a mi nariz y confirmé: el olor a quemado estaba allí, impregnado en la tela.

Con cautela giré medio el cuello hacia el arroyo. Jon ya estaba vestido y enfundaba su espada. Su caballo bebía sin apartarse de él. Aprovechando que permanecía ocupado y segura de que llevaba el camisón debajo, decidí lavarme.

A un lado de la corriente dejé el calzado y el vestido sobre los guijarros. Sumergí mis pies en el agua fría, que me cubrió por encima de las rodillas. Lavé con agrado mi rostro, mis brazos, piernas, cuello y manos. Me habría gustado lavar también mi cabello, pero no tenía con qué limpiarlo para que quedara suave. Antes de volver a colocarme el vestido, mis ojos se volvieron a Jon. Estaba más lejos, a una distancia prudente de la roca y del arroyo, acompañado de su caballo mientras pastaba.

Tomé el vestido con intención de sumergirlo y quitarle el olor, pero pronto pensé mejor: si lo mojaba, llevaría la ropa húmeda y Jon probablemente no me permitiría subir al caballo. Entonces miré al otro lado de la corriente, donde crecían grandes matas con flores silvestres.

Sonreí aliviada y crucé la corriente hasta los arbustos. Acomodé los pliegues del faldón y los restregué contra las flores una y otra vez, hasta convencerme de que olerían más a hierba y flores silvestres que a humo. Al terminar, sacudí la tela con cuidado.

Mis pies y manos quedaron cubiertos de tierra, restos de hierba y pétalos de flores. Regresé al arroyo para lavarlos, y me puse el calzado. Sin embargo, al volver, no encontré el vestido.

Consideré que quizá el viento lo había arrastrado al otro lado de los arbustos y revisé la maraña, pero fue en vano. Me adentré en la maleza, pensando que quizá el viento lo había llevado más lejos. Tuve la tentación de pedir ayuda a Jon, pero recordé que aún estaba en camisón y me pareció inapropiado molestarlo.

Anduve confundida hasta que, sobre la hierba y a una distancia prudente, encontré el vestido. Estaba extendido, casi acomodado con esmero sobre el espeso herbaje. Fruncí el ceño, dudando que el viento hubiera causado aquello.

Respiré profundo para no irritarme y me acerqué a recogerlo. Antes de vestirme, miré alrededor y noté que el viento no azotaba nada. Tomé el vestido en mis manos y, por un instante, olvidé por dónde había entrado. Me orienté siguiendo el sonido del arroyo. Avancé hacia un claro, entre enormes árboles, y antes de alcanzar el agua, alguien surgió de la maleza ante mí.

Retrocedí, estremeciéndome de pies a cabeza. Era un hombre, pero no Jon.

—Una mujercilla de joven edad… ¿viva u ofrecida en el antiguo paso de los errantes?

Su mirada me recorrió de pies a cabeza, y el modo en que se saboreaba los labios al fijarse en mi cuello me hizo saber de inmediato sus intenciones maliciosas. Una de sus manos buscó algo en su espalda y pronto lo vi sostener un cuchillo afilado.

—¿Eres de piel suave, con sangre tibia? ¿O finges sangrar y respiras como la montaña?

Abrí los ojos desmesuradamente. Comprendí que debía escapar con rapidez. Eché a correr, solo pensando en alcanzar un claro que me devolviera al arroyo. Pero no lo conseguí. Ante mí aparecieron otros dos, sonriendo con diversión oscura mientras avanzaban.

—¡Qué bonita! Sabremos si respiras o sangras, si eres de carne tibia o de humo y viento.

Respiraba horrorizada. Cuanto más retrocedía o intentaba escapar, alguno me salía al paso, hasta quedar rodeada por todos. Cuando uno me rodeó por la cintura, grité aterrada:

—¡No!

Otro cubrió mi boca; no pude llamar a Jon. Los cuatro parecían rudos, con ropas gastadas, la piel oscurecida por el sol, aspecto descuidado y desaliñado. Su acento era pesado y gutural. Entendía su Thalvarsk, pero no parecían ser ni de Halvarhar ni de Grevhar.

—Es suave… está tibia… —dijo quién me apretaba por la cintura con ferocidad.

Me moví con brusquedad con intención de soltarme, pero me alzó con más fuerza. Otro me sujetó los brazos, y uno más me inmovilizó los tobillos.

—Se ve… viva —añadió el primero que había surgido de la maleza—. Déjala que grite. ¿Quién podría escuchar sus berridos o sus gemidos?

Los tres se echaron a reír.

—Ansiábamos a una de esas damas de sombra… pero mira —continuó—. Nos han favorecido con un sacrificio. Seguro que es una doncella virgen, entregada al bosque…

—O al fuego de la noche fría… —dijo quién me sujetaba los tobillos.

—Pero te has conseguido algo mejor —añadió otro—. Cuatro hombres hambrientos para ti sola, las veces que lo quieras.

Las carcajadas estallaron con crudeza. Mis ojos se anegaron de lágrimas. Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra. Justo entonces, el que me sostenía por la cintura acercó mi mano a su cuello, mientras otro alzaba el cuchillo y apoyaba el filo contra mi mejilla.

—Quieta, preciosa avecilla… —murmuró—. No querrás que este cuchillo haga pedazos tu rostro, tan bonito y joven.

—Si eres buena —susurró el que me sujetaba, muy cerca de mi oído—, prometemos ser complacientes. Quedarás saciada.




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