La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Dádiva ofrecida

Oscuridad absoluta, hasta que de pronto sentí mi cuerpo acomodado en una postura confortable. Estaba cubierta de tal forma que el frío no me molestaba, y aun así sentía el sol acariciarme el rostro con suavidad.

Al abrir los ojos, contemplé la belleza de un cielo amplio, sin nubes, de un glorioso azul vivo. El viento jugaba con los cabellos de mi coronilla. Suspiré, creyendo que había vuelto a un sueño; pero cuanto más consciente me volvía, más comprendía que era lo contrario: estaba regresando de él.

Mi cabeza descansaba de lado sobre algo deliciosamente firme, lo suficiente para sostenerme sin incomodarme. Era un equilibrio perfecto entre fuerza y comodidad. Al advertirlo, y notar que me movía sin esfuerzo alguno, comprendí que alguien me llevaba.

Entonces percibí la rigidez protectora en torno a mi cintura, y el balanceo rítmico del caballo. Giré apenas la cabeza y me encontré con el pecho fuerte de Jon. Me llevaba abrazada, bien acomodada entre sus brazos. Alcé la mirada recorriendo la línea de su pecho, su garganta, hasta su mandíbula: firme, tensa, mientras su atención permanecía fija al frente con naturalidad.

Deseé fingir que seguía dormida, pero entonces lo oí hablar.

—¿Cómo se siente, princesa?

Abrí los ojos con mayor decisión. Seguramente había percibido mis movimientos. Con lentitud me incorporé para sentarme, y al hacerlo mi espalda crujió, devolviéndome de golpe los recuerdos: el bosque, aquellos hombres surgidos de la nada… y él, transformado con audacia feroz en un guerrero letal.

Suspiré antes de responder. Llevaba su capa sobre el cuerpo; comprendí entonces por qué me sentía tan cálida y reconfortada.

—En realidad… —estaba nerviosa, mi corazón latía con fuerza al notar su preocupación—. Yo estoy bien.

Con delicadeza apartó sus brazos de mi cintura. No me quité la capa; solo la acomodé para que no resbalara. Sin embargo, sus movimientos seguían vivos en mi mente: la precisión, la velocidad, la manera en que respondía casi antes de cada acometida.

—He evitado que presencie enfrentamientos siempre que he podido —dijo—. Lamento profundamente que haya tenido que ser parte de algo así. La primera vez que se presencia la muerte de cerca… nada vuelve a ser igual. Algo cambia en los pensamientos. En las decisiones.

Giré el cuello para mirarlo. Lo observé, estupefacta. ¿Se disculpaba por lo que yo había sentido? Respiré hondo para contener el temblor al comprender que no solo me miraba, sino que realmente le importaba qué había sentido, qué huella había quedado en mí. Tragué saliva, intentando contener el tumulto de emociones.

—Jamás habría imaginado que hubiese más personas cerca de ese arroyo… menos aún que se atreverían a…

Su voz cortó mi frase. Su mirada se oscureció, el semblante se volvió severo.

—¿No le hicieron daño? —preguntó, estrechando los ojos, apretando los labios.

Había ira contenida en su mirada.

—No. Su presencia siempre llega cuando debe ser —respondí—. Gracias a usted, una vez más, estoy bien.

Su gesto se suavizó, liberando la dureza implacable de su expresión.

—Me da gusto que sea así, princesa. Hombres como ellos olvidan que en cada mujer podría haber una hermana, una madre, un familiar querido… No existe razón alguna para que se atrevan a usar la fuerza ni la violencia bajo ninguna circunstancia contra otro ser humano, y menos aún contra una mujer.

Suspiré de nuevo, mirándolo con profundo arrobamiento.

—Sí… me temo que tiene razón.

Una suave sonrisa brotó de sus labios. Me alegró notar cómo aquella seriedad impenetrable se disolvía, aunque fuera apenas un poco. Desvió la mirada hacia mis hombros.

—Tuve que ponérselo —dijo—. Olvidó vestirse.

Sonreí con gratitud. Él no alteró el gesto amable ni la suavidad de su mirada.

—En un momento nos detendremos. Estoy convencido de que ha de estar hambrienta. No se suelte —añadió con calma.

El caballo avanzó con ligereza por una amplia pradera. La belleza de los brotes y las flores robaba la vista. Algunas colinas se alzaban al fondo, no demasiado empinadas a la distancia. El suelo distaba radicalmente del difícil transitar de los bosques espesos que habíamos dejado atrás.

El caballo detuvo su marcha al pie de un alto tharis-var. Jon se desmontó, rebuscó en las bolsas de cuero sujetas a la silla y colocó en mis manos un vestido.

—Vístase, por favor —ordenó amablemente.

Lo recibí. Me ayudó a asirme del potro y me lo coloqué con la mayor prisa que pude. El caballo quedó entre ambos, lo cual me ayudó a no sentirme tan nerviosa mientras lo hacía.

Coloqué la capa sobre el lomo del potro. Al aproximarme, él me miró y me entregó varios frutos. Los recibí.

—Gracias, Jon, pero estoy bien… No estoy hambrienta.

—Puede que no lo necesite ahora, pero es necesario que se alimente. Nuestro camino aún es largo, y la jornada a caballo lo será más todavía. Debe comer.

Suspiré y no pude negarme. Su amabilidad era tan inesperada como agradable, así que asentí.

Pensé entonces que quizá deseaba mostrarse menos severo conmigo después de lo ocurrido en el arroyo. Lo vi apoyar la espalda contra la ancha corteza del árbol tharis-har, con los brazos cruzados, mirando hacia el horizonte: la inmensidad de la pradera hasta el borde del cielo, que parecía besarlo con dulzura. Contemplaba aquello con calma.

Sin duda, menos serio… pero igual de distante, aunque se le notara más pensativo.

No quise romper la tranquilidad que parecía apreciar. Me senté sobre el follaje, colocando los frutos en mi regazo. Jugueteé con ellos, intentando recordar su nombre, pero antes de lograrlo no pude apartar de mí la certeza de llevar a mi lado a un guerrero. Comprendí, por fin, la razón de mi padre al elegirlo para custodiarme, para protegerme en todo momento.

En ningún instante había hecho alusión alguna a aprovecharse de mí; era todo lo contrario, siempre atento a que estuviera bien.




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