El caballo marchó a trote ligero, adentrándose en parajes más abiertos y menos boscosos. Aunque aparecía alguna arboleda dispersa, no volvimos a internarnos en ninguna que se asemejara a los densos bosques de antes.
El sol se hallaba en su punto más alto, casi sobre nuestras cabezas, cuando divisé campos cubiertos de aenhum y otros sembradíos. Aquello me aseguró que no tardaríamos en encontrar un poblado y algunas viviendas.
Ninguno de los dos volvió a mencionar nada. Sin embargo, por primera vez desde que había comenzado nuestro inesperado viaje, me sentía verdaderamente afortunada de ir junto a él, de contar con su protección y su misteriosa compañía.
A medida que rodeábamos los campos, comprendía que con cada paso del caballo nos acercábamos cada vez más al final del trayecto. La travesía, que al principio había sido inesperada, luego emocionante y peligrosa, parecía encaminarse a una conclusión que inevitable que llegaría a suceder en el momento que menos lo imaginara. Y aunque habíamos atravesado situaciones diversas, a cada instante me gustaba más la sensación de libertad, aun cuando implicara hallarnos tan lejos de Halvarhar y tener que exponernos constantemente a peligros y situaciones diversas.
Y a pesar del terror reciente de haber visto sangre y muertos, estaba convencida de que nada me inquietaba tanto como pensar que el viaje pudiera terminar y que tuviera que despedirme definitivamente de él.
Al fijar la vista al frente, tal como había sospechado, del otro lado de la laguna se alcanzaban a distinguir varias viviendas. No eran tantas como en el pueblo de Grevhar, pero parecían acomodadas, casi soterradas bajo un pequeño cerro. Las primeras mostraban sobre sus techos rocas pesadas y broza.
De pronto, el caballo apresuró el trote. Frente a una de las viviendas más cercanas al lago, se detuvo. Jon se desmontó con facilidad, acarició la cabeza del negro potro y dirigió la mirada hacia mí.
—Princesa, debo conseguir algunas provisiones. Será mejor que aguarde junto al caballo. ¿Podría permanecer un momento con él?
Asentí de inmediato. Se alejó a grandes pasos, encaminándose hacia un grupo de hombres que ya se aproximaban. Eran robustos, algunos de constitución especialmente fuerte, y vestían pieles sobre el pecho. Otros, a cierta distancia, permanecían sentados sobre un espeso herbaje, trabajando con esmero la madera que tallaban.
Tras intercambiar palabras con ellos, lo invitaron a reunirse con quienes esculpían. Jon permaneció conversando con un hombre mayor que parecía ejercer autoridad sobre los demás.
—Hael. Hael. Vaen thur? Naem vae?
Giré el cuello al escuchar aquella voz grave, con un acento distinto al que había oído en Grevhar y en Halvarhar. Sonaba más gutural, más antiguo.
El hombre que tenía ante mí era tan alto como Jon. Su cabello largo estaba trenzado en dos partes iguales que caían sobre el pecho. Lucía barba espesa y bigotes largos, pero sus ojos, de un verde azulado intenso, eran joviales, vivos; revelaban juventud sin perder firmeza ni madurez.
Vestía pieles y, bajo ellas, telas gruesas de algodón o lana, apropiadas para climas muy fríos. Aun cubierto de aquellas prendas, su cuerpo evidenciaba una fuerza imponente, la de alguien habituado al esfuerzo.
Mi escrutinio fue breve, pero suficiente para saber que no era un hombre desagradable. De hecho, había algo extraño en él: la combinación de su fuerza con la juventud de su mirada lo hacía imponente. Sus cabellos rubio cobrizo enmarcaban rasgos marcados y prominentes.
Sostenía sus ojos sobre mí con un agrado desbordante, como si mi curiosidad no le resultara ofensiva, sino halagadora.
—Hale, Rynhar. Tashek-asa ne va… Kaelhem-asa va.
Sonrió amistosamente y respondió con entusiasmo:
—Vaeneth-enne thur va? Enne naem va? Enne tashek va? Tash-asa va, enne tashek va?
Primero lo miré con desconcierto, luego con asombro. Había comprendido perfectamente mis palabras, que sin duda variaban en acento y forma. Había adaptado su habla para que yo pudiera entenderla.
Preguntaba: ¿Te encuentras bien? ¿Cómo te llamas? Y añadía: ¿Entiendes lo que digo? Si hablo yo, ¿me entiendes tú?
Asentí, incapaz de reprimir una sonrisa de fascinación ante su perspicacia para reconocer mi procedencia y mi variante del idioma.
—Sí, por supuesto. Ahora te entiendo bien.
Se mostró complacido. Extendió la palma hacia su propio pecho, sin abrir demasiado el brazo.
—Me alegra que así sea. Sabía que algún día llegaría alguien del continente, tal vez del lejano paraje del noreste. No era necesario que ofrecieras disculpas por no comprenderme; solo te saludaba. El idioma del norte varía conforme se desciende por el continente. Ahora sabrás que para nosotros Hael es Hale para ti.
Asentí nuevamente, sonriendo con naturalidad.
—Sí, desde luego que no olvidaré.
—¿Entonces vienes con él? —dijo, volviendo el rostro hacia donde Jon continuaba en conversación con aquellos hombres.
—Sí, vengo con él.
Mis ojos se fijaron en el lugar donde él se hallaba, prendados en su inigualable figura erguida al frente; permanecía de brazos cruzados, hablando con calma, como si de antiguo conociera a cada uno de ellos. De pronto me lanzó una mirada; luego, al hombre que conmigo conversaba; y con la misma prontitud volvió su vista hacia quien ahora le dirigía palabra.
—¿Me dirás cómo te llamas? Soy Ulskandar.
Recordé que Jon me había pedido no revelar jamás mi nombre; así que tomé el mismo que Jon me había dado en casa de la señora Mareth.
—Me llamo Serene.
—Serene… tan dulce como la diosa cuando se deja ver en el claro de la luna, en la hondura de la noche. Celebro que hayas llegado a Thalvalthar. Me inclino a pensar que vienes de muy lejos…
Asentí, mirándolo de nuevo primero con asombro, luego con un agrado que no supe disimular.
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Editado: 24.02.2026