Mi expresión permanecía suspendida en el pasmo, con la vista fija en él. Cuando Ulskandar se hubo marchado, Jon apoyó la espalda contra el muro y cruzó los brazos sobre el pecho. Mi corazón saltaba sin dominio; sentía el pulso vivo golpearme la garganta al tener su atención entera posada en mí.
—¡Eh! —exclamó, conteniendo una sonrisa que apenas lograba sujetar en los labios; su gesto era abiertamente divertido—. ¡Qué espléndida y oculta habilidad, princesa! Admirable manera la suya de estremecer el temple de los más firmes guerreros.
Cada palabra me dejó aún más atónita. Respiré hondo, intentando comprender el alcance de lo que insinuaba.
—¿Que yo puedo hacer qué?
Su sonrisa se abrió con mayor libertad.
—También es capaz de desarmar su furia —añadió, todavía con expresión jovial—. Ulskandar es el primogénito y único hijo del patriarca de este pueblo. Hace poco le han pedido que tome esposa. Vio en usted algo que lo llevó a declarar sus intenciones… aunque no contaba con sus recursos.
No hallé respuesta inmediata. Si aquello era una “habilidad”, cobraba un sentido extraño bajo su mirada. Él continuó, ya con un sosiego más marcado:
—Es uno de los mejores guerreros de la tribu. Pobre hombre… eligió con poca fortuna.
Advertí entonces el matiz sarcástico en sus palabras. Lo prefería así, levemente mordaz, antes que distante o severo; aunque no dejaba de incomodarme aquella perspectiva.
—No era mi intención quebrantar ni su fuerza ni su hombría al negarme… Lo lamento.
Por primera vez desde que lo conocía, lo vi reír de verdad. Reír sin reservas. Contuve la respiración; mis ojos se detuvieron en sus labios con un deleite que no pude disimular. Él lo notó y apretó los suyos, intentando recobrar compostura.
—No debería lamentarlo. Pero, princesa… qué fortuna la suya para ir hallando esposos en cada aldea.
Entrecerré la mirada, sin saber si tomarlo por broma o por reproche. Me enredé en mis propios pensamientos, incapaz de responder.
Él habló de nuevo:
—Le dije al patriarca que era mi hermana. Ahora pensarán que no solo mentí, sino que oculto otras intenciones al haber solicitado refugio para ambos. Habría sido más prudente decir que ya tenía prometido. Porque así es, princesa. Sin embargo, no incurrió en la impropiedad de aceptar su oferta. Aunque su justificación fue… poco sagaz, debo reconocerle algo: su identidad permanece a salvo, y con eso tengo, por ahora.
Respiré hondo y llevé las manos a mis mejillas, que ardían. Siempre me sucedía cuando la vergüenza o la emoción me sobrepasaban.
Cuando alcé la vista, ya se había separado del muro.
—Jon… yo solo pienso que… —volví a inhalar profundamente cuando sus ojos se fijaron en mí—. Desearía lavarme; comí hace un momento. ¿Cree que pueda salir? No he visto ningún recipiente con agua y…
Su semblante recobró la seriedad habitual, aunque sin dureza. Asintió.
—La acompañaré. Iremos juntos.
Se encaminó hacia la salida. Cuando dejó de mirarme, mi corazón volvió a agitarse al recordar su risa… y aquella suerte de elogio que me había dedicado.
Se detuvo afuera y ladeó la cabeza para aguardarme. Caminé con premura hasta alcanzarlo. Juntos nos dirigimos al lago.
Al llegar a la orilla, nos detuvimos. La inquietud no se disipaba; al contrario, se intensificaba con cada recuerdo. No había negado ante nadie que me pertenecía.
¿Me pertenecía?
La idea me atravesó con una fuerza inesperada. Para todos en aquel lugar, aquello era cierto: Jon se había convertido en mi esposo.
Sentía su atención mientras me arrodillaba junto al agua. Ver su figura reflejada en la superficie me turbó aún más. El paisaje, sereno y hermoso, parecía ajeno al torbellino que me sacudía por dentro. Me lavé con rapidez; con las manos húmedas llevé el frescor a mis mejillas, intentando apaciguar el ardor que me invadía.
—Aún falta para el ocaso —dijo con esa voz profunda que adquiría un matiz singular cuando era directa y serena.
Volví el rostro hacia él desde donde permanecía arrodillada.
—Pero será mejor permanecer dentro de nuestro alojamiento. Pediré que le lleven comida al caer la noche. Después de eso, ninguno de los dos saldrá hasta el amanecer.
Asentí despacio. Cada palabra suya parecía afirmarse en mi interior con una claridad imposible de ignorar.
¿Estaríamos juntos, a solas, durante toda la noche? ¿No pensaba marcharse? ¿Permanecería conmigo hasta que el alba se asomara?
Me puse en pie. Él giró y emprendió el regreso. Lo seguí en silencio, con la sensación creciente de que toda pregunta encontraba una única respuesta: sí. Y no sabía si aquello debía tranquilizarme o inquietarme más.
Mi corazón se agitaba, hundido entre el temor, el gusto y el nerviosismo; me hallaba sumida por completo en imaginarlo conmigo toda la noche cuando, de pronto, Jon se detuvo. Caminaba tan cerca de él que no pude contenerme a tiempo y choqué contra su espalda.
Él, férreo como muro de piedra, fijó la vista hacia un costado, como si atendiera a un sonido que mis oídos no alcanzaban a percibir. Luego volvió el rostro al frente.
A no mucha distancia estaba Ulskandar. Permanecía de pie junto a la entrada de una de las viviendas contiguas a nuestro alojamiento, con un pie apoyado sobre un trozo de madera, pensativo.
Jon giró el rostro hacia mí. En sus ojos profundos advertí algo que me heló: un aviso silencioso, como si hubiera sido tocado por un presentimiento invisible.
—¡Serene, inclínese! ¡Abajo, ahora!
Abrí los ojos con horror, pero obedecí sin replicar.
En cuanto me vio reclinada, él echó a correr. Lo hizo como su caballo a toda velocidad, yendo como el propio viento; no era sólo rapidez, era determinación lanzada hacia un punto exacto.
—¡Ulskandar! —voceó con voz firme.
El guerrero alzó la vista, desconcertado. Pero Jon ya se impulsaba hacia él; saltó con fuerza, y aun cuando Ulskandar intentó enderezarse, no tuvo tiempo de comprender. Jon giró sobre sí con ímpetu y lo derribó. Ambos cayeron varios pasos lejos de la entrada.
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Editado: 24.02.2026