Jon clavó de pronto su mirada en la mía. Lo vi abrirse paso entre la muchedumbre que celebraba, mientras a mi alrededor los vítores se alzaban con un júbilo desbordado; los hombres se estrechaban en abrazos como si, al fin, se les hubiese concedido un respiro largamente negado por el destino. Él avanzaba distinto, con pasos mesurados y firmes, sin apartar sus ojos de los míos, como si nada más en aquel recinto reclamara su atención.
En breve lo tuve frente a mí. No pude evitar dedicarle una sonrisa, sintiendo cómo mi mirada se perdía en él con una admiración que no buscaba refugio en el disimulo. Lo había visto combatir, lo había visto sostenerse en el epicentro de la violencia sin que su espíritu cediera, y aun así, no hallaba en su cuerpo huella alguna de la contienda, ni rastro de la cadena que había oprimido su garganta. Se mostraba sereno, con esa quietud que no precisa imponerse, manteniendo un porte tan firme como los antiguos robles que custodian los bosques de Halvarhar.
Exhalé un suspiro, incapaz de contener el sentimiento que me embargaba.
—Ha salvado usted muchas vidas, Jon… Ha sido una proeza sin igual, y ha logrado poner fin a un conflicto que parecía no conocer término.
Sus labios apenas insinuaron el rastro de una sonrisa.
—No ha sido solo por mi intervención, princesa. Ulskandar sostuvo su voluntad hasta el último aliento, resuelto a proteger aquello que consideraba invaluable.
No aparté la mirada de su rostro.
—¿Y qué era aquello que poseía tal valor para él?
—La hermandad… y la palabra dada —respondió con una calma ancestral—. No todo halla su resolución en el sacrificio o en la ceniza de la destrucción.
La tarde comenzaba a declinar, cediendo su trono a la noche, y aun así cada rasgo de su semblante permanecía límpido ante mí. Había en sus palabras algo que trascendía la razón; una verdad vivida desde las entrañas, como si aquel código de honor no le fuera ajeno en absoluto.
—Tiene usted razón… —murmuré—. No debería ser la muerte el único puente entre quienes aún poseen el don de comprenderse. Y dígame, Jon… ¿qué acontecerá ahora que las espadas descansan?
Su mirada se desvió hacia la celebración que estallaba a nuestro alrededor.
—No hallaremos reposo esta noche. Ya que el estrépito ha cesado, unirán en matrimonio al aliado de Ulskandar con la estirpe de Bijor.
Inhalé profundamente. Me reconfortaba saber que la verdad había prevalecido, que la justicia e incluso el amor habían hallado su lugar tras tanta tensión. Pero al oír el nombre de Bijor, una inquietud se agitó en mi pecho. Recordé la forma en que él lo había mirado: aquella familiaridad que resultaba imposible de ocultar a mis ojos.
—Jon… —dudé un instante—. ¿Bijor lo conoce?
Se volvió hacia mí. Sus ojos… parecieron irse lejos.
—Un compañero mío —dijo finalmente— fue cercano a su tribu, hace mucho tiempo. Viajé por estas tierras entonces… y entre nosotros hubo algunos favores. Quizá por ello creyó reconocerme.
Asentí, aunque una inquietud persistía.
—Entonces… usted tenía un compañero.
Sonrió. Pero esta vez no era la misma sonrisa. Había en ella una nostalgia tenue, profunda, como si guardara un afecto que el tiempo no había logrado desvanecer.
—Sí… —respondió—. El único que he tenido.
Su mirada descendió apenas. No hacía falta más para entender que sus pensamientos habían viajado lejos.
—Debió de ser alguien muy importante para usted… —dije con suavidad—. ¿Qué fue de él?
Guardó silencio. Se cruzó de brazos, y por un breve instante lo vi distinto. No distante, sino sumergido en un recuerdo que parecía pesarle.
—No lo sé, princesa —respondió al fin, con voz grave—. Tuvimos que separarnos. Hace mucho que no lo veo… Quizá aún viva, haciendo de las suyas en algún lugar. O quizá ya no.
Sus palabras dejaron en mí una sensación extraña, difícil de explicar.
—¿Y cómo se llamaba?
Alzó la vista hacia mí. No había incomodidad en su expresión. Solo una calma que, de algún modo, parecía esquivar la respuesta.
—Veo que sigue siendo muy curiosa, princesa.
Abrí los ojos con asombro. Aquellas palabras resonaron en mi interior como si despertaran algo que no lograba recordar, pero que, sin embargo, me pertenecía. Por un instante, sentí que no era la primera vez que lo escuchaba decirme eso. Y aun así sabía que lo era.
Me estremecí levemente. La voz de Ulskandar irrumpió entonces.
—¡Gracias, Jon! —dijo, aún recuperando el aliento. Cojeaba, pero su voz era firme—. Eres uno de los mejores guerreros que he conocido. Mi pueblo te debe una deuda que no olvidará jamás. Serás bienvenido tú, tu esposa y tu descendencia, hasta el final de los días.
Jon inclinó la cabeza en respetuosa reverencia.
—Te lo agradezco, Ulskandar. Y tú… siempre fuiste un guerrero digno. Serás un líder sabio. No debes dudar de ti.
En el rostro de Ulskandar brilló una gratitud sincera.
—Varelhal, Jon. —añadió—. Mañana, al mediodía, se celebrará el rito de unión de Ender. Todo según nuestras costumbres. Pero la celebración comienza esta misma noche… Sería un honor que permanecieran con nosotros.
Jon negó con suavidad.
—Deseo abundancia y dicha para ellos y para tu pueblo. Nos honra tu ofrecimiento… pero no podemos quedarnos. Partiremos antes del amanecer.
Ulskandar frunció levemente el ceño, sorprendido.
—Nos habría alegrado contar con su presencia unos días más… pero comprendo. Si cambias de parecer, siempre serás bienvenido.
Jon sostuvo su mirada con respeto.
—Varelhal, Ulskandar.
Ulskandar sonrió con alegría y se estrecharon de brazos con gusto. Sin embargo, sin soltar a Jon todavía, fijó su mirada en mis ojos. Jon se apartó con calma.
—Serene, iré por el caballo —dijo, dando media vuelta.
Me quedé tartamudeando, intentando que me viera, que no se alejara, pero Jon siguió su camino sin volverse. Al fijar mi vista en Ulskandar, lo encontré firme, sin apartar sus ojos de mí; había en ellos una intensidad distinta, como si en ese instante me contemplara con una fascinación más profunda, imposible de disimular.
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Editado: 05.10.2026