Mi descanso fue profundo, sin sueños. Al pestañear un par de veces, sentí la luz del día caer de lleno sobre mí; aun así, me hallaba reconfortada, sostenida por algo firme, cómodo, agradable; fuerte y mullido en un equilibrio tan perfecto que me costó, en verdad, abrir los ojos por completo.
Pero al bostezar, y al alzar la mirada, el cielo abierto me ofreció su primer saludo y entonces comprendí que ya no estaba en aquel taller.
Al girar levemente la cabeza, me encontré con el pecho firme de Jon. Esta vez no vestía aquel atavío oscuro; llevaba un jubón de mangas largas. Seguí el recorrido con la mirada: su garganta, su mandíbula, sus labios, la línea de su nariz hasta llegar a sus ojos, que ya me observaban fijamente.
—Jon, buena mañana para usted —saludé, incorporándome hasta quedar sentada por mí misma sobre el caballo, ya no de lado.
—Buena mañana para usted, princesa.
Su respuesta fue menos severa; incluso creí ver en sus ojos un leve destello de alegría. Por un instante pensé que quizá soñaba, que tal vez aún no había despertado del todo. Cuando logré acomodarme, él retiró sus brazos con suavidad.
—¿Dónde estamos?
Mantuvo ese gesto sereno, sin llegar a la rigidez habitual.
—Tiene el sueño muy profundo, princesa. Partimos desde temprano; ya no estamos en los dominios de Einar. Debe de ser casi mediodía.
Eché un vistazo a mi alrededor. Avanzábamos por un valle abierto. Se me escaparon un par de bostezos largos y perezosos, todavía incrédula. A pesar del movimiento del caballo, había dormido profundamente entre sus brazos, quizá como nunca antes.
Cuando notó que mi somnolencia cedía, emitió un breve sonido con los labios; a mí me pareció por un momento que besaba el aire. Entonces el potro aceleró el paso en un trote ligero y sostenido, dirigiéndose hacia una arboleda.
Sin detenerse, nos internamos en ella. Pronto el entorno cambió. Nos adentramos en un bosque húmedo y espeso. A diferencia de los anteriores, allí reinaba un silencio lúgubre, denso. El aire era más frío, más pesado, distinto a cualquier otro bosque que hubiera visto.
De vez en cuando, el canto apagado de alguna ave rompía la quietud, o el silbo entre los árboles se alzaba como un susurro prolongado. Pero, en esencia, todo permanecía inquietantemente callado.
Y aquello me inquietaba. Era como si algo acechara, oculto, vigilante. No se sentía natural, ni propio de la vida salvaje. El frío se volvió más intenso; me rozó el rostro, entumeció mis dedos hasta llegar a mis manos.
La espesura, los altos arbustos, Tharis-Var, Tharis-Has y otros robustos árboles, todo parecía observarnos desde sus sombras.
—Jon, ¿este lugar es seguro? —pregunté sin apartar la vista de mi entorno.
—Por supuesto —respondió—. Tan seguro que no encontraremos a nadie rondando por aquí.
Me volví hacia él de inmediato. Su tono había adquirido una gravedad distinta.
—¿Y por qué dice eso? —insistí, frunciendo el ceño.
—Porque ninguna persona que conozca las historias de este bosque desearía cruzarlo. Pero yo no me preocuparía por las habladurías de quienes se dejaron arrastrar por sus propias impresiones.
Un escalofrío recorrió mi espalda.
—No me diga eso ahora. ¿Atravesamos un bosque prohibido? ¿Eso intenta decirme?
Tragué saliva con dificultad. Él, en cambio, apretaba los labios, dejando escapar de vez en cuando una sonrisa apenas contenida, casi traviesa, impropia de su porte.
—Jon, esto es serio… Si todos lo evitan, ¿por qué no hicimos lo mismo? —reclamé.
—Princesa, inclínese lo más que pueda… —pidió con calma.
Fruncí el ceño, confundida. Su mirada permanecía fija al frente; sin perder aquella leve sonrisa, inclinó el torso. Lo imité apenas un instante después, demasiado tarde. Una rama me golpeó con suavidad en la cabeza.
—Habría sido mucho más considerado decir: “una rama al frente”. —Reclamé.
Me froté el lugar del golpe, mientras él reía, abiertamente divertido como pocas veces lo había visto. Intentaba contenerse, sin conseguirlo.
—De acuerdo —dijo finalmente, tras recuperar el aliento—. La próxima vez, diré: “rama al frente”.
Suspiré, incapaz de enfadarme al contemplarlo, y asentí con una sonrisa.
A cada paso, el bosque se cerraba más sobre nosotros. Madreselvas, enredaderas y matorrales formaban una cortina espesa que apenas dejaba ver lo que había delante. La idea de atravesar un lugar prohibido terminó por llenar mi mente. Intenté ignorar el frío, y esa sensación persistente de peligro.
—¿Qué sucede, princesa? —preguntó—. ¿Una historia ha despertado el miedo en su interior?
Me observaba con intensidad, aunque sin abandonar ese leve matiz de diversión en su mirada añil.
—Si lo piensa… por algo la mayoría evita este bosque. Y, si hubiera sido por mi voluntad, de haberlo sabido, no habría dado un solo paso por estos senderos… ni aunque me ofrecieran todos los reinos del mundo.
Para mi asombro, seguía de buen humor. Por primera vez desde que lo había conocido, aquella seriedad suya parecía haberse apartado. Casi lo vi a punto de reír, aunque se limitó a sonreír abiertamente.
—No hay nada que temer, princesa. De hecho, estoy convencido de que aquí corremos menos peligro que en cualquier otro lugar del continente.
—¿Y cómo puede saber eso?
Mi respiración comenzaba a agitarse. Él no respondió de inmediato; mantuvo la vista al frente, sereno, sin inmutarse ante mi evidente inquietud, ante ese temor que crecía con cada paso del caballo.
—Mejor responda otra cosa… ¿Qué habladurías existen sobre este lugar? —Pregunté sin apartar la mirada de sus ojos.
—No entiendo por qué desearía profundizar en algo que la inquieta… o la aterra.
—No sé si sea prudente, pero así soy, Jon. Prefiero conocer la verdad.
Se volvió más serio, aunque no de la forma habitual. Su expresión se volvió inescrutable, fija en el camino.
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Editado: 01.04.2026