La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Sangre en su interior

Cuando el viento alzó mi cabello, sentí al fin que el pavor comenzaba a sosegarse. Respiré hondo, entregándome a la caricia de la brisa, y me permití habitar con alivio ese instante de paz que la naturaleza parecía compartirme. Giré entonces el cuello para observar la senda recorrida.

El cielo persistía nublado, pero la vista revelaba la verdadera y vasta extensión de la espesura que dejábamos atrás. Habíamos ascendido por una colina, y desde la cumbre la mirada se perdía en una inabarcable enramada verde, tan tupida que parecía no conocer fin. Me embargó un profundo consuelo al saberme lejos de aquel sitio que no me había concedido ni un solo momento de sosiego.

El caballo retomó el trote con mayor ligereza, y devolví mi vista al frente. Jon encontró un estrecho sendero entre la hierba y lo siguió sin vacilar; tras atravesar maleza densa y matorrales, se alzó ante nosotros la antigua fachada de una vivienda. Nos detuvimos frente a la puerta.

Antes de que pudiera pronunciar palabra alguna, él desmontó de un salto. Se acercó a la entrada y llamó con firmeza, mientras yo contemplaba los muros de aquella vivienda. El musgo se aferraba a la piedra y la madera, vencida por el tiempo y la humedad, delataba un abandono prolongado, lo cual sugería que el silencio había sido su único habitante en largas jornadas.

Jon insistió una vez más, pero no hubo respuesta. Se volvió hacia mí con su habitual rigor.

—Princesa, puede bajar.

Aunque el desconcierto comenzaba a nublar mi ánimo obedecí. Apenas toqué el suelo, él empujó la puerta con una sola mano; el madero, gastado por el tiempo, cedió sin ofrecer resistencia. Jon ingresó con pasos amplios pero sigilosos. Yo aguardé en la entrada, expectante ante la posible aparición de alguien, aunque en el fondo sabía que aquello era improbable.

Lo vi recorrer el interior, yendo y viniendo entre las sombras de las estancias. Cuando se adentró al fondo, avancé un par de pasos dentro… pero me detuve. El ambiente me pareció más frío que el exterior, de un modo que no sabría declarar con acierto. Mi piel se erizó al instante, y el recuerdo del bosque y de sus criaturas se impuso en mis pensamientos sin esfuerzo.

Jon regresó con pasos firmes, y en breve estuvo frente a mí.

—Nos conviene haber encontrado este sitio desocupado. Nos quedaremos un par de noches. Hay dos estancias: usted dormirá en la del fondo, y yo me hospedaré en la que está hacia ese lado —indicó, señalando un extremo donde se distinguía otra habitación, con la puerta entreabierta.

Respiré profundo, sin poder evitar la confusión que me producía su decisión. Le dirigí una mirada inquieta al comprender que pretendía que nos separáramos durante la noche.

—Jon… ¿en verdad considera necesario que debamos dormir separados? Usted mismo ha dicho que la vivienda está desocupada, y además… usted y yo anoche…

Lo vi cruzarse de brazos, y su expresión se volvió hosca casi difidente.

—¿Insinúa que durmamos en la misma habitación y juntos en el mismo lecho? —preguntó, alzando una ceja.

Lo miré, desconcertada.

—¿Y por qué no sería prudente? Al fin y al cabo, usted está aquí para custodiarme… y en todo caso, si lo recuerda bien, anoche usted y yo dormimos juntos.

Él parecía totalmente incómodo y casi ofendido con mi afirmación honesta.

—No princesa, hay demasía en sus palabras. Sucedió que al no haber otra alternativa usted y yo dormimos ciertamente en la misma habitación, pero jamás sucedió que juntos descansáramos en el mismo jergón. Y, me temo que aquello que mal entendió si ocurrió no se repetirá.

Sentí cómo mi expresión se tensaba. No comprendía su terquedad, pero más que eso, me hería. Estaba convencida que, después de aquella noche, entre nosotros había más cercanía. Pero topaba con un muro inamovible.

—Jon… aguarde. No lo entiendo… Supuse que…

No terminé la frase. Él seguía mirándome de la misma forma, con esa seriedad que parecía tener filo.

—No, y no princesa. Hemos cruzado ya ciertos límites. Es momento de seguir como corresponde… y resguardarnos esta noche como debe ser, cada cual en su propio lecho.

—¿Resguardarnos? ¿De qué? ¿Podría explicarlo?

No hubo respuesta. Se apartó a grandes pasos hacia el fondo, donde se distinguían un espacio dedicado para el fogón y una mesa rústica. Aquella estancia estaba contigua a la habitación que él mismo se había asignado.

Esperé un momento, impaciente, con la intención de exigirle respuestas, pero no regresó. Ni siquiera asomó el rostro, aun cuando aguardé más de lo que mi orgullo habría querido. Al final desistí; algo en su actitud me parecía incongruente y casi me insultaba. Decidí entonces dirigirme a aquella estancia que había sugerido para mi descanso.

En cuanto di el primer paso, un escalofrío me recorrió la espalda, súbito y profundo, como si no naciera del aire sino de una presencia invisible. Tragué saliva y el miedo volvió a fluir, apoderándose de mis pensamientos. Antes de poder contenerlo, mi cuerpo reaccionó y emprendí una retirada rápida hacia el umbral de la entrada principal de la casa, cuya puerta seguía abierta.

Me quedé allí, sin atreverme a entrar. Froté mis dedos anhelando recobrar el calor y la calma que se desvanecían. No fui capaz de buscar a Jon ni de llamarlo. ¿Cuál era, en verdad, la razón de aquel pavor? ¿Por qué aquella casa, muda y vacía, me oprimía de tal modo?

El eco de unos pasos cortó mis cavilaciones. Alcé la vista y me encontré con la imponente figura de Jon, que emergía del interior tras lo que me pareció un largo rato. Su expresión mostró un leve desconcierto al hallarme allí, inmóvil, sobándome las manos como si así pudiera ahuyentar algo más que el frío.

—No hay mucho adentro, pero podrían servirnos un saco de harina y una vasija con aceite.

Mientras hablaba, yo mantenía la mirada fija más allá de él, hacia la oscuridad de la estancia de la que había salido, como si algo allí dentro persistiera en observarme. Jon siguió el recorrido de mis ojos y echó la cabeza ligeramente hacia atrás, con un gesto entre inquisidor y difícil de poner en palabras.




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