Resoplé, sintiendo los latidos de mi corazón precipitarse en un galope desbocado. Solamente pensar que estaría frente a él, obligada a confesar la verdad de lo sucedido, me provocaba un desasosiego más amargo que la culpa misma. Fui incapaz de salir en su busca; en su lugar, me desplomé de nuevo sobre el lecho, intentando desesperadamente sosegar mi respiración.
Al fijar la vista en el ventanal, la luz del ocaso anunciaba que pronto la noche lo devoraría todo. Meditaba cómo dar orden a mis palabras sin que el aire me faltara, cuando esa terrible sensación retornó. Percibía una mirada invisible que me observaba desde algún rincón de la penumbra.
Entonces, una angustia más punzante que el miedo oprimió mi pecho. Me puse en pie, dispuesta a huir, pero en ese instante acudieron a mi memoria los recuerdos de Saria. Y pensando en ella, la sentía casi allí, al pie de mi cama, besando mi frente y conminándome a elevar plegarias a Aquel Único que sostiene la vida y la creación. Tantas veces había susurrado esas palabras a mis oídos durante las tormentas o en las largas ausencias de mi padre, que fue como sentirlas una vez más conmigo. Las conocía de memoria, grabadas en el alma.
Respiré hondo, convencida de que el espíritu y el amor de Saria velaban por mí, y hallé el valor para descalzarme. Me acomodé sobre el suave lecho y, ante la ausencia de apetito, me cubrí con la manta.
“Tu presencia es conmigo, como la luz del sol o la oscuridad de la noche. Junto a mi corazón lates Tú también, y respiras conmigo. Lo sostienes todo y lo conoces todo; Tú, que habitas mi nombre, no me dejes sin el amparo de la fortaleza de tu protección, ni me niegues el sosiego de Tu amor.”
Repetía la plegaria en mi fuero interno con los ojos cerrados, buscando el descanso, pero justo cuando la calma me abrigaba y el cansancio comenzaba a vencerme, sentí que las mantas poco a poco se deslizaban con violencia desde el extremo de mis pies., sentí que las mantas poco a poco se deslizaban con violencia desde el extremo de mis pies.
No abrí los ojos, pero el horror sacudió mi respiración y la valentía se esfumó al ritmo de mis pálpitos. Me incorporé bruscamente, con la vista clavada en mis piernas. Vi cómo la manta fue arrastrada con presteza hasta desaparecer bajo la cama. Presa del horror, eché a correr sin importarme la desnudez de mis pies sobre el suelo gélido.
Mis pasos apresurados, urgidos por la presencia que sentía a mis espaldas. Alcancé la puerta de la estancia donde Jon descansaba y empujé el madero con inquietud. Cedió despacio, aunque con facilidad.
Al verlo allí, experimenté un consuelo que parecía cubrirme y descender de alguna estancia divina. Él se hallaba tendido sobre el jergón, con el cuerpo recto y los brazos bajo la nuca.
Me acerqué con cautela, evitando conturbar su descanso; cada paso fue lento, cuidadoso, procurando no perturbar el silencio. Mientras avanzaba, noté que sus ojos permanecían cerrados y su cuerpo inmóvil; me inquietó profundamente no percibir el movimiento de su pecho, que necesariamente debía elevarse con cada aliento. El frío en aquella habitación era más voraz que en el resto de la casa; el vaho de mi propia respiración flotaba en el aire como si el hielo abrazara el recinto.
Al fondo, una ventana despejada, arrojando la luna ese claro tenue y espectral que permite distinguir las formas en la oscuridad. Avancé de puntillas hasta alcanzar el borde de la cama.
Me sentí aliviada al comprobar que no había advertido mi presencia. Trepé; el jergón se sentía rígido, casi endurecido bajo mi peso. Me deslicé hacia el fondo con cautela, apoyando rodillas y manos, cuidando que mi sombra no se proyectara sobre él al ocultar la luz de la luna.
Lo sensato, sin duda, habría sido hacerme un ovillo y buscar el sueño al tenerlo a mi lado. Pero al contemplarlo me fue imposible simplemente acomodarme. Mis ojos quedaron prendados, casi esclavos de la belleza que parecía irradiar de su ser; contemplé absorta cada rasgo de su faz bañado por la luz de la luna, cada línea firme que lo conformaba, cada músculo que lo revestía. Entonces me fijé en lo carnoso de sus labios, atraída por su forma, por aquella quietud que emanaba de él y por su enigmático aroma. Sucumbiendo al hechizo de la cercanía de su cuerpo imponente y de aquel rostro tallado con tanta gracia y esmero por algún favor divino.
Nunca había experimentado tal ímpetu, ni intención tan impía; por vez primera en mi existencia, deseaba con una sed urgente que mis labios primero acariciaran y luego devoraran los suyos El solo pensamiento de sentir sus labios sobre los míos se apoderó de mí con vehemencia dominante que no hallé rincón en mi alma para rehuir del anhelo. Cuanto más lo observaba, quieto y perfecto como una estatua de mármol puesta allí a mi disposición, más necesitaba convertir mi oscura pretensión en un acto, transformando el deseo en una necesidad ya asfixiante.
Mi corazón se retorcía con violencia dentro de mi pecho; no fui capaz, ni por un solo instante, de oponer resistencia a aquel feroz deseo que me consumía las entrañas. Acerqué levemente mi rostro al suyo, y mientras mi vista recorría su piel, su garanta, su pecho… Entonces la memoria y tal vez el embrujo se entrelazaron para traicionarme: acudió a mis recuerdos, con la nitidez de lo presente, aquel instante en que lo vi despojado de sus ropajes, con el agua acariciando su imponente cuerpo desnudo.
En mi delirio, las telas que lo cubrían parecieron desvanecerse ante mis ojos, permitiéndome contemplar de nuevo aquel cuerpo descomunal, imponente y soberbio; una fuerza masculina como ninguna otra que mis ojos hubieran presenciado jamás, ahora ofrecida al fuego de mis pretensiones bajo la luz de la luna.
Me recliné sobre él, totalmente tentada a besarlo con ferocidad, a pesar de que el horror de lo que anidaba en mi habitación seguía latiendo en lo profundo de mis pensamientos. Me embargó la demencia más apasionada y oscura que hubiera experimentado jamás. Ya no me importó que mi sombra apagara el brillo de la luna sobre su piel; presa de aquella hambre de sentirlo, aproximé mis labios a los suyos.
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Editado: 05.10.2026