La sombra del Guardián, Vigía Eterno

¿Embrujo antiguo?

—Jon —dije al cabo de un rato, rompiendo el silencio que nos envolvía—. ¿Qué tan poderoso puede resultar un ritual o un embrujo antiguo?

El caballo aminoró la marcha al internarnos en una arboleda poco densa que descendía por un otero de suave pendiente. Había preferido hablar antes de perder la compostura, asediada por el murmullo incesante de mis pensamientos que alborotaban mi juicio.

Él no respondió de inmediato, sino que detuvo al corcel. Giré suavemente la cabeza al sentir que se apeaba de un salto con agilidad. Al volver la vista, lo hallé frente a mí; su rostro lucía severo y una tensión latente hacía relucir ese recelo feroz en sus ojos.

—Según tengo entendido, usted desconocía de tales asuntos, princesa. ¿Cómo es que súbitamente eso llama su curiosidad?

Abrí los ojos con desconcierto y asombro. Me humedecí los labios mientras percibía mi espalda tensa y el cuello se me tornaba rígido; preferí desviar la mirada para sostener mi respuesta.

—Sigo desconociendo por completo la naturaleza de esos saberes—respondí, intentando dotar a mis palabras de una firmeza que no sentía—. Son dudas que persisten en mi juicio y eso me motivó a buscar esclarecimiento.

Él siguió mirándome con seriedad.

—¿Desde cuándo habitan en sus pensamientos esas dudas?

Apreté los labios, incapaz de sostenerle el encuentro a sus ojos.

—Desde un tiempo atrás… Quizá el silencio que siguió a lo ocurrido esta mañana acrecentó o avivó el deseo de saber qué podrían significar. Y esa es la verdad, Jon.

Él me escrutaba con fijeza, buscando en mi semblante algún indicio que delatara la falta sinceridad de mi voz. Hubo un breve silencio antes de que sus palabras volvieran a romper el silbo del viento que con suavidad acariciaba las hojas de los árboles y las frondas.

—Los rituales guardan una esencia muy distinta a la de pretender forzar el destino o sus fuerzas a través de un embrujo.

Alcé la mirada entonces. Él permanecía de brazos cruzados, con los ojos clavados en los míos.

—¿Eso significa que no son “saberes” para el mismo fin?

Él negó con un movimiento lento de cabeza.

—Un embrujo requiere, por lo general, el intento de doblegar la voluntad ajena o de alterar la naturaleza con particular intención. Mas intentar desequilibrar aquello que ya posee un cauce; una voluntad, un sentimiento o una consecuencia necesaria, solamente engendrará desorden. Un caos que, tarde o temprano, la naturaleza sabrá romper; ya se trate de nudos, estancamientos o fisuras en el hado de los hombres.

Lo observaba con los ojos muy abiertos, asombrada por la profundidad de sus palabras.

—Me desconcierta, Jon, que pueda algo así ser posible. ¿Podría alguien conseguirlo?

—Esa no debería ser la cuestión, sino el costo que habrá de pagarse por intentarlo. Las consecuencias para quien se empeña en desequilibrar lo que ya posee su propia fuerza serán fatales, aunque al comienzo parezca que el cometido se cumple y que la pretensión es inocente.

Tragué saliva al comprender que nada bueno podría aguardarme si las intenciones de aquella mujer eran forzar, contra la voluntad de Jon, que sus deseos se volvieran hacia mí. El pago sería caótico y terrible.

—Y…en tal caso, ¿cualquiera posee la facultad de que aquello sea viable? ¿Es realmente una posibilidad?

Su expresión se mantuvo recia; su mirada, firme y directa.

—Todo posee un orden natural, princesa. No se debería jugar con energías que rebasan el juicio humano, ni realizar esfuerzos imposibles por torcer la voluntad o los deseos del otro. Tampoco es lícito indagar en corrientes que podrían arrastrar el espíritu a la oscuridad o a la demencia más profunda si no se está dispuesto para tal recibimiento. Un odre no preparado para el vino nuevo estallará al recibir el contenido.

Mis ojos permanecían absortos, y mi espíritu también.

—En otras palabras: el ser humano no fue creado para interferir en ellas ni para creer, desde sus propios desequilibrios, que puede manipular tales fuerzas, cuyas potencias ya fluyen bajo un orden superior. A esa energía que abarca la vida y también lo que debe disolverse, oculta en cada fragmento de la existencia y la no existencia, en las eras antiguas no se la dominaba ni se le imponía nada. Cada rito, cada «palabra de poder», existía para alinearse y habitar en armonía con ella, respetándola. El ser humano se equilibraba para convivir y habitarla. Y a eso está invitada la verdadera naturaleza del hombre.

Suspiré, incapaz de ocultar una sombra de aflicción.

—Por tanto, según su pregunta: sí, existen y existirán ignorantes de toda forma y dimensión dispuestos a indagar, sacrificar y romper con tal de cumplir sus intenciones; pero nada terminará bien para ellos, no importa el tiempo que transcurra. Son pocos quienes en verdad están en disposición de armonizarse y ser llamados para que tales fuerzas y potencias se manifiesten, convirtiéndose en depositarios de sus secretos. Así que, princesa, lo ideal sería mantenerse al borde de cualquier misterio que no pueda hallar un receptáculo digno, y que tales saberes mal comprendidos permanezcan lejos del alcance de personas ignorantes y perniciosas.

Esa última frase restalló contra mí como un látigo, desnudando mi culpa de manera sutil. Guardé silencio un momento, sin poder apartar de mis pensamientos el asombro y el temor que me causaba haber esclarecido, por fin, lo que tanto me temía.

—Y… ¿cómo es posible, Jon, que usted posea tan buen discernimiento ante conocimientos o saberes tan… intricados y enrevesados? —pregunté con desconcierto, alzando de nuevo la mirada para encontrar la suya.

—Podría decirse que en mi destino estaba escrito que, bajo el peso de ciertas experiencias, hubiera consecuencias y tal vez no todas gratificantes. Malas experiencias, si prefiere llamarlas de otro modo.

Fruncí el ceño, intrigada por la sombra que cruzó su semblante.

—¿Qué experiencias podrían haberlo forzado a cargar con malas consecuencias?




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