La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Latido carmesí

Estrechaba la bolsa de tela contra mi pecho mientras caminaba a toda prisa hacia la salida, me detuve en seco antes de alcanzar el umbral. En el instante en que la puerta comenzó a ceder, una opresión extraña, casi asfixiante, apretó mi garganta.

Percibí un susurro incomprensible mientras el frío, tal como la noche anterior, lo reclamaba todo; sentía como si, más allá de los muros, la nieve estuviera sepultándolo todo bajo el hielo. La luz de la luna envolvía las estancias con una palidez tenue, y mi silueta, apenas visible, comenzó a moverse de forma extraña: avanzó deslizándose hacia la entrada por voluntad propia. Al mismo tiempo, un sonido inquietante rompió el silencio, como si pequeñas piedras resonaran unas contra otras en un castañeo rítmico.

Entonces, una figura cruzó el umbral. Era una silueta oscura, encorvada, de apariencia humana. Retrocedí un par de pasos, apretando los dientes mientras el corazón golpeaba con violencia contra mis costillas.

La mujer portaba un pequeño saco entre sus manos. Observé sus dedos, adornados con anillos gruesos de metal antiguo, mientras se despojaba de la capucha que ocultaba su rostro. Al erguirse, advertí que llevaba una venda sobre los ojos; al quitársela, la reconocí por completo. Sus cabellos eran negros como el abismo, largos bucles que descendían casi hasta su vientre. Sus ojos parecían poseer una vida propia, casi acostumbrados a escudriñar en las profundidades de la sombra.

Su mirada era altiva, destilaba una astucia perversa. Vi cómo la venda oscura, al caer de sus manos, sobrevolaba el aire sin que soplara brisa alguna, depositándose a mis pies para ser consumida por un fuego invisible hasta volverse ceniza.

Tragué saliva, comprendiendo al fin las advertencias de Jon. Bajo el peso de mi propia y amarga experiencia, hallaba el significado de la supuesta benevolencia de aquella mujer al ofrecernos refugio y ropajes secos. Ya no la miraba con temor; un ardor diferente nacía en mi interior: la resolución de no permitirle un solo ultraje más. Ella, sin embargo, me observaba con una complacencia hiriente.

—Tal como lo previne… ¡Fuiste cual insecto atraído por la luz del fuego! No dudaste un solo instante en arrojarte a su intensidad para tocarlo. Me llena de júbilo comprobar cuán fácil fue atraerte… solo requerías que encendiéramos la hoguera. ¿Te has quemado ya, deseando poseer un calor que devora?

En lugar de flaquear, la confronté. Avancé varios pasos, sosteniéndole la mirada con firmeza.

—No sé de qué fuego hablas…

Ella sonrió de par en par, con una diversión sombría bailando en sus pupilas.

—Hablo de la llama que, por él, te consume las entrañas.

—Desconozco el sentido de tus palabras y sus retorcidos significados. Dime, más bien, ¿por qué me has seguido? Estoy frente a ti, si es lo que ansiabas. ¿Qué buscas de mí? ¿Qué pretendes con este asedio?

Mantuvo su gesto desafiante, imperturbable.

—No solo entiendes cada una de mis palabras, sino que conoces bien tu parte en este juego. Aceptaste el desafío cuando no te negaste a consentir tus deseos; supiste que podrías alcanzar cada uno de tus anhelos bajo el peso de tu propia sangre.

Negué con la cabeza, el disgusto marcando mis facciones.

—No fue así… Tú te aprovechaste de...

—Sucedió tal como digo —sentenció ella, alzando la voz—, en el momento en que aceptaste recibir el talismán. Cuando decidiste llevarlo contigo… cuando no fuiste capaz de arrojarlo lejos de ti. Pero eso ya carece de importancia para ambas. Considera que tú misma has hecho de mí tu pesadilla viviente, la sombra que no se apartará de tus pasos. Y esto no hallará fin, a menos que por tu propia mano me entregues lo que me debes.

Sentía las mejillas arder, no solo por la culpa, sino por el enfado de haberme permitido callar, de no haber lanzado aquel objeto al arroyo cuando tuve la oportunidad.

—¿Qué podría entregarte una mujer que apenas tiene para su sustento? No poseo riquezas, ni siquiera un techo donde pasar la noche. Nada de lo que ves me pertenece, y bien lo sabes. Y si aún no lo has advertido —dije, intentando que mi voz sonara convincente para proteger a Jon—, soy toda la compañía de la que dispongo.

Ella inclinó la cabeza. La faltriquera que sostenía comenzó a retorcerse, como si algo vivo luchara en su interior, mientras se escuchaba de nuevo aquel castañeo de piedras chocando entre sí.

—Podrías mentir mil veces… pero no hay escape posible. Nada puedes ocultar a mis ojos.

Sonrió con malicia mientras el ruido del saco se intensificaba. Lo sostuvo con ambas manos y cerró los ojos hasta que aquello se apaciguó. Luego, ocultó la bolsa bajo su capa y, al extraer la mano de nuevo, empuñaba una daga enjoyada; su empuñadura emitía un extraño resplandor verdoso, casi venenoso.

—No hay salida para ti. Ellas o yo… te daremos caza.

Se agazapó con un salto feroz en mi dirección. Giré sobre mis talones y logré escabullirme apenas alcancé la entrada de mi habitación; mi intención era huir por la ventana, pero algo oscuro se interpuso en mi camino. No hubo tiempo para reaccionar; solo percibí un zumbido atronador antes de que el mundo comenzara a girar. Sentí el impacto seco contra el suelo. Sacudí la cabeza, intentando recuperar el sentido.

Todo seguía dando vueltas; permanecí postrada, viendo borrosas las sombras que se cernían sobre mí.

—¡No escapará! Temía que intentara una necedad semejante… No se irá.

Reconocí su voz al instante. Al incorporarme con dificultad, sentí que atenazaba mis cabellos con violencia, justo en la coronilla. El dolor comenzó a latir en mi rostro y mis labios; por la forma en que me asía, me era imposible moverme. Parpadeé repetidas veces hasta ver con claridad el bastón que sostenía en una de sus manos. Yastrin sonreía con el gesto de quien ha obtenido una victoria decisiva.

—¿Quién se ha aliado contigo para facilitarte la huida? —Inquirió ella, arreciando el agarre sobre mis cabellos con tal saña que su mirada supuraba desprecio.




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