La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Vacío tenebroso

—¡Yastrin, detente! —Aullé, en un grito que se ahogó en mi garganta.

Thamira se interpuso, sitiando mi senda con la solidez de una pesada roca; impidió que mis ojos los siguieran, pero antes de que la penumbra los devorara, tuve la certeza absoluta de que lo conducía a la estancia contigua a la cocina.

—No puedes arrastrar su voluntad ni forzarlo a…

—¡Calla! —Me cortó ella, y su voz sonó como piedra rechinando contra piedra—. Ya no posees voz ni voto en la suerte que ha sido echada. Su protección ya no te pertenece, ni será él más el tabernáculo de tus deseos. Ahora servirá a otros deberes, a otros amos; lo haremos infatigable para complacer cada pretensión y cada anhelo que sepa reclamarlo.

Sentía el corazón oprimido y la angustia atenazando mis pensamientos con garras de hierro. ¿Qué pretendían arrancar de él contra su voluntad? Atribulada, solo podía imaginar horrores en su ausencia. ¿Qué había hecho? Por necedad, por temor a su juicio, lo había arrojado a las fauces de una situación terrible. No podía aguardar de brazos cruzados a que sus pretensiones se consumaran; si ellas vencían, la misión se perdería en el vacío absoluto. Todo estaba en peligro.

Retomé el valor y la miré con fijeza, con los ojos encendidos.

—No puedes apartarme de él… ni tú, ni ella. Él es mi sangre, mi estirpe. Él es parte de mí como yo soy parte de él.

Ella me sostuvo la mirada, y vi el aviso amenazante en sus pupilas.

—Su sangre late ahora al unísono con las sombras de la noche. Y no es por mi obra, ni por la de Yastrin; es así porque tú lo dispusiste.

Apreté la mandíbula; sentí cómo la angustia cedía ante el coraje, un furor antiguo que comenzaba a hervir en mis venas.

—¿Qué es lo que buscan en él? ¿Por qué Yastrín condenaría al único hombre que la ha resguardado?

Intenté moverme, despegar las plantas de mis pies del suelo, mas fue en vano; cuanto más forcejeaba, más sentía que algo invisible, denso como el fango, tiraba de mi ser hacia la profundidad del madero. Logré dar un paso con la otra pierna, pero el aire mismo se volvió espeso, impidiéndome avanzar más. Thamira reía con perversidad ante mi lucha estéril.

—¡Qué cuestiones tan absurdas! ¿Acaso no hiciste tú lo mismo? ¿No lo condenaste para satisfacer tus propios anhelos?

Tragué saliva sin abandonar mi empeño por ir tras ellos. La miré, encendida en furor puro.

—No sería capaz de sacrificar su voluntad…

—Pues ya lo hiciste —se mofó Thamira, y su risa dolió—. ¡Eres una ciega señalando culpables! Aunque lograras abandonar las sombras de esta habitación, poco importaría. Yastrin hará cuanto sea necesario para que él no vuelva a pronunciar jamás tu nombre. Y si ella fracasa, lo haré yo… no me importará clavarle las uñas hasta verlo sangrar.

Mi respiración se tornó un jadeo constante; mi ser entero se ensombreció y un rayo de dolor físico me atravesó al imaginar sus palabras. Entonces, logré aferrar la bolsa de tela que contenía aquellos restos y se los arrebaté. Vacié el contenido sin pensarlo.

Aquellos huesos se arrastraron por el madero, cobrando la forma de un ave grotesca que parecía reclamar la vida con un graznido silencioso; ella me miró con furia y me asestó una bofetada que me hizo ver estrellas. Sin dudar, arrojé la bolsa lejos de nosotras, hacia la oscuridad.

Ella, enfurecida, saltó para atraparla y ese instante de distracción bastó para liberarme del ancla invisible. Aunque Thamira asió aquella horrenda mortaja, no pudo evitar que los huesos se arrastraran bajo el influjo de las sombras; como una marea negra y silenciosa, salieron de la estancia, permitiendo que la luz de la luna volviera a cubrirnos, fría y pura.

Quiso ir tras ellos, pero no se lo permití. Forcejeamos con ferocidad animal hasta que consiguió derribarme; cayó sobre mí, apretando mi garganta con saña, buscando extinguir mi aliento. Retorcí uno de sus dedos con todas mis fuerzas y rodamos por el suelo hasta que vi la daga deslizarse cerca de mí. Le devolví el golpe con una bofetada rabiosa en cuanto tuve margen y me reincorporé asiendo el acero. Corrí sin detenerme hacia donde las sombras lo cubrían todo, sintiendo que el aire se volvía gélido y que un zumbido grave me invadía los oídos, como si el vacío mismo surgiera de las paredes.

Tal como sospeché, Yastrin había llevado a Jon a la habitación contigua. La puerta ya no existía, solo una oquedad oscura. Al adentrarme, la atmósfera me oprimió el pecho. Vi que ella lo tenía bajo su dominio absoluto.

Mi corazón se aceleró y la fuerza que jamás creí poseer se desató en un salto feroz para derribarla. Mas la oscuridad de la estancia no era pasiva; parecía cerrarse sobre ella, ocultándola de mi vista con una malevolencia táctil. Yastrin logró plantar un beso sobre la barbilla de él, y en ese instante sentí que la realidad misma se tensionaba, antes de que todo ante mis ojos se volviera negro, un negro que devoraba la luz.

Cuando parpadeé, me di cuenta de que había caído sobre ella. Intercambiamos golpes y rasguños, luchando cuerpo a cuerpo; caímos girando junto al lecho. En el fragor de la lucha, por evitarle a ella su capricho, solté la daga, que tintineó en la oscuridad. Ella apretó mi cuello con fuerza; el frío en aquella habitación ya no era solo físico, se tornaba paralizante, un frío que congelaba el alma.

Mis ojos buscaron desesperadamente a Jon. Lo que vi me heló la sangre. Jon ya no parecía un hombre; era una fractura, una grieta en la existencia misma. Vi cómo aquellos huesos que huían respondían a su presencia inmóvil, atraídos hacia él como ceniza hacia un fuego hambriento, como si él fuera el centro de una tormenta negra bajo cuyo mando se postraban las sombras.

El talismán mostraba una grieta atroz en la tela negra, justo sobre su corazón; un pequeño latido escarlata pulsaba en su interior, un latido que no era vida, sino una llamada desde el otro lado. Con cada pulsación, un vacío más grave, un silencio absoluto y devorador, comenzaba a hundir el sitio en otra realidad, absorbiendo la luz, el sonido, el aire mismo.




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