Mientras descendíamos, fue inevitable sentir el cuerpo sumido en el vacío y advertir cómo se aproximaba, a una velocidad impensable, el reflejo de la luna sobre una superficie cristalina; su forma perfecta se dibujaba con majestuosidad sobre el abismo. Jon fue el primero en herir la quietud de las aguas; cayó de pie y, al instante, lo hice yo, mas de espaldas contra la fría densidad de la corriente.
No hubo dolor, solo la sensación de que las aguas gélidas me tragaban sin piedad. Me hundí a tal profundidad que apenas logré divisar el tenue destello de la Luna; cuando alcé la mirada con horror, todo a mi alrededor era negrura, salvo por aquel suave claro que la luna iluminaba débilmente en el fondo.
Aterrada, sintiendo cómo mis miembros se entumecían, alcé los brazos en una lucha desesperada por ascender; casi anhelaba atrapar el brillo de la luna para no sucumbir en la tiniebla. Pero cada movimiento brusco solo conseguía que la fatiga fuera extenuante, mientras el escaso aire que retenía se escapaba en grandes bocanadas, transformándose en burbujas que se perdían en la densidad de la turbulencia.
En mi desesperación por la falta de aliento, al percibir cómo mis extremidades perdían su vigor y se agarrotaban, la vista comenzó a nublárseme. Luchar contra las turbias se volvía un peso imposible. En el preciso instante en que sentía desfallecerme y que la muerte me acechaba por no poder respirar, unos brazos poderosos ciñeron mi cintura. Con una fuerza precisa, me impulsaron hacia la superficie a la velocidad de un latido.
Instintivamente, al tener el rostro fuera del agua, inhalé con angustia, tragando una bocanada de aire necesaria para la existencia. Alguien me arrastraba con habilidad y presteza hacia la orilla. Pero cuando giré el rostro para ver a quien me aferraba por la cintura —pues iba de espaldas a mi salvador—, me encontré con un ser surgido de otro umbral.
La oscuridad no permitía definir con exactitud aquel semblante sumido en sombras, pero en cuanto la luna reflejaba su resplandor, advertía una piel marchita, con venas trazadas como si fueran raíces profundas; sus ojos chispeaban con una luz mortecina, semejante a la de la misma luna o a la de las estrellas en la noche más cerrada.
Horrorizada, clavé la vista en él sin poder apartarla, hasta que no logré distinguir más que una sombra habitada por esos ojos densos y centelleantes. Con suavidad, me depositó en la ribera; mas en cuanto estuve a salvo en tierra firme, caí de espaldas una vez más. Me sentía demasiado débil y con el pecho adolorido como para proferir un grito, pero el corazón se me encogió por entero.
¿Acaso aquella criatura podía ser Jon? Al intentar fijarme en más detalles, el ser dio un salto veloz y se alejó, retornando a las profundidades; se desvaneció entre las sombras de la turbia agua fría. Se zambulló con tal rapidez que solo pude contemplar con espanto aquel oscuro sitio donde lo había visto hundirse y casi desaparecer.
De nuevo, nubes negras volvían a cerrarse sobre la luna iluminada a la mitad. Jadeaba sin todavía creer que siguiera con vida tras haber saltado a un abismo que parecía no tener fondo; al alzar la vista, la quebrada se vislumbraba inmensa, apenas una pequeña línea que definía la montaña o el sitio desde donde habíamos tenido que descender en un salto ciego.
Sentí un resoplido justo a mi cuello fue tan profundo y sonoro que me estremecí de lleno. Cuando giré el rostro aterrada, descubrí al precioso caballo que Jon solía llevar consigo; no había conocido animal semejante a ese compañero inseparable: su oscuro pelaje, brillante y mullido, su crin espesa y rizada, sus ojos tan oscuros como su propia figura y su enorme tamaño.
Al reconocerlo, tragué aire aliviada; contar con su presencia era prueba indudable de que Jon seguía cerca. Amigablemente acercó su cabeza a la mía, y entonces acaricié parte de su espesa crin; reposó su frente sobre la mía por un breve instante, pero del mismo modo se apartó velozmente.
Lo vi ponerse muy inquieto, relinchar con fuerza y alzarse en dos patas de forma impetuosa, aproximándose a la orilla con entusiasmo. Entonces giré la cabeza y una silueta oscura se asomó fuera del agua; parecía una forma envuelta en sombras densas. Las aguas mismas; como si tuviera voluntad, se alejaban de él para descubrirle la ribera; salió y avanzó a paso firme sin que ese destello en sus ojos se extinguiera un solo instante hasta llegar cerca de donde estábamos el caballo y yo. Percibí entonces un fulgor escarlata proveniente de su ser.
No se acercó más, poco a poco la densidad de las sombras que lo rodeaban se desvanecía, dejando al descubierto una forma de hombre; entonces reconocí su gran altura, aquel traje como tinieblas adhiriéndose a su cuerpo poderoso, su capa oscura cubriendo su imponente figura. Quedó visible todo de él, incluso el origen de aquella luz escarlata: se trataba de su pecho, donde colgaba el talismán. Las aguas se arremolinaban y, cuando pude verlo con claridad, el río recobró su calma tras él. Avanzó hasta quedar frente a mí, y se despojó del capuz y de la prenda que le cubría medio rostro.
El viento sopló enérgicamente y no pude evitar estremecerme, respirando con dificultad mientras me abrazaba el pecho. No fui capaz de pronunciar palabra alguna cuando reconocí su rostro tal cual solía ser, con la profundidad serena de sus ojos. Antes de que me atreviera siquiera a sostener un pensamiento, ya me encontraba en sus brazos. Me sostenía con facilidad, no pude evitar temblar con más intensidad cuando sentí que sus extremidades, aunque fuertes, parecían haber sido cinceladas en hielo macizo.
El caballo seguía entusiasmado, pero yo tenía la mente hecha un nudo, sin comprender la naturaleza de lo que sucedía. Cuando él se aproximó lo suficiente al potro, este se aquietó, permitiendo que Jon me acomodara delante, en la silla de montar, para luego trepar él tras de mí con cuidado.
#779 en Fantasía
#449 en Personajes sobrenaturales
romance amor prohibido, fantasía oscura acción aventura, magia criaturas sobrenaturales
Editado: 05.05.2026