La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Vigía de las copas

El caballo mantuvo un trote ligero apenas un instante; gradualmente, aumentó la presteza hasta convertir sus pasos en una carrera veloz que dejaba atrás los claros más abiertos. Nos internamos en el bosque como si el enorme corcel conociera aquellas sendas desde siempre. Avanzábamos a tal velocidad que, por momentos, temí que nos diéramos de frente con los colosales árboles de raíces visibles y retorcidas, cuyas cortezas oscuras y rojizas pasaban como ráfagas a nuestro lado.

Me aferré a la crin, temerosa de que lo cerrado del follaje provocara un percance, pero el potro, de pelaje negro como la noche, avanzaba como el viento. No temía a ningún obstáculo ni parecía costarle llevarnos a ambos sobre su lomo. Al cabo de un momento, comprendí que no tenía sentido temer.

Al liberar mi mente de angustias, pude sostenerme con firmeza no por miedo a caer, sino para contemplar la maestría con la que el animal devoraba el camino.

Sentía que el viento mismo era parte de nuestra carrera. Jon, detrás de mí, parecía casi inexistente; ni siquiera percibía el apoyo de su cuerpo. Giré el rostro a medias para comprobar si seguía allí: su postura era distinta, inclinado hacia mí y sosteniendo las riendas con los ojos fijos en el frente, imperturbable.

Me asombró cuando, sin reducir la velocidad, viró bruscamente y el caballo saltó sobre una enorme roca hacia otra, cruzando un pequeño riachuelo antes de continuar su marcha frenética. En ese breve instante, sentí la mano de Jon sujetarme con fuerza por la cintura. Entonces, cuando menos lo esperaba, el caballo se detuvo en seco.

Jon se apeó de un salto. Noté que el talismán volvía a emitir un tenue brillo rojizo que palpitaba con premura. Bajo su influencia, la oscuridad parecía cernirse de nuevo sobre él. Pero en lugar de desfallecer o perder la razón, Jon simplemente apretó el objeto con la mano, posándola en su pecho. Aquel gesto bastó para que el brillo fuera ofuscado por una neblina oscura, la cual no descendió hasta que el latido del talismán pareció ahogarse.

Se despojó del vendaje improvisado hecho con jirones de tela. Al lanzarlos al aire, los retazos se consumieron por un fuego invisible que devoró la tela en un parpadeo. Vi cómo se convertían en cenizas que el viento dispersó de inmediato.

Entonces, Jon cerró los ojos con suavidad y respiró con calma un par de veces. Fijó la vista en un punto distante con profunda seriedad, como si alcanzara a divisar algo oculto a mis ojos. En ese momento, varios signos comenzaron a brillar sobre su piel con el tono dorado del sol, manifestándose por encima de su cuello, brazos y manos. Fue un destello breve, similar a cuando la luz atraviesa una hoja y revela la compleja red de sus nervaduras; así se marcaron los signos sobre la tersura de su piel. Fue apenas un instante, pero tan real que me dejó sin aliento.

De pronto, un par de aves oscuras descendieron de su vuelo, revoloteando ante él con graznidos potentes antes de planear a su alrededor. Por un momento, llegué a creer que lo invitaban a seguirlas, o que él, en su extraña conexión con lo indómito, jugaba con ellas tal como había visto a Eldram hacer con su montura en aquellos primeros días de mi estancia en casa de la señora Mareth.

Jon se giró hacia nosotros y se acercó a uno de los bolsos de cuero que el caballo llevaba sujetos a sus costados. Con una destreza asombrosa, tomó varias piezas oscuras y las unió de manera increíblemente vertiginosa hasta convertirlas en un arco oscuro. Tomó también una aljaba antigua, ancha y abierta, cargada de flechas, y se cruzó la correa de cuero al hombro izquierdo. Lo vi extraer su capa oscura y envolverse en ella, colocándose el capuz y la prenda oscura que cubría la mitad de su rostro, ocultando nariz y boca.

—Jon, ¿qué sucede? —pregunté con el corazón agitado.

—No se desmonte del caballo, vea lo que vea y pase lo que pase —pidió con una seriedad que no admitía réplica—. Brunnar, retrocede.

Con solo esas palabras, el caballo movió la testa y dio media vuelta. Emprendió una pequeña carrera hacia un otero no muy empinado, ocultándonos tras varios arbustos. Desde allí podía ver a Jon, quien, con una agilidad que rivalizaba con la del potro, emprendió una carrerilla asombrosa y trepó velozmente a un árbol de ramas gruesas, tan alto como los muros de un castillo.

En breve, un grupo de hombres se abrió paso. Todos llevaban capas grises y se reconocía algún tipo de armadura bajo aquella prenda. Llevaban a la fuerza a varias mujeres, atadas de manos. Se detuvieron de pronto mientras ellas imploraban clemencia entre sollozos. Uno de ellos tomó a la más joven del grupo; las demás quisieron impedirlo, mas solo recibieron gritos, amenazas y golpes.

Llevaron a la muchacha a un lado y la forzaron a quedar de rodillas. Me sentí realmente atribulada al notar su juventud; no tendría más de catorce o quince años. Lloraba amargamente mientras aquel hombre, con una ansiedad divertida, le apretaba las mejillas y le ofrecía algo en la palma de su mano. Ella negó con la cabeza y él la abofeteó con furia.

De pronto, una de las mujeres comenzó a recitar plegarias, entonando una invocación que me parecía sagrada. Todas las demás se unieron al canto, incluso la pequeña. Justo cuando el hombre ordenó que la sostuvieran con fuerza para rasgar sus ropas, una flecha oscura lo traspasó como un rayo. La jara le atravesó la garganta y quedó hundida en la tierra con un golpe seco. El hombre apenas pudo llevarse las manos a la herida antes de quedar ahogado frente a la muchacha.

Sin embargo, la joven no gritó. En lugar de asustarse, se inclinó hasta pegar su frente contra la fría tierra sin dejar de recitar aquellas hermosas palabras que seguían diciendo el resto de las mujeres. Las damas no cesaron su canto; alzaban los ojos al cielo y juntaban las manos con una fervorosa devoción. En breve, el otro hombre fue traspasado por una flecha que se adentró de lleno en su pecho, atravesándolo sin que su cuerpo pudiera frenar la fuerza de aquella saeta poderosa.




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