El hombre que me apresaba con firmeza por los pies no era alguien de poca estatura; tampoco era más alto que Jon. Su tez se notaba oscurecida por el sol tras largas jornadas a la intemperie. Llevaba el cabello negro, ondulado y corto, y una barba gruesa. Su aspecto daba la impresión de ser fuerte, sí, pero con rudeza; impaciente, temperamental y rígido de carácter.
—Te daré mi espada —dijo Jon con calma, aunque con voz firme— si te apartas de ella.
Al escuchar la voz de Jon, el hombre clavó su vista en él y no respondió. Pero otros aparecieron sosteniéndome también de las piernas para tirar de mí, al tiempo que algunos hacían lo mismo con Jon para que me soltara. Jon mantuvo firme el agarre sin ceder; al notar que la fuerza que ejercía me hería, ciñéndome los brazos hasta sentirlos entumecidos, aflojó la presión, momento en que el hombre que sostenía mis piernas tiró con más ímpetu hasta apartarme de las manos de Jon.
No caí al suelo, sino que entre los mismos que me rodeaban me capturaron sin demora. Ya estando apartada del caballo, me sostuvieron con tal fuerza que moverme fue imposible, por más que intenté impedírselo.
Mientras tanto, varios más continuaron forcejeando con Jon; unos sostenían sus brazos y otros su cintura para desmontarlo. Pero, aun así, apenas pudieron moverlo. Brunnar se movió a prisa, alzándose en dos patas, relinchando y girando hasta impedir que siguieran tirando de él. Cuando el caballo consiguió que todos se apartaran, Jon se desmontó de un salto y le hizo un gesto a Brunnar para que se marchara. El corcel emprendió el galope hacia el lado opuesto del bosque sin detenerse.
Jon se quedó de pie, sin hacer movimiento alguno, esperando. El resto de la turba había buscado ramas; otros ya llevaban garrotes y gruesos cabos de madera. Uno a uno se abalanzaron contra él con la intención de propinarle golpes sin piedad. Jon aguardaba aquellos embates y conseguía no solo evadirlos, sino combatir cuerpo a cuerpo con cada uno de los que querían derribarlo. Se enfrentó a todos los que quisieron capturarlo o herirlo.
En breve, ninguno se mostró dispuesto a acometer nuevamente. Si bien seguían vivos en su mayoría, los que quedaban en pie se sobaban con gesto compungido los hombros, las piernas y los brazos, sin atreverse a alzar la mirada; algunos más se quejaban y otros habían quedado inconscientes.
Jon, al ver que nadie más se alzaba con furia, caminó firmemente hacia el hombre que, a mi lado, contemplaba todo aquello con la misma atención que yo. Jon no se detuvo hasta quedar frente a él, mirándolo fijamente.
—Si hay alguien más que quiera impedirme liberarla, debe estar convencido de que le aguarda simplemente perecer. Y si exiges que alguien se interponga, le devendrá el mismo destino. Pero si me la entregas, a cambio te doy mi espada.
Jon lo veía firmemente, sin parpadear, alzando aquella firmeza tanto en su mirada como en la postura de su cuerpo y en su voz grave, que no admitía contradicción, al tiempo que una de sus manos lentamente se alzaba hacia la empuñadura de la espada, cuyo filo descansaba en la funda sujeta al cinto que llevaba sobre el pecho.
Aquel líder, con los ojos abiertos de par en par, veía fijamente a Jon; ya no enfadado, sino pasmado, sin atreverse a contestar, hasta que, luego de un breve instante, destelló en sus ojos cierta satisfacción, para transformarse velozmente en profunda maravilla.
Otro grupo se acercó portando espadas en lugar de garrotes de madera; los vi rodear a Jon con gesto amenazante, pero él siguió firme, sin apartar sus ojos de aquel hombre, quien, al verlos aproximarse, se había antepuesto a mí.
Uno de aquel grupo alzó la espada; los demás lo imitaron cuando Jon sostuvo la empuñadura, aunque sin desenvainarla todavía. Aquel líder alzó el brazo hacia ellos de inmediato, en cuanto se percató de que uno de sus hombres pretendía alzar la espada contra Jon.
—¡No lo hagas! —gritó con fuerza.
Me estremecí ante su orden, como si una de aquellas jarras afiladas y oscuras me hubiera atravesado la audición. Tanto ese como el resto de aquellos hombres quedaron con las espadas al aire, deteniéndose en el acto.
—No es necesario, aguarden —dijo, y se giró para ver a Jon—. He cambiado de parecer, ya no estoy interesado en que me des tu espada…
Jon no había apartado ni un solo instante su mirada de aquel hombre. A la velocidad de un relámpago, desenvainó y cambió velozmente su postura, dejándole el filo casi a punto de atravesarle la garganta.
Aquel hombre casi contuvo la respiración, fijando la vista en el filo de la espada, que estaba a un suspiro de tocarlo.
—Espera, no he terminado… —dijo con una voz que pendía de un hilo y sin mover nada más que los labios para hablar. Fijó la vista en Jon con cautela—. Te entregaré a tu doncella. Y también estoy dispuesto a concederte, a tu completa posesión, algo que añadirá un valor inigualable. Te lo otorgaré si, a cambio, ese mismo furor que sostiene el aliento de tu ofensiva está a nuestro favor.
Jon frunció levemente el ceño; seguía sin hacer otro movimiento, fijo en su postura y sosteniendo el filo, así que vi a aquel líder proseguir con sus palabras.
—Pido que seas el guerrero que tanto hemos necesitado para que defienda nuestro pueblo. Si concedes el valor de tu lucha a defendernos, te entregaré, como bien te dije, a tu doncella con un tesoro que para mí es invaluable. Por favor, escucha antes de usar tu ira y el filo de tu espada contra mí y quienes me aguardan.
Jon parecía una preciosa escultura hecha hombre, aunque ahora sus ojos señalaran desconcierto entremezclado con seriedad. Aquel hombre respiró profundamente y relajó la mirada.
—Por favor, aparta tu espada un momento y déjame explicarte mis motivos.
Jon mantuvo la vista fija y no se movió ni siquiera para parpadear.
—Tal vez no seas de por estos lugares, tal vez sepas algo. Pero no llegarías a advertir jamás el sufrimiento que padece mi pueblo día y noche. Hombres de perversas intenciones suelen venir; también cruzan nuestro pueblo con la finalidad de apropiarse de nuestras cosechas, animales, incluso de nuestras hijas o esposas. ¡A cuántas han tomado! Son muchas las pérdidas y estamos cansados de este destino. Así que, guerrero, decide tú si quieres sacrificarme por alzar la voz y también los puños, pero si la quieres de vuelta no será de otro modo. ¡Pelea a nuestro favor!
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Editado: 05.10.2026