La sombra del Guardián, Vigía Eterno

Bajo la duda

Íbamos a paso lento, alejándonos de la aldea de Horkthar. Mi pensamiento se hundía en el desconcierto tras profundizar en lo acontecido. ¿Qué habría sucedido si Jon hubiera viajado solo hasta aquel lugar? ¿Acaso, tras ser indiscutiblemente el vencedor, habría tomado por esposa a Martjar? ¿O quizá habría aceptado la oferta de tener más de una esposa?

Tras un rato de perderme en aquellas cuestiones, llegué a la conclusión de que la única manera de saber la verdad sería la más simple: preguntándoselo sin rodeos. Y resolví hacerlo, implicara lo que implicara.

Alcé la mirada al frente. Entonces Brunnar ya se aproximaba. Jon volvió a emitir aquel sonido con los labios, ese que me parecía que consistía en darle un par de besos al aire, y el caballo obedientemente apresuró el paso hasta llegar ante nosotros.

Jon le sobó la espesa crin y luego acarició el denso pelaje oscuro de su lomo. Brunnar respondió inclinando la cabeza. Jon apoyó su frente contra la de él por un instante antes de treparlo. Me ayudó a subir después de hacerlo él. Pronto íbamos sobre Brunnar, que avanzaba a galope internándose en el bosque, hacia el lado contrario de donde Jon y yo habíamos ido a dar con él.

Anduvo así velozmente hasta que salió a otro sendero; hasta entonces, la marcha disminuyó. Iba a paso calmo mientras el sol iluminaba con su preciosa luz los claros del bosque y el estrecho sendero enmarcado sobre la hierba. Escuchaba el trinar de las aves, el silbo suave, el viento acariciando las hojas y los ramajes.

Suspiré, disfrutando del ambiente sereno y, tal como había resuelto, no pude permanecer tanto rato en silencio.

—Jamás habría sospechado que, tras densas arboledas o bosques cerrados, hubiera poblados y que estos, aun ocultos de los senderos, sufrieran tanta adversidad. En la aldea de Fherak parecía no solo haber rastro de sufrimiento; también los abusos eran terribles contra ellos. No parecía sencillo, como líder, tener que soportarlo…

En mis pensamientos de inmediato deambulaba el recuerdo de Fherak encarando a los hombres de Bhraldar.

—Sucede que la realidad para muchos pueblos o tribus es adaptarse según la necesidad de los tiempos y su propio entorno. Enfrentan algo muy diferente a lo que pasa en el castillo, como bien notó, princesa. Ellos no tienen sirvientes, ni un ejército que los aguarde, ni un sitio reservado a grandes conservas de alimentos o granos cuando llega el invierno. Deben ganarse su sustento bajo el arduo trabajo del día a día; tienen que buscar maneras de no solo seguir adelante, sino también de sostener a sus familias. A final de cuentas, la ley de la naturaleza es rigurosa con todos, el apto y el fuerte, según su ambiente, aprende a sobrevivir.

Incliné el rostro, meditando cada una de sus palabras.

—Sí, Jon. Es cierto. Es verdaderamente hostil el entorno ante los peligros y desafíos que los rodean si ellos mismos deben velar por su sustento, protección, sus hogares y su familia —respondí sin evitar teñir mis palabras con profundo pesar. Y recordé el rostro alegre de Martjar cuando su padre tomó su mano y la de Jon para unirlas—. Y… me temo que es algo inevitable.

—Lo es, princesa. Todo ser vivo se enfrenta a esa dura realidad, solo que algunos tienen más ardua la tarea y otros, ligeras ventajas.

Asentí y giré el rostro para verlo.

—Sí, me temo que sí. Y… Jon, ya que lo menciona… El ofrecimiento de Fherak, tal como él lo prometió, no carecía de valor. Sé que ya ha dicho que está bajo el peso de un deber, aunque… ¿qué habría sucedido si las circunstancias hubieran sido otras?

No me dio la vista todavía, pero parecía atento a mis palabras.

—Según su parecer, ¿qué otras circunstancias?

Respiré profundo antes de proseguir.

—Pues supongamos que usted hubiera tenido que afrontar esta situación, pero viajando solo. ¿No la habría tomado por esposa? ¿Habría rechazado la mano de esa joven o quizá las de varias?

Me echó la mirada hasta entonces, pero parecía muy serio y decidido.

—En tal caso, según propone… no lo sé. Posiblemente.

Me quedé perpleja, casi con los labios entreabiertos y el gesto en blanco. Él continuó mirándome firmemente, sin apartar la vista. Por un instante no pude descifrar qué pensaba. Entonces, muy lentamente, una sonrisa apareció en sus labios.

Endurecí el rostro de inmediato, casi con el ceño fruncido, sin poder guardar el disgusto que ya comenzaba a crecer en mi interior.

—¡Oh, ya veo! En ese caso, Jon, no necesita de otras circunstancias… Si su pesar es, pues, su deber, yo…

Él siguió sonriendo y detuvo mis palabras con voz serena, aunque grave.

—Princesa, no es necesario que suceda de otra manera.

Estreché la mirada sin dejar de verlo.

Entonces comprendí que había algo distinto en su expresión. No era la severidad habitual con la que solía responderme cuando pretendía indagar demasiado. Había en sus ojos una calma casi divertida, aunque todavía conservaba aquella gravedad que le era propia.

—Bromeaba al respecto —prosiguió con una serenidad que apenas conseguía ocultar su diversión—. No la habría tomado por esposa, ni a ella ni a ninguna otra en Horkthar.

Sentí las mejillas arder. Incliné la mirada y apreté los labios después de escuchar aquello. Tragué saliva con gesto contrito.

—No advertí que lo decía de tal modo… Parecía decidido y, en todo caso, Martjar es muy joven y parece gentil, además de servicial —dije con voz suave, aunque rebosando cierta penilla en mis palabras. Hasta entonces alcé la vista para contemplarlo.

Él todavía sonreía.

—Lamento no ser capaz de tener un ánimo más abierto, y por no saber juzgar con acierto o desacierto lo que señala. En todo caso, puedo decirle con toda franqueza que no es el tipo de señorita que influiría así en mí para tal decisión, sobre todo al ser tan joven.

Quedé perpleja tras meditar lo dicho. Martjar, a mi vista, era agraciada y de hermoso parecer, y quizá no mucho mayor que yo, o quizá de la misma edad. Le clavé la vista.




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