El caballo siguió avanzando, a ratos al galope y a ratos al trote ligero. Mientras dejábamos atrás arboledas, praderas, altos cerros y hermosos paisajes, no podía apartarme de aquella culpa que volvía una y otra vez a mí. Me había comportado con demasiada ingenuidad y confianza, y comprendía tarde que aquella imperturbabilidad de Jon que tantas veces había admirado terminaría por volverse contra mí. Él cumpliría su promesa, me entregaría a mi padre.
Ninguno de los dos mencionó nada durante todo aquel trayecto, aunque como solía ser me entregó algunos frutos y agua fresca.
El sol había cambiado de posición y se hallaba ya en el centro del cielo. Brunnar avanzaba con calma mientras se internaba en un bosque húmedo, aunque más abierto e iluminado que aquellos que habíamos atravesado antes. Arbustos cargados de pequeños frutos crecían entre los árboles, algunos tan colosales que sus copas parecían perderse en lo alto.
Al cabo de un rato de marcha, comencé a escuchar el estrépito inconfundible de una caída de agua. A cada paso del caballo el sonido se hacía más claro, cercano, estrepitoso. Entonces bajé la mirada hacia mis manos. No solo tenían un aspecto descuidado; estaban sucias. Suspiré al imaginar cómo estarían mi rostro y mi cabello.
¡Cuántos días sin lavarme!
Jon seguía tras de mí, imperturbable como de costumbre. Sentía su presencia a mi espalda, pero no su calor ni su respiración.
—Jon, al parecer no muy lejos de aquí hay una corriente de agua.
Esta vez no giré el rostro para verlo.
—Es así, princesa —contestó con aquella voz grave y serena.
—¿Es un río?
—Sí. También hay una cascada que vierte sus aguas en él y, más adelante, el río desemboca en el mar.
—¿Y está muy lejos de aquí?
—De hecho, lo cruzaremos antes del anochecer. No podemos demorarnos más días; debemos alcanzar el punto acordado antes del invierno.
Respiré hondo.
La mención del punto acordado hizo que aquella certeza volviera a pesar sobre mí. Sin embargo, junto a ella apareció una posibilidad que hasta entonces no había querido reconocer: quizá podríamos detenernos, y así tal vez poder prolongar un poco más aquel viaje antes de que llegara el momento de separarnos.
—En ese caso, Jon… yo… me gustaría… Quisiera ir a…
No me atreví a mirarlo ni siquiera a ladear la cabeza para sentir el peso de su mirada.
—¿Necesita que nos detengamos en el río? —Preguntó con cortesía.
—Sí, Jon. Me gustaría lavar mis manos y… beber.
Apenas ladeé la cabeza un poco.
—De acuerdo, princesa. Iremos, pero tendremos que volver sin demorarnos demasiado.
Asentí dócilmente.
Tal vez él había advertido que llevaba días sin disponer de agua fresca para asearme con el debido esmero. Así que aligeró el paso del caballo y este se internó hacia uno de los extremos del bosque.
Al cabo de un rato, tal como había prometido, apareció ante nosotros aquella majestuosa vertiente de aguas claras. La corriente se precipitaba desde una altura casi irreal; la parte más alta de aquel escarpe escalonado se ocultaba entre la bruma, mientras el agua saltaba y rompía con fuerza de una cornisa rocosa a otra antes de calmarse, mientras el agua saltaba y rompía con fuerza de una cornisa rocosa a otra antes de calmarse. Al final de su descenso, el torrente se vertía en un precioso lago, un espejo inmenso y profundo extendiéndose en silencio entre la hierba y los árboles antes de transformarse en un río ancho que comenzaba a serpentear.
La delicada brisa me acarició el rostro.
Aquel lugar no parecía hecho solamente para detenerse y descansar. Había en él una belleza tan serena que por un instante tuve la impresión de haber llegado a un sitio apartado de todo lo conocido; un rincón oculto entre el bosque, dispuesto para quienes tuvieran la fortuna de encontrarlo. El murmullo constante del agua, la frescura del aire y aquella claridad que se filtraba entre las copas hacían que todo pareciera suspendido en el tiempo. Era hermoso. Y, por primera vez en mucho tiempo, no deseé continuar.
—¡Es verdaderamente inmensa! —exclamé maravillada, mientras el caballo se acercaba al lago donde aquellas aguas se vertían.
—Es una de las más altas, sin duda.
Jon se desmontó de un salto y, al estar a mi lado, extendió una de sus manos. Me apoyé en ella para bajar.
No solo estaba maravillada; me sentía contenta, atraída y casi absorbida por aquel paraje. Sin pensarlo demasiado, me quité el calzado y, en cuanto mis pies descalzos tocaron la mullida hierba húmeda, hice ademán de apartarme el ropaje. Mis manos apenas habían deslizado la tela sobre el hombro cuando me paralicé.
¿Era apropiado desvestirme una vez más frente a él?
Aquello me apenó terriblemente. Ciertamente, no lo era. Además, aún pesaba en mí el recuerdo de que Jon seguía afectado por el amuleto sombra, y tampoco tenía más ropa seca; ni siquiera sabía si podría disponer de ella después. En todo caso, no podía entregarme al placer de zambullirme en aquel lago para terminar entumecida por el frío.
El amuleto sombra descansaba sobre su pecho sin emitir resplandor alguno. Parecía simplemente un hermoso y misterioso dije, suspendido sobre las prendas que llevaba puestas, tan quieto que por un momento casi olvidé de lo que aquello era capaz de alimentar y corromper.
Así que, después de pensarlo un momento, concluí que podría hacerlo en camisón. Después me pondría el vestido seco y quizá así me permitiría subir al caballo. Y mientras tanto, al menos por un rato, podría permanecer allí, en aquel sitio de ensueño.
Así que, con cautela, medio giré el rostro para saber dónde estaba Jon y qué hacía. Entonces lo hallé junto a Brunnar, que pastaba tranquilamente a un extremo del lago, mientras las aves parecían no inquietarse por la cercanía de ambos. Incluso una se posó en el lomo del caballo con docilidad.
Mis ojos entonces se encontraron con aquellos bolsos de cuero, uno a cada lado del lomo de Brunnar. Jon parecía acomodar algunas prendas y, mientras hacía aquello, reconocí que sacaba aquel saco de tela donde solía llevar mis ropajes. Aliviada, comprendí una vez más que se aseguraba de que tuviera qué ponerme.
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Editado: 05.10.2026