La Sombra Del Hada

capitulo 1

Mis hermanas volaban alrededor de la cuna. Hablaban todas a la vez, empujándose unas a otras para ver mejor el rostro de la criatura. Yo era una de ellas; la euforia de ver a nuestra nueva luz, la reina de nuestro pueblo, nos consumía el corazón. Al fin estaba aquí, después de siglos de espera.

Abriéndome paso entre los aleteos, logré conseguir una vista completa de su carita y quedé maravillada.

—No es bella —dijo Analys con una sonrisa traviesa.

—Es hermosa —contesté satisfecha.

—¿Por qué no habla? —preguntó otra.

—Porque es un bebé —respondió una voz al fondo.

—Ahhh —coreamos todas al mismo tiempo.

—¿Qué es un bebé? —inquirió una de las más jóvenes.

Todas guardamos silencio. Nadie sabía con certeza qué era exactamente un bebé.

—Pues los humanos nacen así —explicó Analys.

—Pero si es nuestra reina, ¿por qué se ve humana entonces?

Esa misma pregunta me la había hecho yo. Nos quedamos calladas, mirándonos las caras sin saber qué responder.

—Ya dejen de hablar, mejor sigamos viéndola.

Eso era mejor. No conocíamos todas las respuestas del mundo; cómo había nacido ya no importaba, lo único relevante era que al fin estaba entre nosotras.

El sonido pesado de la puerta interrumpió el momento. Una humana entró a la habitación vistiendo un uniforme blanco y negro con un extraño moño en la cabeza, un atuendo que ya habíamos visto en otras de su especie. Los humanos eran ciegos ante la magia y no podían vernos; en realidad, no veían nada importante.

Se acercó a la cuna con el ceño fruncido.

—Ya te hiciste popó —refunfuñó, levantando a la niña a la altura de su rostro. Las arrugas de su frente se marcaron aún más tras olerla—. Sí, señor, pero qué fastidio.

Arrugando la nariz con asco, mojó a nuestra reina con agua helada. La pequeña comenzó a llorar a todo pulmón, con la cara roja por el esfuerzo de sus gritos. Una de mis hermanas tuvo que sujetarme con fuerza para que no me lanzara contra la malvada mujer. Le estaba faltando el respeto a nuestra soberana; aquello era sencillamente imperdonable. Todas empezamos a gritarle maldiciones que la vil humana no podía escuchar.

Tras terminar de limpiarla y cambiarla, le dio un biberón. La bebé se calmó un poco mientras succionaba la leche, pero la desagradable mujer se retiró antes de que terminara, dejándola sola y llorando de nuevo.

—¿Qué hacemos? La reina sigue con hambre —dijo una de mis hermanas, acercándose a la carita de la bebé—. ¿Qué comen los bebés humanos?

—Bueno, nuestra reina no es humana —respondí con firmeza.

—¿Puede comer lo mismo que nosotras? —preguntó Anya.

—No seas tonta, ¿cómo va a absorber la energía de la tierra si tiene cuerpo humano? —intervino Analys.

Todas nos volteamos hacia nuestra hermana mayor; ella debía tener más conocimiento sobre bebés, fueran lo que fueran.

—Pues no lo sé, vamos a intentarlo —dijo encogiéndose de hombros.

—¿Por qué tiembla tanto? —preguntó otra hada, haciendo que todas volviéramos a fijar la mirada en la cuna.

Era cierto. La pequeña se movía de forma extraña, tiritando.

—Debe tener frío —comentó la hermana mayor, sujetándose la barbilla.

—¿Qué es frío? —preguntó un hada de cabello azul.

—Otra de las muchas cosas que padecen los humanos —sentenció la mayor.

—Los humanos son muy débiles —comentó el hada a mi derecha.

—Definitivamente —asentí.

—¿Y cómo se le quita el frío?

Giramos la cabeza hacia la hermana mayor, esperando una solución experta, pero se quedó en completo silencio.

—¿Y bien? —pregunté tras un momento expectante.

—No lo sé —admitió al fin.

—Eso significa que la reina va a morir —dijo un hada de cabello verde con la voz temblorosa de miedo.

Tras pensarlo un instante, propuse:

—¿Por qué no la iluminamos con nuestra magia? Tal vez eso la caliente.

—Podría funcionar. Si juntamos nuestros poderes, la luz será más fuerte.

Todas nos acercamos a la cuna y comenzamos a generar destellos a través de nuestros pequeños cuerpos. La bebé dejó de llorar y nos miró embobada. Cuando alcanzamos nuestro punto más brillante, descendimos hacia su cuerpo y nos acurrucamos junto a ella.

La pequeña dio un suspiro de satisfacción y nosotras, felices, nos pegamos aún más a su piel. Al cabo de unos segundos, la reina se quedó profundamente dormida.

—Al fin duerme.

Todas suspiramos de alivio. Se veía tan pacífica acostada en su cuna...

—Mejor vayan a buscar comida —ordenó la mayor—. Cuando despierte, seguro tendrá hambre de nuevo.

Nos dividimos las tareas: un grupo salió en busca de alimento, mientras que el resto nos quedamos haciéndole compañía para mantener a la reina abrigada.




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