Era 1560; Crystallum apenas comenzaba a formarse como un pequeño pueblo independiente.
Convivían juntos humanos y criaturas mágicas de todo tipo: dragones, hechiceros, sirenas, hadas, elfos, duendes y… brujas. Aquellas jóvenes mujeres de belleza exuberante eran poseedoras del más grande poder en toda la nación; se creía que eran la representación de los dioses en la tierra.
Amelia, hija de la bruja madre Agatha —representante del clan en Crystallum—, se vio envuelta en un romance secreto con Cedric, el apuesto hijo del recién electo rey que fundó el pueblo. Él parecía inalcanzable para ella, pues… ¿qué humano podría amar a una bruja?
—¿Lo harías otra vez? —Cedric la observaba con adoración. Estaban sentados en un prado a las afueras del pueblo, muy cerca de la frontera con el bosque encantado.
Amelia había tenido el valor de mostrarle sus poderes al joven, creando figuras de luz que danzaban junto a las luciérnagas, iluminando la noche con una magia hermosa y pura.
—¿Qué forma te gustaría que tomara ahora? —preguntó la chica. Una dulce y tímida sonrisa se asomaba en sus labios. Era la primera vez que alguien admiraba su magia sin temor, sin juzgarla por ser quien era.
—Un dragón —sonrió él con ilusión. No había visto nada parecido jamás. Estaba fascinado por las habilidades de Amelia, la chica a la que solía observar en secreto. ¡Finalmente había reunido el valor para invitarla a una cita y ella había aceptado!
La figura de luz rosácea que danzaba en el prado tomó la forma de un imponente dragón que batía sus alas al alzarse en vuelo, girando alrededor de Cedric y dejando una pequeña estela detrás. Todo parecía perfecto: la cálida noche bajo el manto de las estrellas, el arrullo de la luna y sus corazones latiendo como uno solo, jurándose amor eterno y sellando su promesa con un beso inocente.
Pero no contaban con que alguien los había estado observando a la distancia. Esa persona daría paso a la furia de una mujer con ilusiones deshechas y un corazón roto, lanzando así la maldición que llevaría a la muerte a quien fue su primer y único amor.
—Amelia, yo… —Cedric trató de explicar, pero el daño ya estaba hecho.
—¿Cómo pudiste…? —susurró ella. El dolor en su voz era palpable. Su mirada violácea estaba fija en el pergamino sobre la mesa; aquel documento que llevaría a todos los de su especie a la extinción, firmado por el hombre que tenía enfrente.
—Era… —titubeó—, era necesario.
La chica lo observó con sus dulces ojos bañados en lágrimas. Lo que alguna vez fue reflejo de amor y ternura, ahora solo era decepción, enojo e incredulidad. El muchacho intentó acercarse, pero ella retrocedió. Su magia empezaba a descontrolarse, haciendo levitar los objetos en la habitación.
Amelia salió de aquel lugar a paso apresurado; necesitaba encontrar una forma de evitar aquello, necesitaba a su madre. Cedric salió tras ella, persiguiéndola en un intento por detenerla. Al reconocer la dirección a la que se dirigía, su desesperación se hizo más evidente.
¿Qué ocultas, Cedric?
La joven bruja divisó su cabaña a lo lejos, pero no se veía como siempre. No percibía la usual calidez de su jardín ni el vivo color de las flores. Todo parecía triste, apagado y ausente de vida. Al llegar, notó que la puerta estaba entreabierta, lo que la extrañó; su madre solía dejar todo bien cerrado para evitar la entrada de animales del bosque.
Cuando cruzó el umbral, una repentina pesadez cubrió su cuerpo. ¿Por qué, de repente, sentía un nudo en la garganta? Allí fue cuando lo notó: la firma mágica de su madre no estaba.
—¿Mami? —llamó con voz temblorosa. Nadie contestó.
Antes de dar otro paso, Cedric, quien la había alcanzado, la tomó de la muñeca impidiéndole avanzar.
—No lo hagas —advirtió él, tensando su agarre.
Ella se zafó con magia. Pronunció un encantamiento silencioso que impulsó al príncipe hacia los muebles de la sala. La chica siguió avanzando hasta la habitación de su madre. Agatha estaba recostada en su cama; parecía estar dormida, cubierta por un gran edredón negro.
Amelia se acercó y retiró la manta. Bajo aquella colcha reposaba el cuerpo carbonizado de Agatha, separado de su cabeza. La sangre seca había teñido las sábanas blancas.
Amelia retrocedió, impactada. Un grito desgarrador salió de sus labios mientras las lágrimas corrían sin control. Ese día fue el último en el que alguien supo de ella. El día en el que Crystallum fue condenado a vivir bajo una poderosa maldición que solo podría ser rota con una sola cosa: la sangre del primogénito.
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Editado: 09.01.2026