La Sombra del Trono

Capitulo I

—Si me visto de mujer y huyo del castillo antes de que todos se den cuenta, ¿crees que podré salvarme?

Observé alarmado a mi hermano. Acababa de tropezar y, en su torpeza, destruyó una de las reliquias más invaluables que teníamos: el viejo y feo jarrón de flores que nuestra abuela Stella les heredó a mis padres como regalo de bodas.

—Para empezar, ¿tú de mujer? Ambos sabemos que es improbable que te crean —me crucé de brazos, mirándolo con una ceja alzada. Lancellot era un desastre, pero sus adorables mejillas abultadas y su cabello tan claro como los rayos del sol lo hacían ver más como un niño perdido que como una dama en fuga—. Pero aún podemos arreglarlo, ¿no?

—¿Esa cosa tiene arreglo? Lo pulverizaste con tu torpeza —solté.

Ambos nos quedamos viendo los trozos en el suelo. Los pedazos eran tan pequeños que nos llevaría una eternidad repararlos. Solo podíamos ocultar el desastre, dispersarnos por zonas distintas del palacio y rezar para que nuestra madre no lo notara.

—Creo que si usamos un poco de magia... —Lancellot levantó algunos trozos, intentando encontrarles la forma.

—¿Te falla el cerebro? —le repliqué—. Está prohibida en todo el reino. Además, ni alabando a Morgana vamos a poder hacer magia; no la llevamos en la sangre.

—Al menos intento pensar en una solución —murmuró, ofendido.

Habíamos pasado el día entero molestándonos. Ahora que yo había llegado a la edad para ser coronado como el nuevo monarca, cada vez teníamos menos tiempo para estar juntos. Por eso, cada vez que nos veíamos, terminábamos peleando entre empujones amistosos hasta que alguno se enojaba de verdad. Sí, así era el día a día de dos "niños" de 22 y 20 años. Tras 264 meses de vida, seguíamos siendo un par de desastres.

Esta vez, en medio de nuestros empujones, yo había tropezado con una de las mesas decorativas, tirando el horrible jarrón de mi madre. Si la abuela Stella estuviera viva, seguro nos encerraría en una torre.

—¿Le dirás a mamá? —preguntó Lance, mirándome con ojos de cachorro asustado.

—No le diré nada si tú me ayudas a salir del castillo esta noche —le propuse.

—Oh, vamos, no te cuesta nada ocultárselo sin pedir algo a cambio —insistió el rubio.

—Mi silencio tiene una tarifa alta, hermanito.

—¿Y no lo harías por una galleta?

—No.

—¿Qué tal dos galletas? —intentó negociar.

—Tentador, pero no —fingí desinterés, aunque sentía que estaba cediendo lentamente.

—Bien, te daré mi bandeja de galletas —el ojiazul suspiró, resignándose a terminar el día sin haber merendado.

Sonreí victorioso. Tal vez no podría salir al bosque como quería, pero tendría dos tandas de galletas para mí solo.

—Fue un placer hacer negocios contigo, Lott.

Ahora, como futuro rey, debía encontrar una manera de solucionar aquel problema... y no morir en el intento. Examiné la sala: era grande y cálida, con paredes altas y pilares de mármol blanco. Sobre la chimenea había un marco con una vieja pintura de ambos cuando éramos niños de ocho y seis años; a los lados de la chimenea, grandes estanterías llenas de libros se alzaban imponentes.

Nop, no se me ocurre nada.

Espera... ¡Eso es!

—¿Cómo no lo pensé antes? —Me palmeé la frente. La solución estaba justo detrás de los estantes—. Ven aquí, Lancellot.

Él se acercó con una mueca de disgusto mientras yo tiraba los libros del estante de forma descuidada.

—Uhm, Dus, creo que solo lo empeoras todo.

—Shhh —lo callé—. No necesito escuchar eso ahora, solo necesito que...

Detuve mis manos al tocar un libro que parecía mucho más rígido que los demás. Era grueso y sus solapas se veían desgastadas. Lo tanteé suavemente con los dedos. Este no era cualquier libro. Era el libro.

—Bingo —sonreí. Lo había encontrado.

Tiré del libro hacia abajo y, de forma mecánica, la estantería se desplazó lentamente, revelando un oscuro y polvoriento pasillo. Tomé la lámpara de aceite de la mesa y la alcé para iluminar el camino.

—¿Cómo es que...? —murmuró el rubio, desconcertado.

—Cuando te la pasas escapando de las clases de protocolo y estrategia, se aprenden algunos trucos.

Nos adentramos en el lugar. Caminamos a paso lento por el pasillo largo y angosto. Lancellot avanzaba desconfiado, fulminando con la mirada cada pequeño ratón que aparecía. Realmente era un miedoso. Y así esperaba dirigir la Guardia Real bajo mi mando... se notaba quién de los dos había sido el más mimado por mamá.

El eco de mis pasos sobre la madera vieja era lo único que rompía el pesado silencio del pasaje. Caminaba con la confianza de quien conoce cada grieta del palacio, mientras que Lancellot se aferraba a la manga de mi túnica como si el polvo fuera a cobrar vida y arrastrarlo a las sombras.

—Dustin, si nos quedamos atrapados aquí y muero antes de que te coronen, juro que vendré a jalarte las patas todas las noches —susurró Lance, mirando de reojo una telaraña.




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