Esa noche, el silencio del castillo no era de paz, sino de tregua. Me senté en el borde de mi cama, con la charola de galletas sobre las piernas, observando cómo la luz de la luna se filtraba por el gran ventanal. El sabor de la mantequilla era dulce, pero el regusto de la resina de ámbar que aún impregnaba mis dedos me recordaba que, si nos descubrían, iban a desheredarnos y hacernos limpiar las caballerizas de por vida.
De pronto, un golpe rítmico en la ventana del balcón me sacó de mis pensamientos. Era el código de nuestra infancia.
Toc, toc-toc, toc.
Me levanté y salí al balcón, que compartía con la habitación de Lancellot.
—¿Dus? —su voz llegó amortiguada, pero clara—. ¿Crees que la resina de ámbar brille en la oscuridad? He estado pensando... si mamá entra con una vela y el pegamento refleja la luz, estamos perdidos.
—Duérmete, Lott —susurré contra la madera—. Si brilla, diremos que es el espíritu de la abuela Stella bendiciendo el jarrón. Ella siempre decía que era una pieza "radiante".
Escuché un bufido del otro lado y el sonido de las sábanas revolviéndose. Lancellot era un manojo de nervios, pero su lealtad era lo único más sólido que el mármol de este palacio. Fijé mi vista en el cielo, la luna iluminaba el jardín y los límites del palacio, siendo acompañada por el manto de estrellas que se dibujaban a su alrededor.
La noche era verdaderamente tranquila, tal vez demasiado. Al fijar la vista en el bosque encantado, más allá del barrio abandonado en el pueblo, sentí un pequeño malestar en el pecho.
¿Qué es esta sensación?
Me siento atraído... Como si me llamara.
El viento revoloteó, hondeando mi cabello y las cortinas de mi habitación. A lo lejos, juro ver como un pequeño resplandor azul viene de entre los árboles, pero al parpadear, ya había desaparecido...
Meh, seguro no era nada y la falta de sueño me hace alucinar.
De repente, escuché la voz amortiguada de mis padres en el pasillo, así que me metí a la habitación y me lancé a la cama rápidamente, fingiendo estar dormido. Las voces de escuchaban cada vez más fuerte.
¿Por qué discuten?
—... a mi hijo!
—Leonor, debemos hacerlo o no solo perecerá él, también todos nosotros. ¿Ya olvidaste lo que le sucedió a esta familia?
¿Qué...? ¿De qué habla papá?
—¿Esperas que lo entregue así sin más?
—Su destino estuvo decidido desde el día de su nacimiento.
—Estas cometiendo los mismos errores de tu padre, ¡Esta no es la solución!
—¿Por qué carajos estás siendo tan insistente?
Se detuvieron en la puerta de mi habitación, podía ver sus sombras bajo la puerta.
—Porque es mi hijo, Phillip. Y no permitiré que me lo arrebaten...
Las voces se escuchaban cada vez más lejanas, hasta que desaparecieron al final del pasillo.
¿Qué acaba de pasar?
El eco de las palabras de mis padres parece vibrar todavía en las paredes de piedra. El corazón me late con tanta fuerza que temo que, si regresan, puedan escucharlo desde el pasillo.
El resto de la noche no pude dormir.
Al día siguiente, el sol de la mañana trajo consigo el ajetreo de los preparativos finales. Criados corriendo con estandartes, el olor a asado filtrándose desde las cocinas y el sonido de las trompetas ensayando en el patio. Pero mi mente estaba en la discusión de la noche anterior. ¿Qué significaba aquello?, ¿Perdernos a Lance o a mí?, ¿Papá está cometiendo los mismos errores del abuelo? ¿Qué errores?
Me escabullí antes del desayuno para revisar nuestro "crimen". El jarrón seguía ahí. En la penumbra de la mañana, las grietas parecían simples vetas del diseño original. Sin embargo, al acercarme, noté algo que me heló la sangre: una pequeña gota de resina sobrante se había deslizado por el costado, atrapando una mosca muerta justo en el centro del dibujo de una flor.
—Parece un detalle artístico —dijo una voz a mi espalda.
Casi salto del susto. Lancellot estaba allí, con las ojeras marcadas y el cabello más alborotado que de costumbre.
—Es un fósil, Lance. El jarrón de la abuela ahora tiene un fósil de ayer —gruñí, tratando de raspar la gota con la uña.
—¡No lo toques! —me detuvo él, agarrándome la muñeca—. Si lo quitas, podrías traer de vuelta el efecto dominó. Déjalo así. Si mamá pregunta, le diremos que representa la fugacidad de la vida.
Lo miré con asombro. —A veces me asusta lo bien que mientes cuando tienes miedo.
—He tenido al mejor maestro —me guiñó un ojo, aunque su mano temblaba ligeramente al acomodarse la capa de oficial.
La campana de la torre principal sonó, anunciando el inicio de la ceremonia. Era el momento. Caminamos juntos hacia el gran salón, él un paso por detrás de mí, como dictaba el protocolo, pero lo suficientemente cerca como para que yo sintiera que, si tropezaba con el peso de la capa real, él estaría ahí para sostenerme...
O para caerse conmigo.
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Editado: 23.01.2026