𝕃𝕒𝕟𝕔𝕖𝕝𝕝𝕠𝕥.
...
El peso de la corona de Dustin no era nada comparado con el peso de mi propia conciencia mientras veía a Christopher bloquear el pasillo. Me quedé allí parado, con las manos sudorosas y el corazón martilleando contra mis costillas como un pájaro enjaulado.
—Bueno —susurró Chris, ajustándose el cinturón de la espada con una calma que me ponía enfermo—, ya escuchaste al Rey. A darle "hasta abajo", ricitos.
Santo cielo, me dijo "ricitos". ¿Cómo se escucharía si me lo dijera mientras...?
"No, Lancellot, no pienses esas cosas. Tu eres puro de corazón", me reprendí mentalmente.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —siseé, siguiéndolo de vuelta al Gran Salón—. El jarrón de la abuela está brillando como un faro y Dustin acaba de escapar hacia el bosque que devora gente. ¡Si mamá nos atrapa, las caballerizas serán el menor de nuestros problemas! ¡Nos va a convertir en gárgolas decorativas!
Entramos al salón justo cuando la música alcanzaba un crescendo frenético. El olor a pavo asado y vino dulce me revolvió el estómago. Allí, en el centro de la pista, mi madre, la Reina Consorte Leonor, se movía con una elegancia depredadora. Mi padre intentaba seguirle el ritmo, pero sus ojos no dejaban de escanear la sala, buscando la corona de oro que ya no estaba en el trono.
—¡Lance! ¡Christopher, querido! —la voz de mamá cortó el aire como un látigo de seda. Se detuvo frente a nosotros, abanicándose con una mano mientras nos analizaba con esa mirada que parece leerte hasta el tipo de sangre—. ¿Dónde está tu hermano? Un Rey no debe abandonar su banquete de coronación antes de que se sirva el jarrón de... -se detuvo, frunciendo el ceño— ...el postre.
Casi me ahogo con mi propia saliva al escuchar la palabra "jarrón".
—¡Dustin! Ah, sí, Dustin... —solté una risa nerviosa que sonó más como un graznido—. Verás, madre, la corona... es muy pesada. Le dio un calambre en el cuello. Un calambre real. Muy serio. Christopher lo llevó a sus aposentos para... ¿para qué lo llevaste, Chris?
—Para aplicarle ungüento y rezar tres avemarías —respondió Christopher sin pestañear, cruzando los brazos sobre su coraza—. Ya sabes cómo es Dustin de dramático con los dolores de cabeza, tía.
Mamá entrecerró los ojos con sospecha, es obvio que no nos creía ni una palabra. Se acercó a mí, oliendo a jazmín y a esa sospecha eterna que solo las madres poseen.
—¿Por qué estás temblando como un flan, Lancellot? Estás tan pálido como la Duquesa de Solaria —me preguntó, colocando una mano fría sobre mi mejilla—. Y lo más importante... ¿por qué hay una mancha de resina de ámbar en tu bota izquierda?
Miré hacia abajo. La gota de resina que había intentado limpiar del jarrón se había pegado a mi cuero. Y lo peor: bajo la luz de las mil velas del salón, la mancha estaba empezando a emitir un tenue, casi imperceptible, pulso azul.
Traiganme agua con azúcar, creo que se me bajó la presión.
—Es... es una nueva moda, madre —improvisé, sintiendo que el sudor bajaba por mi nuca—. Se llama "brillo de tanzanita". Muy popular entre los jóvenes de la corte. ¿Nuestra nana no te lo dijo?
En ese momento, un trueno seco resonó fuera del palacio, a pesar de que el cielo estaba despejado. No vino de las nubes, sino de la dirección del Bosque Encantado. El suelo bajo nuestros pies vibró, y vi cómo el rostro de mi padre se ponía pálido como la cera.
—Leonor... —murmuró mi padre, agarrando el brazo de mi madre—. Empezó.
¿"Empezó"? ¿Qué empezó?
Ella dejó de mirarme a mí y miró hacia el ventanal del fondo. Su expresión de duda desapareció, reemplazada por un terror absoluto que nunca le había visto. Ella se aclaró la garganta, disimulando rápidamente.
—Vuelvan al baile... Y cuando Dustin se sienta mejor, díganle que regrese también.
Ella y papá regresaron a la pista de baile. Yo me quedé junto a Chris. La calma en el salón se mantenía intacta; supongo que pensaron que solo se avecinaba una tormenta, pero Christopher parecía habitar en un ojo de águila. Se acercó tanto a mí que pude sentir el calor que emanaba de su armadura, ese olor a metal y cuero que siempre me mareaba un poco. Su mano bajó hasta mi cintura, fingiendo que me sostenía para un paso de baile, pero sus dedos apretaron con una firmeza que me hizo contener el aliento.
¡¿Pero qué se supone que hace?! Mi corazón latió tan rápido que creí que se saldría de mi pecho. No me hagas esto, Christopher Rossi. Soy débil ante ti.
—Si vamos a morir hoy, dulzura -susurró cerca de mi oído, con una sonrisa ladeada que era mitad desafío y mitad... otra cosa que no me atrevía a nombrar—, espero que al menos me hayas guardado ese pastel que le prometiste a Dustin. Sería una lástima irse al otro mundo con el estómago vacío.
—Eres un idiota —logré articular, aunque mis mejillas ardían más que las antorchas del pasillo—. Estamos a punto de ser ejecutados por un jarrón y tú piensas en azúcar.
—Pienso en lo bien que te ves cuando entras en pánico —replicó él, guiñándome un ojo antes de soltarme con una elegancia fingida—. Quédate cerca. No quiero tener que buscarte entre la multitud luego.
"Quiditi circi", rodé los ojos mentalmente. Solo quiere ilusionarme. ¡No lo dejaré!
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Editado: 11.02.2026