Ok, recapitulemos.
Cuando desperté, el jarrón de la abuela Stella tenía pegado a la resina una mosca; Lancellot se paniqueó cuando mamá casi lo nota; me coronaron; el banquete inició y papá me dijo unas palabras raras; durante el baile la resina comenzó a brillar y, la mosca supuestamente muerta, comenzó a moverse; Christopher nos descubrió y se llevó a Lance a la fiesta para cubrirme; y yo escapé al bosque a buscar una solución para esta cosa.
¿Todo claro hasta ahí?
Muy bien, prosigamos.
Llegué a las caballerizas, donde me subí a Orión, mi fiel corcel y salí al galope rumbo al Bosque Encantado. Llegué rápido, así que me bajé y dejé las riendas de Orión atadas a un tronco.
—Volveré pronto, amigo —me despedí, para luego comenzar a caminar por el sendero que creí me llevaría a la fuente de aquel destello azul.
Cargaba el jarrón en mis brazos; a medida que me iba adentrando en el bosque la luz que emitía era mucho más fuerte, parecía un faro. Pero no era solo la vista; era una vibración que me subía por los brazos, un hormigueo eléctrico que se sentía extrañamente familiar. El aire cambió, volviéndose más pesado y cargado de un aroma a lluvia y magia antigua que me nublaba el juicio. Me sentía, de algún modo, más vivo.
No era miedo lo que sentía. Era una curiosidad magnética, como si algo estuviera tirando de un hilo invisible amarrado a mi pecho. El destello azul del jarrón pulsaba al ritmo de mi corazón, y cada latido me empujaba a dar un paso más fuera del sendero seguro.
—Solo un poco más —susurré para mí mismo, aunque mis propios pies parecían moverse por voluntad propia.
El sendero desapareció bajo mis pies, pero no me importó. El aire se volvió gélido y el estruendo de agua cayendo comenzó a llenar mis oídos, vibrando en mis huesos. Finalmente, las ramas se abrieron y llegué al claro.
Frente a mí se alzaba una cascada colosal que parecía hecha de estrellas líquidas. No era agua común; el torrente caía con una fuerza demoledora, emitiendo ese brillo azul eléctrico que era la fuente de toda la luz en el bosque. El resplandor era tan potente que hacía que las piedras y el musgo a su alrededor centellearan como joyas preciosas.
Me acerqué, hipnotizado. El jarrón en mis brazos reaccionó violentamente, vibrando con tanta intensidad que mis dedos empezaron a entumecerse. La mosca, atrapada en la resina, agitaba sus alas con un frenesí antinatural, como si intentara desesperadamente lanzarse hacia el velo de agua.
Sentí una urgencia abrumadora de cruzar, de ver qué había detrás de esa cortina de luz. El brillo azul me llamaba, me prometía respuestas a las palabras raras de mi padre y al misterio de mi propia coronación. Sin pensarlo dos veces, avancé por la cornisa de roca húmeda hasta quedar justo tras el velo de agua, donde el mundo se volvió una sinfonía de ecos y luces zafiro.
Fue allí, en ese refugio de cristal y trueno, donde la presencia mágica se sintió más real que nunca. Pero antes de que pudiera entender qué estaba buscando, la temperatura del lugar cayó aún más.
Ya no estaba solo.
Las sombras de los árboles parecían apartarse a mi paso, invitándome a pasar. El bosque ya no se sentía como un lugar hostil, sino como una presencia viva que me susurraba promesas que no alcanzaba a entender, pero que no podía ignorar. Ignoré el frío, ignoré los sonidos de la noche y me dejé guiar por el resplandor, hundiéndome en la espesura donde la realidad comenzaba a desdibujarse.
¿Por qué me siento tan atraído?
—... Cedric... —escuché un murmullo provenir de la cascada.
¿Por qué mierda la cascada está hablando? ¿Esto es normal?
Por Morgana, debí traer un rosario antes de venir. ¿Cómo pensé en meterme al Bosque Encantado sin compañía alguna? Ahora las criaturas van a jalarme los pies para comerse mis entrañas.
Bien pensado Dustin. Eres increíblemente brillante.
—...Cedric... —nuevamente un murmullo; este se escuchó más claro que el anterior. La voz era fina y suave, como de una mujer joven. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
El aire se volvió tan pesado que cada respiración me costaba un esfuerzo sobrehumano. Justo cuando mis dedos rozaban la superficie del agua, un eco de pasos rítmicos y gélidos se impuso al rugido de la catarata.
Me giré lentamente. Yo, el Rey recién coronado, el hombre que se supone tiene nervios de acero y no le temía a nada, me sentía ahora como un niño acorralado.
Los tres "sirvientes" de mi padre estaban allí, los conocía, forman parte de su guardia de honor, siendo los únicos lo suficientemente aptos para encargarse de su seguridad.
¿Qué hacen aquí?
Bloquearon la única salida de la cornisa. Sus movimientos eran felinos, precisos, y sus ojos brillaban con esa seriedad medida que delataba al "equipo de limpieza", el escuadrón más letal del reino. Pero no venían solos. Junto a ellos, un cuarto hombre, alto y encapuchado, los acompañaba, envuelto en una túnica que parecía beberse la luz azul de la cascada.
—Ya es tiempo de que cumplas con tu destino —el encapuchado inició, se había mantenido cabizbajo, por lo que no podía ver su rostro con claridad.
Esa voz...
—¿Q-qué...? —articulé apenas—. ¿De qué destino hablas?
—Hace doscientos años un hombre, Cedric Baskerville, fue perjudicado por la maldición de una bruja —comenzó a relatar—. Su nombre era Amelia Blackwood.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —cuestioné. Me aferraba al jarrón como nunca, estaba asustado. No entiendo nada.
¿Por qué, de todas las personas, tenías que ser justamente tu?
El encapuchado no respondió de inmediato. En su lugar, levantó lentamente una mano enguantada y retiró la tela que ocultaba sus facciones. El corazón se me detuvo. Bajo la luz azul de la cascada, el rostro que emergió no era el de un extraño ni el de un monstruo, sino uno que había visto cada día de mi vida, aunque ahora distorsionado por una frialdad que me resultó desconocida.
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Editado: 11.02.2026