La Sombra del Trono

Capítulo V

¿Dónde... dónde estoy?

No puedo ver nada. Todo está negro.

Mi cabeza duele como nunca. ¿Por qué siento el cuerpo tan pesado? ¿Me habré enfermado?

—...me —una voz lejana... Nunca la había escuchado antes, no la reconocía. Era suave, baja y un poco ronca... Podría oírla el resto de mi vida sin cansarme. —...irme.

¿Qué dijiste? No, no te vayas. No me dejes solo.

—...uedes oirme?! —repitió.

Oooh, que si puedo oírle.

Fuerte y claro.

—...dy, esto es inútil —otra voz se escuchó, era más aguda. ¿Una chica? —. Dejémoslo aquí y que se lo lleven los minotauros.

¿Qué? ¡No!

¡No me abandonen!

—No seas idiota, Eli. El chico parece de la realeza, tal vez nos den una buena recompensa por él —y allí estaba la primera voz, a la que me estaba comenzando a volver adicto.

Hago un esfuerzo titánico, obligando a mis párpados a separarse a pesar de que se sienten como si pesaran toneladas. El dolor en mis sienes late con una fuerza rítmica que me nubla el juicio, pero finalmente, el mundo empieza a tomar forma entre las sombras y el mareo.

Lo primero que capta mi vista es la figura de un chico. Me quedo paralizado, olvidando por un segundo el dolor de mi cabeza.

Es... increíblemente sublime.

Tiene el cabello azabache, cayendo de forma desordenada sobre su frente en mechones que parecen invitar a ser apartados. Pero son sus ojos los que me atrapan: de un azul tan profundo como el mar en medio de una tormenta, mirándome con una intensidad que me quita el aliento. Su cara tiene una suavidad inesperada para alguien que se mueve en estas sombras; es redonda, con mejillas abultadas y un tono rosado que contrasta con la frialdad del lugar. Mis dedos pican por la extraña tentación de pellizcarlas, de comprobar si es real. Sus labios, pomposos y rojizos, se mueven mientras dice algo que apenas alcanzo a procesar, porque mi mente está demasiado ocupada registrando cada detalle de su belleza.

—¿Acaso... Acaso esto es el cielo? —logré murmurar, embelesado por la imagen de aquel chico—. ¿Eres un ángel?

El silencio que sigue a mis palabras es tan denso que casi puedo escucharlo. Mis propias palabras flotan en el aire frío del bosque, sonando ridículamente frágiles y fuera de lugar.

La chica que lo acompañaba suelta una carcajada, un sonido corto que se pierde entre los árboles.

—¿Un ángel? —repite ella, sonriendo divertida—. Vaya, Andrew, parece que tienes un nuevo admirador.

Él, sin embargo, no se ríe. Se queda congelado por un instante, con la mirada azul fija en la mía. Por un segundo, juro que el tono rosado de sus mejillas se intensifica, pero recupera su compostura tan rápido que dudo de si fue un truco del musgo fosforescente. Se agacha frente a mí, quedando a mi altura, y su cercanía es abrumadora. Puedo ver el brillo de su cabello azabache y sentir el frío que emana de su figura.

—¿Andrew? —repito para mis adentros, dejando que el nombre ruede por mi mente. Me gusta cómo suena. Encaja perfectamente con esa combinación de dureza y belleza que emana de él.

Él, Andy, suelta un suspiro pesado, aunque no aparta sus ojos azules de los míos. El comentario de la chica parece haberle dado más fastidio que gracia, pero hay algo en la forma en que su mandíbula se tensa que me dice que no le soy indiferente.

—Cállate, Elisa —dice con voz cortante, aunque sin verdadera malicia. Luego, vuelve a centrarse en mí, inclinando la cabeza— Si esto fuera el cielo, no te dolería tanto la cabeza —responde con esa voz ronca que me acelera el pulso, aunque esta vez hay un rastro de ironía—. No conozco el cielo, pero estaría encantado de mostrarte el infierno.

—Te seguiría hasta el fin del mundo si eso significa estar contigo —murmuré, aún en trance.

¿Eh? ¿Cómo había dicho?

Sus palabras me golpean con la fuerza de un impacto físico. "Estaría encantado de mostrarte el infierno". Lo dice con una seguridad tan magnética que, por un instante, el miedo a los minotauros que habían mencionado antes desaparece.

Andy se inclina todavía más, rompiendo cualquier barrera de espacio personal. El azul de sus ojos parece brillar con una luz propia bajo el resplandor de la luna, y esa media sonrisa suya me hace sentir que, efectivamente, caminaría hacia cualquier abismo si él fuera quien me guiara.

—Andy, deja de coquetear con el chico y muévete —la voz de Elisa rompe el hechizo—. Si seguimos aquí antes de que amanezca los minotauros vendrán a echarnos a patadas.

Ay, cielos. ¿Dijo que el chico bonito está coqueteando conmigo?

No, Dustin. Concéntrate.

Un momento... ¡¿Minotauros?!

El pánico me devolvió a la realidad más rápido que cualquier balde de agua fría. La mención de los minotauros hizo que el aire se sintiera más pesado y el suelo bajo mis pies más inestable. Intenté moverme, pero mis extremidades seguían entumecidas, como si no me pertenecieran del todo.




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