La Sombra del Trono

Capítulo VI

Caminar por el bosque a paso de marcha militar no era exactamente lo que imaginaba para mi primer día como Rey. Mi capa de gala estaba hecha jirones, mis botas reales estaban llenas de lodo y, para colmo, mi "guía espiritual" parecía tener la intención de dejarme sin pulmones.

No creí que así sería como iba a pasar mi primer día de reinado.

—¿Sabes? —dije, jadeando mientras saltaba un tronco podrido—, en el palacio solemos usar algo llamado "carruajes". Tienen cojines. Y caballos. Es un concepto revolucionario, ángel, deberías probarlo.

Andrew ni siquiera se giró. Sus movimientos eran fluidos, casi felinos; esquivaba las ramas espinosas como si el bosque se apartara para él.

—Los carruajes son para la gente que quiere ser encontrada —respondió él con voz gélida—. Y tú eres un hombre muerto, ¿recuerdas? Los muertos no usan cojines.

—Qué optimista. Eres un rayito de sol, de verdad.

—Y tampoco hablan —añadió, acelerando el paso.

Diablos... como me pone. Digo, digo... pff, que idiota.

Me mordí la lengua antes de soltar otra tontería. Concéntrate, Dustin. Tu padre intentó matarte, estás en un bosque prohibido y hay minotauros con hambre. No es momento de admirar lo bien que le queda el cuero a tu salvador.

—¿Falta mucho para Evergarden? —pregunté, tratando de recuperar mi dignidad real mientras me sacudía una hoja seca del hombro—. Mi brillo se está empezando a apagar por la falta de azúcar.

Andrew se detuvo frente a un muro de enredaderas que parecían hechas de obsidiana. Se giró apenas lo suficiente para que pudiera ver el destello azul de su mirada bajo los mechones azabache.

—Estamos en el límite —susurró, y esta vez su voz no era gélida, sino tensa—. A partir de aquí, guarda tu escudo de Baskerville. En Evergarden, ser un rey no te da privilegios; te da una flecha sobre la cabeza.

—Entendido. Rey del incógnito —hice un gesto de cerrar una cremallera sobre mis labios, aunque sabía que no me duraría ni cinco minutos.

Andrew sacó una daga de mango de hueso y, con un movimiento fluido, cortó el aire frente a las enredaderas. No cortó las plantas, cortó el espacio. Una grieta de luz violeta se abrió paso, revelando un sendero que olía a incienso quemado y lluvia.

—Camina —ordenó Andrew, dándome un ligero empujón en el hombro—. Y pase lo que pase, no sueltes mi mano. No querrás perderte en el mercado de las almas perdidas.

¿Sujetar su mano? ¿Cómo en una cita?

—Si insistes... —murmuré, entrelazando mis dedos con los suyos antes de que pudiera arrepentirse.

Admito que lo estoy disfrutando más de lo que debería.

Su mano estaba fría, pero la firmeza con la que me apretó me hizo sentir más seguro que todas las murallas de Crystallum juntas.

—Oye, ángel... ¿Por qué le dicen el “mercado de las almas perdidas”?

Andrew volteó a verme con una sonrisa enigmática, no era la de alguien que va a contarte un chiste. Era una curva lenta y afilada que hacía que sus ojos azules brillaran con una luz peligrosa, casi divirtiéndose con mi ignorancia real.

—Se llama así porque aquí la moneda de cambio no es el oro, Dustin —respondió, su voz bajando a un susurro que me hizo cosquillas en la nuca—. Aquí, la gente paga con lo que le sobra del espíritu. Un recuerdo de infancia por un trozo de pan; el nombre de tu primer amor por un amuleto de protección. La mayoría olvida quién es antes de lograr salir.

Me estremecí, apretando su mano con un poco más de fuerza. Él no se quejó.

—Entonces, técnicamente, si me quedo mucho tiempo terminaré siendo un cascarón vacío con ropa muy cara —concluí, intentando mantener mi tono ligero para no dejar que el miedo me ganara.

—Técnicamente, ya eres un alma perdida desde que caíste al río —sentenció él, tirando de mí hacia el interior de la grieta.

Auch.

Sentí una punzada de indignación mezclada con ese extraño magnetismo que Andrew ejercía sobre mí. Me llamó "alma perdida" con la misma naturalidad con la que alguien comenta el clima, y aunque sus palabras fueron crueles, la forma en que su mano seguía anclada a la mía contaba una historia diferente.

—Qué cruel —mascullé, aunque no hice el menor esfuerzo por soltarme—. Para ser un ángel, tienes una lengua bastante afilada.

Al cruzar la grieta, el mundo se expandió en una caverna imposible. El techo estaba tan alto que no se veía, cubierto por una neblina púrpura de la que colgaban jaulas de hierro con fuegos fatuos que servían de lámparas. El aire era denso, cargado con el olor a incienso, especias exóticas y algo metálico, como la magia cuando se quema.

—No mires a los mercaderes —me advirtió Andrew sin soltarme, su voz ahora apenas un susurro—. Si te ofrecen algo, no respondas. Si escuchas que alguien susurra tu nombre, no voltees. Aquí, todo puede llevarte a una posible muerte. Elisa nos esperará afuera.

Había olvidado por completo que Elisa nos acompañaba. Ella sobrevoló las copas de los árboles durante todo el camino.

Que envidia.




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