El silencio en la tienda se volvió tan denso que me costaba tragar. La petición de Lyra no era una simple transacción comercial; en un lugar donde se comercia con el alma, entregar tu sangre es entregar el mapa de tu existencia.
—Ni hablar —la voz de Andy salió como un latigazo. No era solo autoridad lo que vibraba en él, era un instinto de protección casi feroz—. Sabes perfectamente lo que alguien de tu clase puede hacer con la esencia de un Baskerville. No va a ser el ingrediente de tus experimentos.
Lyra soltó una carcajada que sonó a cristales rotos.
—No la quiero para mis pociones, pequeño cuervo. La necesito para el Velo. Una gota de su sangre mezclada con la tinta de este pergamino y su rastro desaparecerá de este mundo. Ni su padre, ni sus sabuesos, ni la magia más oscura podrá encontrarlo. —Se inclinó hacia mí, ignorando el brazo de Andy—. ¿Qué prefieres, Dustin? ¿Conservar esa gota y ser cazado antes del amanecer, o entregarla y ser, por fin, un hombre libre para rescatar lo que dejaste atrás?
Mencionó a Lance. No dijo su nombre, pero la alusión a "lo que dejé atrás" golpeó el centro de mi pecho. Miré a Andy. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía a punto de estallar. Sus ojos azules me suplicaban que no cediera, que buscáramos otra salida.
Pero yo ya no tenía el lujo de elegir el camino largo.
—Solo una gota —dije, mi voz apenas un hilo, pero firme.
—¡Dustin, no! —Andy se giró hacia mí, soltando mi hombro para sujetarme por los brazos—. No tienes idea de lo que estás haciendo. Si ella vincula tu sangre a un contrato, tendrá poder sobre ti.
—Ya tienen poder sobre mí, Andy —le respondí, mirándolo fijamente por primera vez con la determinación de un rey que ya no tiene reino—. Mi padre tiene poder sobre mí. El miedo tiene poder sobre mí. Si esto me da una oportunidad de volver por mi hermano, que se lleve cada maldita gota.
Lyra extendió la daga de cristal. El filo no era de acero, sino de un material transparente que parecía sediento de luz.
Andy me soltó lentamente, dando un paso atrás. Su expresión era una mezcla de derrota y una decepción que me dolió más que cualquier herida. Se quedó apoyado contra la pared, cruzando los brazos y ocultando sus manos en las sombras de su capa, negándose a mirar mientras yo me acercaba a la anciana.
Extendí mi mano derecha. El calor de las velas hacía que el brillo azul de mis venas palpitara con una urgencia aterradora.
—Hazlo —susurré.
—¡Espera! —Andy se interpuso.
¿Por qué...?
— Hay otra opción, ¿no es así, Lyra?
El aire en la habitación se volvió tan frío que pude ver mi propio aliento. Lyra detuvo el movimiento de la daga a escasos milímetros de mi piel, y sus ojos violetas se entrecerraron, brillando con una chispa de diversión cruel.
—Siempre hay otra opción, pequeño cuervo —siseó ella, bajando el arma de cristal—. Pero me sorprende que seas tú quien la ponga sobre la mesa. Sabes que el precio es... mucho más personal.
Miré a Andy. Ya no parecía el chico arrogante y seguro que me había arrastrado por el bosque. Su postura era rígida, casi de mártir, y evitaba encontrar mi mirada, manteniendo sus ojos fijos en la anciana.
—¿De qué está hablando? —pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad en el estómago—. Andy, si hay otra forma que no sea mi sangre, dímelo.
—Tu jarrón, Dustin.
¿Eh? ¿Jarrón?
Mi corazón se detuvo por un segundo.
—¿El jarrón? —repetí, soltando una risita nerviosa. Empecé a palpar mis bolsillos con una desesperación creciente, ignorando por completo la mirada expectante de la Alquimista—. El jarrón... No está.
Andy soltó mi hombro y me miró con una mezcla de confusión y una alarma creciente.
—Dustin, ¿de qué estás hablando? Dijiste que era lo único que habías logrado rescatar.
—Lo sé, lo sé, pero... —Cerré los ojos con fuerza, tratando de invocar el recuerdo del desastre.
Solo venían a mí flashes inconexos: el empujón de mi padre, el frío punzante del agua, el peso de la corona resbalando de mi sien... y luego la caída. Seguramente el jarrón se me escapó de entre los dedos al mismo tiempo que la corona, perdiéndose en las profundidades del río o siendo arrastrado por la corriente, hacia algún lugar del bosque que no logro identificar.
—Se fue —susurré, abriendo los ojos hacia Andy—. La corriente se lo llevó junto con la corona cuando caí por la cascada. No recuerdo... no recuerdo haberlo tenido después del impacto.
Lyra soltó un siseo de decepción que sonó como una serpiente enfurecida. Se echó hacia atrás en su silla y la luz violeta de sus ojos se tornó de un tono púrpura oscuro, casi negro.
—¿Perdido en el Afluente? —preguntó, y su voz destilaba un veneno que me hizo retroceder—. ¿Me traes a un Rey sin corona, sin sangre dispuesta y ahora sin el único artefacto que contenía la esencia de magia antigua? Muy mal, Andrew. Sigues siendo el mismo incompetente de siempre. Recuerda el papel que juegas en lo que fue pactado... No puedes cambiar tu destino.
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Editado: 11.02.2026