Todo comenzó en el año 2011, durante las vacaciones de mitad de año. Yo estaba en casa jugando con mi prima Clara cuando, de repente, mi madre, Elena, se detuvo. Había sentido unos bultos en sus senos y una ola de nerviosismo la invadió de inmediato. Sin perder tiempo, pidió una cita con un médico general para que la revisara y la remitiera a un especialista.
Pero la consulta no fue como esperábamos. El médico, al que llamaremos Andrés Bautista, la miró y le dijo con indiferencia:
-Eso no es nada. Usted está gorda, obesa, y lo que siente en los senos son solo grasas.
Elena salió del consultorio con el corazón roto. Apenas llegó a casa, empezó a llorar. Mi padre, Diego, se puso furioso y quiso ir a enfrentarlo, pero ella no se lo permitió.
Pasaron varios meses y los bultos parecían haber crecido. Elena decidió volver a buscar ayuda, pero con una condición: no volvería a consultar con el mismo médico. Le asignaron una nueva cita, está vez con el doctor Fernando.
-Señora Elena, pase por el consultorio 202 – la llamarán de ahí.
Dentro, ella explicó su situación y los síntomas que seguía sintiendo. El doctor la revisó con detenimiento y le dijo con seriedad:
-Claramente, lo que usted tiene es cáncer de mama. La voy a remitir a un especialista para que le realicen una biopsia y así podamos determinar si es benigno o maligno.
Elena llegó a casa destrozada. Se encerró en su cuarto, lloró y no quiso hablar con nadie. Solo hasta la noche, cuando todos estábamos reunidos en la sala, nos contó lo que el médico le había dicho. Además, explicó que debía asistir a los exámenes acompañada por un adulto. Yo apenas tenía 15 años, así que no podía ir con ella.
La cita con el especialista llegó pronto, y mi padre la acompañó. Allí le realizaron un estudio completo y les dijeron que los resultados tardarían entre dos y tres semanas. Sin embargo, al cuarto día recibieron una llamada urgente:
—Señora Elena, por favor preséntese lo más pronto posible y acompañada.
Al escuchar esas palabras, sintió que el mundo se le venía abajo. Al día siguiente fueron al centro médico. El especialista confirmó:
—Usted tiene cáncer, pero es tratable. Ahora debemos iniciar un proceso que incluye cirugía.
Mi madre respondió sin dudar:
—Haga lo que tenga que hacer, doctora.
Fue en la Clínica Valle de Laureles donde la mastoncóloga le explicó las opciones: extirpar los senos o realizar un raspado. Durante la cirugía, los médicos descubrieron que la enfermedad había avanzado más de lo esperado, por lo que tuvieron que extraer cuatro ganglios del brazo derecho. Desde entonces, ella no puede hacer fuerza con ese brazo.
Al terminar la operación, nos informaron el plan completo de tratamiento: 28 sesiones de quimioterapia, 6 de radioterapia y luego tamoxifeno oral durante cinco años. También recibimos una lista de cuidados y protocolos: baño personal y exclusivo, utensilios separados, dieta especial y jugos para fortalecer sus defensas, todos preparados con estrictas medidas de higiene.
Llegó el primer día de quimioterapia. Mi madre iba con tapabocas, ropa cómoda y guantes. La canalizaron en el brazo izquierdo para administrarle el medicamento. La sesión transcurrió sin complicaciones, pero al día siguiente comenzaron los malestares: vómitos, dolor de estómago y debilidad. Mi abuelo Cristian le preparaba sopa líquida con amor, y mi padre hacía jugos de frutos rojos y de guayaba para ayudarla a recuperarse.
En la siguiente sesión, los síntomas fueron más fuertes. Tenía náuseas constantes, dolor y casi no podía comer. Solo toleraba la sopa que le hacía mi abuelo con tanto cariño.
Después de varias quimioterapias, su cabello empezó a caer. Cuando se miró al espejo y vio los espacios sin cabello, lloró desconsoladamente. No sabía qué hacer al verla así. Cabe resaltar que Elena tenía una cabellera muy larga y hermosa, que le llegaba hasta la cintura.
Decidimos pedirle el favor a una vecina que sabía cortar cabello para que la ayudara a raparse. Cuando la máquina pasó por su cabeza, mi madre no pudo contener las lágrimas. Yo quería hacer lo mismo para acompañarla, pero mi padre se adelantó. Se sentó junto a ella y también se rapó.
—Mi amor, usted no está sola en este proceso. Está conmigo y la voy a acompañar en todo lo que necesite.
Yo quería llorar, pero sentía que debía ser fuerte por toda la familia. Los médicos nos habían dicho que Elena debía evitar afectaciones emocionales, porque el estrés y la tristeza podían afectar su salud.
Ese día entendí que nuestra vida había cambiado para siempre.