Después de la cirugía comenzó una etapa aún más difícil: la quimioterapia se convirtió en parte de nuestra rutina. Ya no contábamos los días por semanas o meses, sino por sesiones.
Cada cita era una mezcla de esperanza y miedo. Esperanza porque sabíamos que el tratamiento estaba salvando su vida; miedo porque no sabíamos cómo reaccionaría su cuerpo esta vez.
Los efectos secundarios se hicieron más fuertes con el paso del tiempo. Había días en los que mi madre no podía levantarse de la cama. El cansancio era extremo. Su piel cambió, su energía disminuyó y su sonrisa, aunque seguía ahí, ya no era la misma. Aun así, nunca dejó de luchar.
En casa organizamos todo alrededor de su proceso. La limpieza era estricta. Cuidábamos cada detalle: los alimentos, el agua hervida, los utensilios separados. Todo era por protegerla.
Yo, con apenas 16 años, comencé a entender lo que significaba madurar de golpe. Dejé de pensar como una niña y empecé a preocuparme como un adulto. Observaba cada gesto de mi madre, cada expresión de dolor, cada silencio.
Había noches en las que la escuchaba llorar en su habitación. Y aunque quería correr a abrazarla, muchas veces me quedaba quieta, sin saber qué decir. Me sentía pequeña frente a algo tan grande.
Pero también hubo momentos de luz. Momentos en los que nos reuníamos en la sala y tratábamos de reír. Mi padre hacía bromas, mi abuelo contaba historias, y por un instante el cáncer parecía quedarse en silencio.
Entendí que la enfermedad no solo afecta al cuerpo; también pone a prueba el alma y la unión de una familia. Y aunque el miedo nunca se fue del todo, aprendimos a caminar con él.
Cada sesión de quimioterapia era una batalla ganada. Cada día que mi madre se levantaba era un milagro más. Sin darnos cuenta, nos estábamos convirtiendo en una familia más fuerte.