Cuando cumplí 16 años, me tocó acompañar a mi madre a una sesión de quimioterapia. Hasta ese momento yo había visto el proceso desde afuera, pero ese día lo viví de cerca. Verla conectada, tan frágil y al mismo tiempo tan valiente, me golpeó profundamente. Entendí que la realidad era mucho más dura de lo que había imaginado.
Ese año, en diciembre, decidí empezar a trabajar junto con mi padre en un supermercado. No quería seguir pidiendo dinero para mis gastos personales ni para mis cuadernos del colegio. Quería sentir que podía ayudar, que podía darme algunos gustos sin molestar. También quería consentir a mi hermano: llevarlo a pasear, al cine o a los juegos electrónicos. Sentía que él también necesitaba momentos de alegría en medio de todo lo que estábamos viviendo.
En medio de esa nueva etapa, ocurrió algo importante. Mi madre decidió viajar fuera del país para visitar a mi abuela, ya que llevaban mucho tiempo sin verse. Fue un momento difícil para mí, porque aunque entendía que lo necesitaba, sentí miedo de estar lejos de ella después de todo lo que habíamos pasado.
Durante ese tiempo, intenté distraerme y hacer cambios en mi vida. Me hice iluminaciones en el cabello y, cuando mi mamá regresó, decidí pintármelo de negro oscuro. Era como una forma de cerrar etapas, de sentir que algo en mí también estaba cambiando.
Cuando ella volvió a Colombia, los médicos tomaron una decisión: suspender las quimioterapias porque su corazón estaba funcionando solo al cincuenta por ciento. Le indicaron continuar con el tratamiento oral de tamoxifeno. Aunque era una buena noticia en cierto sentido, también fue un recordatorio de todo lo que su cuerpo había tenido que soportar.
En el año 2013, mi madre se sometió a otra cirugía por recomendación médica. Debido a su condición, era propensa a que la enfermedad regresara, por lo que le realizaron un bypass gástrico. Yo la acompañaba al gimnasio durante su recuperación y trataba de apoyarla en todo.
Pero en medio de ese proceso, algo cambió en mí. Empecé a sentir un cansancio extremo. Tenía mucho sueño todo el tiempo. No entendía qué estaba pasando, hasta que descubrí que estaba embarazada a los 17 años.
Ese día marcó otro giro en mi vida.
Mis padres se enojaron mucho. Fue un momento de tensión y dolor. Sentí que el mundo volvía a derrumbarse. Incluso pensé en interrumpir el embarazo porque sentía que mi vida se estaba deteniendo otra vez. Tenía sueños, como prestar servicio militar, aunque sabía que no era fácil por mi condición visual.
La situación en casa se volvió difícil. Mi abuelo se enfureció con mi padre y hubo una fuerte discusión familiar. Todo era caos, emociones intensas y miedo al futuro.
Se llamó al padre de mi hija para que respondiera, pero al principio no apareció. Mi padre tuvo que ir a buscarlo a su trabajo para hablar con él. Yo también lo llamé desde el colegio y le dije con firmeza que estaba embarazada y que debía asumir su responsabilidad si así lo decidía.
Aunque finalmente apareció, no estuvo muy pendiente durante el embarazo. Esa fue otra prueba que tuve que enfrentar.
En ese momento entendí que mi vida estaba cambiando de nuevo, y que debía prepararme para un rol que nunca imaginé asumir tan joven.
Pero también descubrí que, a pesar del miedo, dentro de mí había una fuerza que aún no conocía.