La sombra que casi se llevó mi luz

EL EMBARAZO QUE CAMBIO MI VIDA

Mi embarazo comenzó sin que yo me diera cuenta. Todo parecía normal. No sentía nada diferente, hasta que mi madre empezó a sospechar. Yo le decía que tenía mucho sueño y que quería comer pescado, algo que nunca me había gustado. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que estaba embarazada.

A partir de ese momento inicié todas las citas médicas necesarias. Aun así, durante el embarazo no logré crear un vínculo con el bebé que llevaba en mi vientre. Yo era consciente de que cualquier cosa podía pasar y tenía miedo de encariñarme. Pensaba que, si algo salía mal, el dolor sería demasiado grande. Por eso, decidí proteger mi corazón de esa manera.

En diciembre me realicé una ecografía particular y allí me dijeron el sexo del bebé. Cuando mi madre lo supo, empezó a llorar de felicidad. Fue a contarle a mi padre y los dos lloraron juntos de emoción. Yo, en cambio, no lloré. Me sentía en silencio, observando, sin saber todavía cómo expresar lo que estaba viviendo.

En el año 2014, mis padres me acompañaron al hospital cuando comenzaron las contracciones. Sin embargo, los médicos me decían que regresara a casa porque aún tenía poca dilatación. Caminaba, esperaba y regresaba, pero la bebé no nacía.

Un sábado fuimos nuevamente a la clínica donde iba a dar a luz. Nos dijeron otra vez que regresáramos a casa. Mi madre se molestó mucho. Exigió que me realizaran la última ecografía, porque sentía que algo no estaba bien. Cuando revisaron, descubrieron que la bebé estaba encajada en la pelvis.

Ese mismo día me programaron una cesárea. Cuando nació, tenía la frente morada porque se estaba quedando sin oxígeno. Fue un momento de miedo para todos. Pero cuando por fin la tuve en mis brazos, sentí algo que nunca había sentido: una felicidad profunda. No lloré, solo sonreí. Mis padres sí lloraron de alegría.

Ese mismo año se jugó el Mundial de Fútbol. En medio de esa época, mi hija presentó una infección gastrointestinal y tuve que llevarla al médico. La dejaron hospitalizada. Fue una experiencia muy dura, porque verla tan pequeña y enferma me llenó de miedo. Sin embargo, logró recuperarse.

Después de eso regresé al colegio para terminar grado once. No fue fácil. Una profesora me dijo que no iba a ayudarme y tuve que repetir el año. También viví momentos de humillación. En otra ocasión, cuando repetía décimo, una docente me hizo un comentario muy ofensivo frente a los demás. Fue un momento doloroso, pero una amiga me defendió.

A pesar de todo, no me rendí.

Repetí grado once y lo terminé con más orgullo que nunca. Me gradué demostrando que sí se puede, que nadie tiene derecho a pisotear los sueños de otro y que, aunque el camino sea difícil, siempre es posible levantarse.

Ese día entendí que cada caída me había hecho más fuerte. Y que todo lo que había vivido no era el final de mi historia, sino el comienzo de una nueva versión de mí.

Hubo momentos durante mi embarazo que hoy recuerdo con asombro, porque demuestran la fuerza que una mujer puede tener incluso cuando ni siquiera sabe todo lo que está viviendo.

Una noche, cuando apenas comenzaba el embarazo y yo aún no era completamente consciente de la responsabilidad que llevaba dentro, ocurrió un temblor muy fuerte. Estaba durmiendo en la cama de mis padres, profundamente dormida, mientras mi hermanito descansaba en el sofá cama. De repente, todo empezó a moverse. Sentí el susto recorrer mi cuerpo y lo primero que pensé fue en él.

Lo llamé varias veces, pero no reaccionaba. El miedo me invadió porque el temblor era cada vez más intenso y yo no sabía qué hacer. Sin pensarlo demasiado, corrí hacia donde estaba, lo cargué como pude y lo saqué al antejardín para protegerlo. En ese momento no pensé en mí, ni en el embarazo. Solo pensé en cuidar a mi hermano. Cuando el movimiento terminó, sentí que el corazón se me salía del pecho, pero también entendí que, a pesar del miedo, había actuado con amor.

Otro momento que marcó mi embarazo ocurrió cuando un muchacho, por pura maldad, le dio un golpe en el estómago a mi hermano. Yo iba saliendo de la casa cuando presencié la escena. Sentí una mezcla de rabia, impotencia y protección que me hizo reaccionar de inmediato. Sin pensarlo, fui hacia él y lo enfrenté.

El muchacho intentó detenerme diciendo: —Tranquila, usted está en embarazo.

Pero yo le respondí con firmeza: —Sí, estoy en embarazo, pero no estoy enferma.

La indignación era tan grande que seguí defendiendo a mi hermano hasta que él reaccionó, empezó a llorar y me dijo: —No más, hermana.

Me abrazó con fuerza, y en ese momento todo se detuvo. Mi rabia desapareció y solo sentí amor y protección.

Hoy, al recordar esas situaciones, comprendo que desde antes de nacer mi hija ya me estaba enseñando algo: la fuerza de una madre nace incluso antes de conocer a su hijo. El amor, la protección y el instinto aparecen cuando menos lo esperamos, y nos transforman para siempre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.