Recuerdo que todo comenzó en un parque, en pleno diciembre. Mi hija miró hacia la cancha y me preguntó:
—Mamá, ¿qué hacen ahí?
—Están patinando, ¿quieres ir a ver? —le respondí.
Ese día algo se encendió en su corazón. La profesora le permitió intentar algunos ejercicios y desde ese momento quedó enamorada del patinaje. Al llegar a casa dijo con emoción:
—Quiero que el Niño Dios me regale unos patines.
Su abuela, que vive fuera del país, le envió unos patines recreativos como regalo. Fue el inicio de una nueva etapa.
En enero de 2018 yo empecé a trabajar en un colegio, y a finales de ese mismo mes mi hija volvió a insistir en que quería practicar ese deporte de verdad. Averigüé requisitos, inscripciones, horarios, y en febrero comenzó oficialmente en una escuela de patinaje. Al principio avanzaba poco con sus patines recreativos, pero su disciplina y entusiasmo eran más grandes que cualquier dificultad.
Mientras ella comenzaba a crecer en el deporte, otra batalla empezaba para mí.
El papá de mi hija presentó una contrademanda porque quería llevársela en vacaciones compartidas. Yo manifesté ante el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar que él no la trataba bien. Había comentarios que no eran adecuados para una niña, palabras duras, exigencias innecesarias. Presenté evidencias, mensajes, situaciones documentadas.
La respuesta que recibí fue que él era el padre y tenía derecho a compartir con su hija. Yo solo dije:
—Si mi hija llega maltratada, será bajo su responsabilidad.
Comenzó entonces una travesía dolorosa. Él empezó a llevársela, y en varias ocasiones regresaba con golpes y moretones. Pero lo que más me partía el alma no eran las marcas físicas, sino el miedo. Cada vez que escuchaba una moto parecida a la de él, se ponía nerviosa y buscaba esconderse.
Antes de que fuera a visitarlo, yo intentaba prepararla emocionalmente. Mi madre le hacía su comida favorita, hablaba con ella, trataba de darle seguridad. Un día llegó a mi casa exigiendo llevársela sin previo aviso. Venía acompañado. Yo me mantuve firme y le recordé que debía avisar con tiempo, como estaba establecido. También dejé claro que las decisiones sobre mi hija las tomábamos él y yo, nadie más.
En el año 2020, en plena pandemia, ocurrió algo que marcó un límite definitivo. A finales de enero mi hija regresó con lesiones visibles. Tomé fotografías y documenté todo. Él respondió con palabras religiosas, diciendo que esperaba que Dios me perdonara por lo que yo estaba haciendo. Yo le contesté que como madre tenía el derecho y el deber de defenderla.
A mitad de ese año llamó a mi hija para amenazarla emocionalmente, diciéndole que si no quería hablar con él era porque yo le había llenado la cabeza de cosas en su contra. La niña lloraba, se ponía nerviosa, sentía angustia.
Ese fue el momento en que decidí denunciar ante la Fiscalía General de la Nación. Entregué todas las pruebas. Mi prioridad era protegerla.
Mi hija también expresó situaciones que me rompieron el corazón. Fue entonces cuando comprendí que el proceso debía continuar hasta el final, sin retroceder.
Gracias a Dios, las autoridades actuaron y se establecieron medidas de protección. Mi hija recibió acompañamiento psicológico hasta septiembre de 2023, cuando fue dada de alta. También hubo seguimiento de trabajo social.
Hubo un momento en terapia que me marcó: cuando le dijeron que debía perdonar y amar a su padre. Ella respondió con firmeza:
—Mamá, yo no quiero volver donde esa señora. No me pueden obligar a amar a alguien que me hizo daño.
Yo respeté su decisión. Siempre le hemos dicho que nadie puede obligarla a tener contacto si no se siente segura. Si algún día decide hacerlo, será porque ella lo quiere, no por presión.
Actualmente cuenta con medidas de protección y respaldo institucional. Y, aun así, él no pregunta por ella, no se interesa por sus competencias de patinaje ni por su bienestar.
A veces me pregunto por qué alguien que no ejerce su rol con amor insiste solo en sus derechos y no en sus deberes.
Pero he aprendido algo: no puedo cambiar el corazón de otra persona. Solo puedo proteger el de mi hija.
Esta travesía me enseñó que ser madre es muchas veces caminar por fuego sin quemarse, sostenerse firme cuando todo duele y no retroceder aunque el miedo esté presente.
Hoy mi hija sigue creciendo, fuerte, talentosa y valiente. Y yo sigo a su lado, recordándole que nunca estuvo sola, que siempre fue escuchada y que su voz vale.
Porque más allá de cualquier proceso legal, lo más importante era una cosa: su seguridad y su paz.