Hoy soy una mujer diferente. Soy más responsable, más consciente y más fuerte. La vida me regaló otra bendición: un hijo que ya casi cumple dos años. Con él entendí que el amor vuelve a nacer una y otra vez, incluso después de tantas tormentas.
Sin embargo, mi proceso con Dios y con la fe sigue siendo complicado.
Cuando nació mi hijo, a los ocho días vivimos otro momento difícil. Mi abuelo, en estado de embriaguez, subió al segundo piso de la casa y cayó por las escaleras. Se golpeó la cabeza fuertemente y tuvieron que llevarlo de urgencia al médico. Fue un momento de angustia para toda la familia. Los médicos actuaron rápidamente para atenderlo y evitar complicaciones mayores.
Sentí nuevamente ese miedo que tantas veces había tocado nuestra puerta.
Al mes de haber nacido mi hijo, ocurrió otro accidente. Mi mamá iba hacia la Fundación Valle de Laureles para realizar unos trámites relacionados con mi bebé, cuando un vehículo la atropelló. El impacto fue fuerte y la arrastró varios metros. En medio del caos y la imprudencia vial que muchas veces se vive en nuestro país, mi madre resultó afectada, especialmente en su visión.
Otra vez el miedo. Otra vez la pregunta. Otra vez el “¿por qué nosotros?”.
Han sido muchas situaciones difíciles para una sola familia. Por eso, mi relación con Dios no ha sido la misma. Me he alejado. A veces siento rabia, otras veces confusión. Me pregunto por qué siempre parece haber una nueva prueba, por qué cuando creemos que todo está en calma vuelve la tormenta.
No he logrado encontrar una armonía completa con mi fe. Y aunque muchas personas dicen que todo tiene un propósito, hay momentos en los que simplemente duele demasiado para entenderlo.
Pero si algo tengo claro es que sigo de pie.
He pasado por enfermedad, pérdidas emocionales, embarazo adolescente, críticas, repeticiones escolares, accidentes y miedo constante. Y aun así, aquí estoy. Criando a mis hijos. Amando a mi familia. Intentando cada día ser mejor.
Tal vez mi historia no es perfecta. Tal vez mi fe está en proceso. Pero mi fortaleza es real.
Y si algo he aprendido en todos estos años, es que incluso cuando la vida golpea una y otra vez, siempre existe la posibilidad de levantarse.
Esta no es una historia de tragedia. Es una historia de resistencia. Es mi historia.
A pesar de todas las tormentas que habíamos vivido, también hubo momentos sencillos que me recordaban que la vida seguía y que el amor de familia siempre estaba presente.
Recuerdo un día en particular, cuando mi hija tenía apenas dos años. Mi hermano estaba en quinto de primaria y había enfermado de dengue. Aun así, quiso acompañarnos a hacer mercado. Ese día salimos los tres: mi mamá, mi hermano, mi hija y yo. Mi hija iba en su coche, uno que tenía estilo de moto y que a ella le encantaba.
Mientras caminábamos por el supermercado, noté que mi hermano se veía cada vez más débil. De repente sentí que algo no estaba bien. Lo miré y vi que estaba a punto de desmayarse. Con el corazón acelerado, le grité a mi mamá:
—¡Mamá, mamá, coja a la niña que mi hermano se va a desmayar!
Mi mamá reaccionó de inmediato y tomó a mi hija en brazos. Yo, sin pensarlo, cargué otra vez a mi hermano y salí corriendo del supermercado. Lo llevé cargado hasta la casa, preocupada y con miedo, pero decidida a protegerlo.
Mi mamá venía detrás de nosotros, dejando todo tirado porque aún no habíamos terminado de hacer el mercado. Después, cuando todo pasó y mi hermano estaba mejor, ella regresó a pagar. Pero cuando llegó, se dio cuenta de que los empleados ya estaban devolviendo los productos a las estanterías.
Hoy recordamos ese momento entre risas. Aunque fue un susto grande, también fue una muestra de lo que somos como familia: unidos, protectores y dispuestos a cuidarnos siempre, incluso en medio del caos.
Esos pequeños recuerdos me enseñan que la vida no solo está hecha de pruebas difíciles. También está llena de momentos simples que, con el tiempo, se convierten en historias que nos hacen sonreír.