La sombra que casi se llevó mi luz

LA SONRISA QUE ESCONDE MI TORMENTA

Todo lo que he vivido me enseñó a caminar con calma, incluso cuando por dentro siento que todo se derrumba. Aprendí a respirar profundo, a seguir adelante y a no rendirme, aunque muchas veces el dolor siga presente.

Sin embargo, hay algo que aún no logro cambiar: no sé demostrar mis sentimientos.

Con el paso del tiempo me convertí en una persona fuerte, pero también reservada. Solo mis padres saben realmente lo que llevo en el corazón. Ellos conocen mis silencios, mis miradas, mis momentos de tristeza. Saben que detrás de mi sonrisa hay historias que todavía duelen.

Para el resto del mundo soy una mujer alegre, fuerte, optimista. Siempre tengo una broma, una palabra de ánimo o una sonrisa. Muchas personas creen que soy feliz todo el tiempo. Pero la verdad es que no siempre es así.

No siempre cuando me ven feliz, estoy bien.

Muchas veces estoy pasando por problemas, preocupaciones o batallas internas que nadie imagina. Pero no hablo. Me quedo callada. Guardo todo. Me acostumbré a cambiar el dolor por una personalidad alegre, como si fuera una armadura.

Tal vez lo hago porque desde joven sentí que debía ser fuerte para mi familia. Cuando mi madre enfermó, yo decidí no derrumbarme. Cuando tuve a mi hija, sentí que no tenía derecho a fallar. Cuando llegaron las dificultades, me repetía que debía seguir.

Y así, sin darme cuenta, aprendí a esconder lo que siento.

A veces me pregunto si eso es bueno o malo. Porque ser fuerte también cansa. Guardar todo también pesa. Sonreír cuando el alma llora es un esfuerzo silencioso que nadie ve.

Hay días en los que quisiera llorar sin explicaciones. Días en los que quisiera decir “no estoy bien” sin sentir que estoy fallando. Días en los que quisiera ser la niña que alguna vez fui, antes de aprender a resistirlo todo.

Pero también he entendido algo: no todo el mundo merece conocer nuestras heridas. No todos saben cuidar el dolor ajeno. Y proteger nuestra paz también es una forma de amor propio.

Hoy sigo en ese proceso. Aprendiendo a sentir sin miedo, a sanar poco a poco, a confiar en que no siempre debo ser la fuerte.

Estoy aprendiendo que mostrar vulnerabilidad no me hace débil. Me hace humana.

Tal vez no he encontrado todas las respuestas. Tal vez aún tengo preguntas con Dios, con la vida y conmigo misma. Pero sé que sigo caminando.

Y aunque a veces la tormenta siga dentro de mí, también sé que la luz nunca se apagó.

Porque incluso en mis momentos más oscuros, siempre hubo una chispa que me recordó que podía seguir.

Esa chispa son mis hijos, mi familia y la mujer en la que me he convertido.

Y hoy, por primera vez, me permito decirlo: No siempre estoy bien. Pero sigo luchando. Y eso también es valentía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.