Hubo un tiempo en el que mi relación con Dios era más sencilla. No perfecta, pero más cercana. Oraba, confiaba y sentía que, de alguna manera, todo tenía sentido. Sin embargo, con los años, y después de tantas pruebas, algo dentro de mí empezó a cambiar.
No fue de un día para otro. Fue un proceso lento, silencioso, casi invisible. Como si mi fe se hubiera ido desgastando con cada golpe de la vida.
Aún me sigo preguntando por qué a mí. Por qué a mi familia. Por qué tantas situaciones difíciles, una tras otra, como si no hubiera tiempo para sanar cuando ya llega una nueva tormenta.
Lo que sucedió en el 2024 terminó de remover muchas cosas dentro de mí. La caída de mi abuelo, el accidente de mi mamá… fueron momentos que despertaron miedos antiguos. Sentí que volvía a ese lugar de angustia, de incertidumbre, de preguntas sin respuesta. Otra vez el corazón acelerado, otra vez el miedo de perder a alguien, otra vez la sensación de que la tranquilidad es solo una pausa antes del siguiente golpe.
Desde entonces, algo en mí se ha alejado aún más de Dios.
No es que no crea. No es que haya dejado de reconocer su existencia. Es más bien una mezcla de dolor, enojo y confusión. A veces siento que estoy molesta con Él. Otras veces siento que estoy perdida, sin saber qué espera de mí o qué propósito tiene todo lo que he vivido.
Diciembre, que antes era una época de alegría, hoy se ha vuelto un tiempo de recuerdos. En mi familia seguimos reuniéndonos para hacer la novena navideña. Escucho los cantos, veo las velas encendidas, observo a mis hijos participar con entusiasmo, y aunque mi corazón se llena de amor al verlos, dentro de mí hay un silencio que no sé explicar.
Ya no me emociona como antes.
Porque cada diciembre me recuerda las luchas, los hospitales, el miedo, las lágrimas, las noches sin dormir. Me recuerda que la vida puede cambiar en un segundo. Me recuerda todo lo que aún no he logrado perdonar.
No he sabido perdonar a las personas que nos lastimaron, ni a quienes actuaron con indiferencia cuando más los necesitábamos. A veces siento que tampoco he logrado perdonarme a mí misma por mis errores, por mis decisiones, por las veces que sentí que fallé.
Mis padres les inculcan a mis hijos la fe. Les enseñan a orar, a confiar, a agradecer. Yo los escucho en silencio. No les digo que no, tampoco les digo que sí. Simplemente observo. En el fondo deseo que ellos nunca pierdan esa paz que yo he perdido.
Me pregunto si algún día volveré a sentir esa conexión. Me pregunto si este enojo también forma parte de un proceso. Si tal vez Dios no se ha alejado de mí, sino que me está permitiendo vivir este camino para descubrir algo más profundo.
Tal vez la fe no siempre es sentir. Tal vez también es cuestionar. Tal vez es atravesar la oscuridad sin entender, pero sin dejar de caminar.
Hoy no tengo respuestas.
Solo tengo preguntas.
Pero también tengo la esperanza de que, algún día, volveré a encontrar la paz que perdí.
Y mientras tanto, sigo adelante. Criando a mis hijos, amando a mi familia, intentando ser mejor cada día, incluso cuando mi corazón aún está en proceso.
Porque aunque mi fe esté en silencio, mi deseo de sanar sigue vivo. Y quizás, en medio de ese silencio, también está Dios.