El sonido metálico del timbre en la Preparatoria Katagiri no era simplemente el anuncio del fin de la jornada; para Kyouko Hori, era el disparo de salida en una carrera contra el reloj que libraba cada tarde. Mientras sus compañeras de clase se agrupaban en los pasillos para planear visitas a cafeterías temáticas en Shibuya o discutir sobre las últimas tendencias de maquillaje, Hori mantenía una postura impecable. Se aseguraba de que su falda no tuviera una sola arruga, que su cabello castaño cayera con una simetría envidiable sobre sus hombros y que su sonrisa —esa mezcla perfecta de amabilidad y autoridad natural— permaneciera intacta hasta cruzar el portón principal.
—¡Hori-san! ¿Vienes con nosotros al centro comercial? Dicen que abrieron una tienda de accesorios nueva —exclamó una de sus amigas, acercándose con entusiasmo. —Lo siento muchísimo, de verdad me encantaría acompañarlas —respondió Kyouko con un tono de voz que exhalaba una dulzura genuina, aunque por dentro sus pensamientos ya estaban en el pasillo de ofertas del supermercado cercano a su casa—. Tengo algunos asuntos familiares pendientes que no pueden esperar. ¡Prometo que la próxima vez iré!
Caminó con paso firme y elegante, saludando con la mano a varios conocidos mientras salía del recinto escolar. Era la "reina" de la escuela: inteligente, hermosa y socialmente infalible. Sin embargo, en cuanto dobló la esquina que la alejaba de la vista de cualquier estudiante de Katagiri, su lenguaje corporal sufrió una metamorfosis radical. Sus hombros, antes tensos por la etiqueta, se relajaron; su expresión de modelo se transformó en una de concentración pragmática y aceleró el paso casi hasta trotar.
Al llegar a su casa, el ritual de "desmantelamiento" comenzó apenas cerró la puerta con llave. El uniforme, ese símbolo de estatus escolar, fue colgado meticulosamente para evitar arrugas, reemplazado de inmediato por una sudadera vieja, holgada y desgastada que habría horrorizado a sus amigas. Se lavó la cara con vigor, eliminando cualquier rastro de cosméticos hasta que sus mejillas quedaron naturales y un poco pálidas. Finalmente, recogió su cabello en un moño alto y desprolijo, asegurado con una pinza de plástico barata.
Kyouko Hori, la estudiante modelo, había desaparecido. En su lugar estaba la "Hori ama de casa". Con sus padres trabajando jornadas extenuantes que los mantenían fuera de casa casi todo el mes, la responsabilidad del hogar recaía enteramente sobre ella. No había tiempo para romances de instituto ni para tardes de ocio. Había ropa que lavar, suelos que pulir y, lo más importante, un hermano pequeño que dependía de ella.
—¡Ya llegué, Souta! —anunció mientras se dirigía a la cocina. Esa tarde, mientras el sonido rítmico del cuchillo contra la tabla de cortar llenaba el silencio de la casa, Hori se perdió en sus pensamientos. Pelaba papas con una destreza que superaba con creces sus habilidades en el club de cocina de la escuela. Se preguntaba, a veces con un tinte de melancolía, qué pasaría si sus compañeros la vieran así: con las manos oliendo a cebolla y el rostro lavado, cargando bolsas de compras pesadas en lugar de bolsos de marca. Su mayor temor no era el fracaso académico, sino que alguien descubriera que su brillo social era, en realidad, un barniz cuidadosamente aplicado para ocultar a una joven que había tenido que crecer demasiado rápido. Para el mundo, ella era una joya; para sí misma, era simplemente el motor que mantenía su hogar en marcha.