La Sombra Que Compartimos

El Extraño de los Nueve Piercings

La burbuja de aislamiento que Hori había construido alrededor de su vida privada se reventó un jueves por la tarde de la manera más inesperada. Souta, que solía ser un niño tranquilo, regresó del parque antes de lo habitual. El sonido de su llanto precedió su entrada, y cuando Hori corrió a la puerta, se encontró con una escena que la dejó sin aliento. Su hermano venía de la mano de un desconocido.

El joven que lo acompañaba parecía sacado de una revista de moda alternativa o de un callejón peligroso. Era alto, vestía una chaqueta de cuero oscuro sobre una camiseta informal y su cabello negro, largo y rebelde, caía sobre sus ojos en mechones desordenados. Pero lo que más impactó a Hori fueron los detalles: contaba al menos nueve piercings distribuidos entre ambas orejas y uno pequeño en el labio que capturaba los últimos rayos del sol.

—Se cayó mientras corría tras un balón —explicó el extraño. Su voz era sorprendentemente suave, desprovista de cualquier rastro de la agresividad que sugería su apariencia—. Se asustó un poco y sangraba de la rodilla, así que pensé que lo mejor era traerlo directamente a casa. Hori, en su versión más doméstica —delantal con manchas de agua, mangas subidas hasta los codos y el moño deshecho—, se quedó paralizada por un segundo. Su instinto de protección hacia Souta se mezcló con una punzada de pánico al verse así ante un extraño. Sin embargo, la amabilidad del chico parecía genuina.

—Muchas gracias por cuidarlo —dijo ella, recuperando la compostura y tomando a Souta en brazos—. Por favor, pasa un momento. Déjame al menos ofrecerte algo de beber como agradecimiento por traerlo a salvo.

El chico entró con una timidez que contrastaba violentamente con sus tatuajes, los cuales empezaron a asomar por debajo de sus mangas cuando se quitó la chaqueta de cuero. Se sentó en el borde del sofá, observando las fotografías familiares y la calidez del hogar con una mirada de curiosidad melancólica. Mientras Hori aplicaba desinfectante en la rodilla de Souta, el silencio en la sala se volvió denso. Ella no podía dejar de mirar al joven; algo en la estructura de su rostro, en la forma de sus ojos, le resultaba inquietantemente familiar.

—Hori-san... —murmuró el chico de repente, rompiendo el silencio.

Kyouko sintió un escalofrío. ¿Cómo conocía su apellido? Dejó el algodón a un lado y se puso de pie, acercándose un paso más. Lo observó con detenimiento, apartando mentalmente el cabello que ocultaba la frente del joven y visualizándolo con unas gafas que no llevaba puestas. La comprensión la golpeó con la fuerza de un impacto físico.

—¿Miyamura? —soltó ella, con la voz quebrada por la incredulidad. Era Izumi Miyamura. El chico sombrío que se sentaba al fondo de la clase, aquel que todos evitaban porque parecía un "otaku" extraño y antisocial que nunca hablaba con nadie. En la escuela, Miyamura vestía el uniforme de invierno incluso en verano para ocultar sus tatuajes, y dejaba que su cabello creciera para tapar sus orejas perforadas. Era el maestro del camuflaje por omisión, mientras que ella lo era por exceso.

Se miraron fijamente, dos compañeros de clase que se habían visto durante meses sin reconocerse realmente. En esa pequeña sala de estar, las máscaras de ambos habían caído al suelo. El "bad boy" de los piercings era el chico invisible de la escuela, y la "reina" de Katagiri era una ama de casa agotada. En ese instante, un pacto silencioso se selló entre ellos: el descubrimiento de que nadie es lo que aparenta ser bajo las luces de los pasillos escolares.



#332 en Fanfic
#5192 en Novela romántica
#1511 en Chick lit

En el texto hay: inseguridad, escolar amor, romantica romance

Editado: 24.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.