La Sombra Que Compartimos

Olor a Hogar y Huevos Fritos

El silencio que siguió a la revelación en la sala de los Hori no era incómodo, sino más bien pesado, como si el aire se hubiera saturado de secretos compartidos de golpe. Kyouko observaba a Miyamura, o al chico que decía serlo, tratando de reconciliar la imagen del estudiante lúgubre que se sentaba al fondo de la clase con este joven de mirada mansa y orejas metálicas que sostenía con cuidado una taza de té. Era como si hubiera estado mirando una fotografía desenfocada durante meses y, de repente, alguien hubiera ajustado el lente.

—¿Por qué... por qué te vistes así en la escuela? —preguntó Hori finalmente, rompiendo el hechizo mientras terminaba de vendar la rodilla de Souta.

Miyamura bajó la mirada, jugueteando con el borde de su taza. Sus dedos eran largos y finos, y en sus nudillos se alcanzaba a ver el rastro de algún pequeño tatuaje que desaparecía bajo la manga.

—No quiero llamar la atención —respondió con una honestidad que desarmó a Kyouko—. Si la gente en la escuela viera los piercings o los tatuajes, empezarían a hablar. Dirían que soy un delincuente o algo peor. Es más fácil dejar que piensen que soy un "otaku" raro. El silencio es un buen escudo, Hori-san.

Kyouko asintió lentamente. Ella entendía el valor de los escudos, aunque el suyo fuera de oro y el de él fuera de sombras. Se levantó para dirigirse a la cocina; el olor a cebolla y aceite caliente empezó a llenar el espacio. Souta, que ya se había olvidado de su dolor, tiraba de la camiseta de Miyamura, fascinado por los "pendientes brillantes" del invitado.

—¿Te quedarás a cenar? —soltó Hori antes de procesar la invitación. Era una pregunta impulsiva, nacida de una extraña hospitalidad que rara vez mostraba a sus compañeros de clase.

—Oh, no quiero ser una molestia... —empezó a decir él, pero Souta se colgó de su brazo con un entusiasmo genuino—. ¡Quédate, por favor! ¡Hori hace huevos fritos muy ricos!

Miyamura terminó aceptando con una sonrisa tímida, la primera que Kyouko le veía. Verlo sentado a su mesa, ayudando a Souta con los palillos mientras ella terminaba de servir la cena, creó una atmósfera de domesticidad que Hori no había experimentado con nadie fuera de su familia. No había pretensiones aquí. No tenía que ser la "Hori perfecta" que resolvía problemas de cálculo en la pizarra; podía ser simplemente la chica que se quejaba de que el precio del huevo había subido esa semana.

Cenaron entre anécdotas infantiles de Souta y comentarios triviales sobre el vecindario. Miyamura comía con una gratitud que rozaba la reverencia, como si no estuviera acostumbrado a una comida casera en compañía. Kyouko lo observaba de reojo, notando cómo su expresión se suavizaba. El chico que todos consideraban "oscuro" irradiaba una calidez tranquila, una especie de luz tenue de lámpara de noche que resultaba mucho más reconfortante que el brillo cegador de las luces del instituto.

Al terminar, Miyamura insistió en ayudar a recoger los platos. Sus manos se rozaron brevemente al pasar un vaso, y una chispa de electricidad, mezcla de sorpresa y reconocimiento, recorrió el brazo de Hori.

—Gracias por la comida, Hori-san. Hacía mucho tiempo que no... bueno, gracias —dijo él mientras se ponía su chaqueta de cuero, ocultando de nuevo su piel marcada.

Cuando cerró la puerta, Kyouko se quedó apoyada contra la madera, escuchando sus pasos alejarse. El olor a huevos fritos y hogar permanecía, pero ahora estaba mezclado con el descubrimiento de que no estaba sola en su dualidad. Miyamura se había llevado consigo un pedazo de su secreto, pero le había dejado, a cambio, la certeza de que el fondo de la clase no estaba tan lejos de su propia realidad como ella pensaba.



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Editado: 24.03.2026

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