La Sombra Que Me Sigue: Un Viaje Introspectivo

SAOS/AOS (síndrome de apnea obstructiva del sueño)

"Con el tiempo, mis síntomas
empeoraron. Me despierto en la madrugada con pesadillas y no puedo volver a
dormir.

“La noche es mi
enemiga. Me acuesto en la cama, cerrando los ojos, pero mi mente se niega a
descansar. Las pesadillas están allí, esperando, y puedo sentirlas acechando en
la oscuridad. Mi corazón late rápido, mi respiración se vuelve superficial y
mis músculos se tensan. Me digo a mí misma que todo está bien, que solo es un
sueño, pero mi mente no se calma. El miedo a dormir es como un peso que me
aplasta, y no puedo evitar preguntarme qué terrores me esperan en la oscuridad.

“Mis sueños están llenos de imágenes
terribles que me persiguen incluso cuando estoy despierto” y “Las pesadillas son como un río de fuego que
me arrastra hacia el fondo”.

“La oscuridad es total, solo se oye el
sonido de mi respiración y el latido de mi corazón” , “La cama está fría y
dura, y puedo sentir el peso de la noche sobre mí”.

Pesadilla

"Estaba en un espacio vasto y vacío,
donde la oscuridad era total. No había luces, no había sombras, solo un vacío
negro que parecía no tener fin."

"Dije 'hola' y mi voz se perdió en
el silencio, solo escuché mi eco respondiendo a lo lejos."

"Sentía miles de ojos sobre mí, como
si estuviera siendo estudiada, juzgada. No podía ver nada, pero sabía que no
estaba sola."

"Mi corazón se aceleró, mi
respiración se volvió agitada. Quería huir, pero no sabía hacia dónde

"Empecé a correr a ciegas,
tropezando con el vacío. Los gritos y lamentos se acercaban, como si estuvieran
persiguiéndome."

"Tenía miedo, un miedo que me
paralizaba. Quería gritar, pero mi voz se quedaba atrapada en mi garganta

"Un grito desgarrador me sacó de la
pesadilla. Estaba en mi cama, sudando y temblando. La oscuridad de la
habitación era casi tan aterradora como la del sueño."

: "La misma
pesadilla, todas las noches. ¿Por qué no podía escapar de ella? ¿Qué
significaba?"

un día, de pronto
sucedió de nuevo mientras jugaba en el jardín con mis hermanas, sentí como
perdí la fuerza en mis piernas y me deje caer de rodillas sobre el césped , no
podía respirar ,mis ojos se nublaban , mis manos frías, sudorosas y temblando,
acaso ¿estoy muriendo? eso pensaba en ese entonces .

Esta vez no pude decir ni una sola
palabra y mis hermanas asustadas corrieron a llamar a mis padres que estaban
dentro de la casa ; Mis padres llegaron corriendo preocupados, y me llevaron
con doctor. Me senté en la sala de espera, muda, con la mirada perdida. El
doctor me miró con desdén y les dijo a mis padres: ‘Es solo una fase, quiere
llamar la atención’. Me sentí como si no existiera, como si mi dolor no fuera
real…

…A partir de eso todo en mi vida empeoró.

Insomnio

En la prepa entraba a las 7 a.m. Mi madre
se levantaba a las 5 a.m. para hacerle el lonche a mi padre.

Muchas de esas
madrugadas abría la puerta de mi habitación y me encontraba ahí: ya bañada, con
el uniforme puesto, los libros abiertos en el escritorio como si estuviera
estudiando.

"¿Por qué te
despiertas tan temprano, hija?" preguntaba, con una sonrisa de orgullo.
"Qué dedicada."

Yo solo asentía y le
decía que quería repasar un poco antes de irme a la escuela.

La verdad era otra:
no me había despertado temprano. Nunca me había dormido.

Llevaba toda la noche
sentada en la cama o frente al escritorio, esperando que algo en mi cabeza
hiciera clic y se apagara. Pero mi mente no paraba. Era como tener una tele
prendida adentro, cambiando de canal sola: lo que dije mal hace tres días, el
examen de mañana, si me veía raro el uniforme, si alguien notaría las ojeras.

Las otras noches ni
siquiera fingía estudiar. Solo me quedaba acostada con la luz apagada, viendo
el techo. Lo conozco de memoria. Cada mancha, cada grieta. Escuchaba el
silencio de la casa y, por encima, el ruido de mi cabeza que no bajaba el
volumen.

Veía la hora cada 15
minutos. 1:07... 1:22... 1:36... 1:51... El tiempo se estiraba. Las 2 a.m. se
sentían tan lejos de las 3 a.m. como si fueran años. Cerraba los ojos fuerte,
los abría. Nada.

Al final entendí la
matemática de mi cuerpo: aguantaba tres días, cuatro, a veces cinco sin dormir.
Y entonces, sin avisar, me derrumbaba. No era sueño, era rendición. Caía
rendida una tarde cualquiera, con el uniforme puesto, encima de la cama, y
dormía 14, 16 horas seguidas. Despertaba sin saber qué día era, con la boca
seca y la culpa de haberme perdido un día entero de vida.

Mi madre seguía
creyendo que era la más aplicada. Yo solo estaba cansada de una forma que no
sabía explicar.

Todavía hoy, cuando
escucho a alguien en la cocina a las 5 a.m., mi cuerpo se pone alerta. Es la
hora en que aprendí que la noche podía durar más que el día.

A los quince entendí
que mi cabeza no tenía interruptor. La gente decía "solo relájate"
como si fuera un músculo que podía aflojar. Pero a las 3 a.m. mi cerebro
decidía repasar cada error desde primaria. Contaba respiraciones. Contaba
grietas en el techo. Contaba los minutos hasta que sonara la alarma y tuviera
que fingir que había dormido.

Las pastillas
llegaron con promesas. Y cumplían una parte: me tumbaban. Lo que no decían era
que también me secuestraban el día siguiente. Despertaba a mediodía con la boca
como lija y el cuerpo pesado, como si hubiera corrido un maratón mientras
dormía. Estaba sedada, no descansada. Hay una diferencia enorme entre las dos.
Una te devuelve. La otra solo te pausa.

Los antidepresivos
fueron lo mismo, pero a plazos. Me quitaron el filo de la tristeza, sí. A
cambio me dejaron una neblina permanente. Había tardes enteras que se me iban
en parpadeos largos. "Efecto secundario: somnolencia", decía el
papelito. Se quedaba corto. Era vivir con el 40% de batería todos los días.




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