La sombra sobre las flores

Capítulo 68

El día que me quitaron el yeso fue el primer día que Valentín sonrió de verdad. El mundo se volvió más brillante y la maldad desapareció por completo mientras lo observaba. Aunque la luz del hospital me molestaba, pude soportarlo por el bien de contemplar su sonrisa. Desde la renuncia al trabajo y el encuentro con Antonio, todo parecía incómodo, mecánico y silencioso. La tristeza y los nervios estaban presentes en todo momento haciendo difícil hablar de lo ocurrido y del futuro. Pero de golpe la esperanza aparecía. El yeso, que una enfermera tiró a la basura, se llevó consigo algo amargo que nos pesaba a ambos.

Valentín me miraba con una intensidad que casi podía palpar. Un deseo de acercarse más y tocarme. Pero no estábamos solos y la enfermera que limpiaba mi brazo con una gasa tampoco permitía que yo hiciera lo que él no se atrevía.

Aldo estaba con nosotros en la sala, también contento de ver desaparecer el yeso. Al terminar la enfermera su trabajo, pasó un brazo por mis hombros, en un breve medio abrazo, demostrando con timidez su afecto. Le devolví la sonrisa cuando se apartó y me volví hacia Valentín que seguía manteniendo la distancia.

El médico mencionó un par de recomendaciones pero estaba conforme con la recuperación y me dio una palmada en el hombro.

—No tiene que preocuparse por el brazo de su hijo —dijo dirigiéndose a Aldo.

Aunque se sorprendió con la confusión, no lo corrigió.

Mi ojo, el yeso y los golpes, deberían haber dejado un miedo más grande en mí, pensé con una extraña ironía, ya que en lugar de dudar y temer, como hice siempre, quería aferrarme a la mejor oportunidad que tuve en mi vida. Estiré mi mano recién liberada y tomé la de Valentín. Él tardó en reaccionar.

—Un problema menos —celebré con ánimo, actuando como si fuera normal tomar su mano frente a otras personas.

Mi corazón latió con fuerza ante mi propio atrevimiento.

***

Salimos del hospital y caminamos una manzana hasta un local de ópticas. No me agradaba del todo la idea pero no podía seguir posponiendo los lentes oscuros que necesitaba usar.

Detrás del mostrador, cubriendo casi la totalidad de la pared, un espejo nos devolvía nuestro reflejo. Inconscientemente, me concentré en mi ojo, buscando algo que se viera anormal. En mi mejilla izquierda había quedado una marca, una cicatriz, así que también observé que tanto se notaba a la distancia. Valentín tiró de mi ropa para que prestara atención a la empleada del local.

Sobre el mostrador colocó diferentes modelos de anteojos oscuros, uno más intimidante que el otro. Pocas personas usaban ese tipo de anteojos y, de esas pocas personas, casi nadie fuera de la temporada de verano. Quienes lo hacían, buscaban atención, presumir, resaltar. Ante mi falta de entusiasmo, la vendedora me ofreció uno.

Me los puse y lo primero que sentí fue el alivio. Como ese momento antes de oscurecer, cuando el sol no alumbra de forma directa pero la luz artificial todavía no es necesaria. Pero mi reflejo en el espejo me contrarió. En el fondo me parecían geniales pero me apenaban. A mi lado, Valentín y Aldo asentían en aprobación.

Valentín eligió por mí el siguiente par de anteojos.

—Te queda muy bien.

—Todos me van a mirar —me lamenté.

—Eso no importa —Aldo se apuró en responder—. Es por tu bienestar.

Valentín tomó otro par y se los puso. Al verlo no pude evitar sonreír.

—Como la gente de las revistas —opinó. Luego se dirigió a mí—. Yo puedo usarlos también para que no te sientas solo.

La empleada no dejaba de mirar a Valentín a pesar de intentar disimularlo.

—Me acostumbraré —afirmé resuelto— y el que quiera mirar, que mire.

La empleada bajó la vista y comenzó a acomodar otros lentes. Aldo y Valentín también notaron la reacción. Enseguida los lentes oscuros dejaron de parecerme mala idea, Valentín no sería el único en llamar la atención, seriamos los dos juntos.

—Voy a usar el que elijas para mí.

***

Aldo nos llevó a su casa donde celebraríamos la recuperación de mi brazo con pizza. Aunque celebrar era una palabra grande para un simple almuerzo. Pasamos por una pizzería y, mientras él fue a buscarlas, Valentín y yo quedamos solos en su camioneta. Me miré en el espejo retrovisor donde mi propia imagen con los anteojos no dejaba de parecerme extraña. Valentín tocó mi mano izquierda.

—¿De verdad no te duele?

Levanté mi brazo y lo moví como prueba.

—Está perfecto.

Estaba un poco rígido pero el médico dijo que la sensación pasaría.

—Ahora voy a poder prepararte el desayuno —agregué con cariño.

—Es increíble cómo recuperas el ánimo. —Recorrió mi brazo con su mano—. Me da envidia.

—Es porque estás a mi lado. Es por ti y para ti.

Una pequeña sonrisa se arrimó a su boca.

—Hoy estás muy inspirado… tomando mi mano frente a otros, molestando a la empleada, tus palabras… —Me dedicó una mirada intensa y significativa—. Has cambiado mucho.

No estaba seguro de cómo expresarlo. Al mirarme a mí mismo y compararme con la persona que era cuando lo conocí, sin duda había un cambio. Pero en realidad, más que cambiado, me sentía más real de lo que era antes. A su lado, mi existencia había cobrado un significado.

***

Dejamos las pizzas en la mesa del comedor para ocuparnos de los vasos, las servilletas y el jugo. Ni Aldo ni Valentín querían que hiciera algo y me mandaban a esperar sentado pero no quería más cuidados. En realidad, quería ser yo quien se ocupara de ellos para mostrarles mi gratitud y aprecio.

Cuando todo estuvo listo, la puerta sonó con un pequeño golpe. Me apuré en ir a abrir antes de que mi tío lo hiciera, y en la puerta encontré a Agustina. Llevaba su uniforme y su mochila, señal que llegaba directo del colegio. Se me arrojó encima al verme sin el yeso.

—¿Tu brazo está bien?



#5566 en Novela romántica

En el texto hay: drama, gay, boyslove

Editado: 11.01.2026

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