Mi hermana se fue temprano, obligada por mí, insistiendo en que no debía provocar a mamá llegando fuera de su horario permitido. Le costaba entender que el enfrentamiento no era necesario. Para calmarla, prometí que nos reuniríamos allí, en casa de Aldo, con frecuencia. Aunque no le agradó mi condición de revisar sus carpetas.
Valentín me acompañó a mi cuarto donde busqué algunas prendas que me sirvieran para los días cada vez más frescos, pero se quedó apoyado en el marco de la puerta, cruzado de brazos, mirándome. Revolví la poca ropa que había acumulado en los cajones, casi nada me servía para el frío, todo eso seguía en casa de mi mamá.
—¿No vas a quedarte con tu tío?
—No voy a dejarte solo —respondí con cariño. Luego dejé el único sweater que encontré y volteé hacia él preocupado—. ¿No quieres que me quede contigo? ¿Soy muy cargoso?
—Eres cargoso pero me parece bien que lo seas.
Me acerqué para abrazarlo. Era reconfortante volver a rodearlo con mis brazos y sostenerlo contra mí. El yeso no me había permitido darle un abrazo que se sintiera cálido, íntimo y real.
—Eres cargoso y demasiado amable —acusó en un susurro.
Lo sostuve con más fuerza y él descansó su cabeza en mi hombro.
—Que a ti te guste que sea así es lo único que importa.
Besé su cabello varias veces, aún podía percibir el aroma a hierbas del shampoo. Pero el momento no duró mucho, Valentín se apartó de mí con un apuro mal disimulado. El motivo de su reacción fue Aldo, que nos observaba desde un costado.
—Quería avisarles que tengo que ir a trabajar a la tienda.
Aldo, por su parte, trataba de disimular su propia incomodidad.
—Nosotros también nos vamos.
—Los llevo.
Tomé ropa casi al azar, Valentín me ayudó a doblarla y guardarla en un bolso.
—Deberíamos tener cuidado aquí —comentó en voz baja, sin dejar de acomodar las prendas.
No esperaba una respuesta porque sus palabras verbalizaban una obviedad. Una gran pena me invadió y no pude evitar recordar las incontables situaciones humillantes que Valentín tuvo que soportar en el videoclub o el desprecio que mi mamá le mostró. La vida para él se trataba de tener cuidado y resignarse ante lo peor.
Antes de salir del cuarto, lo detuve.
—Dame un momento —pedí—, solo un minuto.
Me miró con desconfianza.
—¿Qué vas a hacer?
—Solo un minuto.
Mi pedido no le gustó pero dio un paso atrás para dejarme ir.
Salí hasta la vereda donde mi tío nos esperaba junto a su camioneta. Cuando me vio solo, levantó la cabeza buscando a Valentín.
—Ya viene.
Asintió y abrió la puerta para subir. El sol me encandilaba pero me aguanté todo lo que pude para no bajar la vista al suelo. Un minuto era poco tiempo, así que me acerqué a él mientras se acomodaba en el asiento del conductor. Titubeé con un nervio repentino, no había pensado en cómo formular mi pregunta y mi actitud llamó su atención.
—¿Qué pasa?
—¿Te molestan los abrazos? —Me di cuenta que estaba mal planteado y sonaba horrible, como un reclamo—. Es decir… verme con Valentín… —Sentí que me ruborizaba por lo que quería decir y lo mal que me estaba saliendo—. Si lo abrazo, si lo beso, ¿te molestaría?
A diferencia de mí, Aldo pensó con cuidado antes de hablar.
—No es normal para mí ver esas cosas entre chicos, pero seguro voy a acostumbrarme. —Me miró apenado—. Perdón si te hice sentir mal. —Desvió sus ojos hacia la puerta—. ¿Hice que Valentín se sintiera mal?
—No, no es así. No hiciste nada mal. Todo lo contrario. Gracias por apoyarme.
Sonrió y mis palabras me parecieron pocas e insignificantes en comparación con el cariño que me daba. Un abrazo, lo más fácil, era imposible con él dentro de la camioneta.
—Tengo suerte de que ocupes el lugar de mi papá.
Aldo no pudo ocultar su emoción pero trató de medir su reacción y se limitó a darme un apretón en el brazo.
Volví a entrar a la casa y encontré a Valentín junto a la puerta, desde donde estuvo espiando mi conversación con Aldo. Me ofreció el estuche con los anteojos oscuros.
—No era necesario molestarlo con preguntas raras.
Tomé el estuche.
—Quería hacerlo por ti. Para que no te de miedo que nos vea. —Frunció el ceño disconforme con mi explicación—. Y también por mí.
No respondió. No podía discutir esa parte de mi motivación.
En la camioneta, tomé la mano de Valentín. Tal como lo había hecho en el hospital pero sin intenciones de soltarla. Ante mi expresión de satisfacción, me dedicó una única palabra:
—Cargoso.
***
Valentín no dejó que ayudara a preparar té o limpiar la cocina, como si mi brazo todavía no pudiera con esas cosas. Me senté en la banqueta a mirarlo mientras lavaba las tazas que quedaron del desayuno.
—Mañana voy a ponerme a buscar trabajo —anuncié impaciente por ser útil.
Suspiró. Creí que me regañaría por mi brazo recién liberado pero no lo hizo.
—Yo debería hacer lo mismo.
—No hace falta —me apuré en decir.
—No voy a vivir del aire.
—Puedes vivir de mí.
Mi intensidad no le gustó.
—Estás loco. Eso no va a pasar —afirmó con disgusto—. Tengo dignidad.
Su orgullo no me sorprendió pero, a diferencia de antes, no me intimidó ni me hizo dudar.
—Mereces descansar.
— No estoy cansado. No hago nada.
—Descansar de la gente, de estar siempre en guardia esperando que algo malo pase. Valen —hablé con cuidado y cariño— no seas orgulloso conmigo.
—No.
Más enfadado que antes, terminó de lavar y puso a calentar agua para el té.
—Además —continué con esperanzas—, me gustaría que te repongas de tu duelo sin apuro, con tranquilidad.
—Estoy tranquilo.
Me quedé observándolo. Su expresión era de amargura, estaba cansado, harto y angustiado, por mucho que quisiera negarlo. Solo había pasado una semana desde el funeral, una semana silenciosa y deprimente. Cada tanto, Valentín se perdía en pensamientos, como si no entendiera o creyera lo ocurrido. Nunca tenía ganas de hablar al respecto.