Mi entrevista con Octavio no se pareció en nada a mi entrevista con Walter. Octavio se veía nervioso y sin ganas de estar en esa pequeña oficina conmigo. Me hizo algunas preguntas de rigor con respecto a mi disponibilidad horaria y mi predisposición a trabajar los fines de semana. Asentía sin ponerme mucha atención y supuse que estaba cansado de entrevistar personas. Cuando llegué al cine, tres chicos esperaban su turno para tener esa charla con el encargado y, según escuché mencionar a uno, antes de ellos hubo más. El único momento en que Octavio se interesó en mí fue cuando mencioné mi paso por Blockbuster.
—Ya tienes experiencia en atención al cliente y con el manejo de caja —dedujo aliviado.
Después de eso me tocó mentir con el motivo por el cual dejé de trabajar en el videoclub. Valentín me previno con ese detalle lo que me permitió tener una historia preparada en la que culpaba a Walter por no pagar en tiempo y forma. Era injusto, porque pagar en tiempo y forma era lo único que no podía criticarse de él como encargado, pero no podía dar ningún motivo que depositara dudas sobre mí. Tampoco mencioné el asunto de mi ojo.
Octavio me propuso empezar a trabajar dos días después de la entrevista.
***
Regresé contento. Durante tres semanas salí todos los días a buscar trabajo y comenzaba a desesperarme. Solo encontraba lugares cargados de luces que me encandilaban, que me obligaban a dar un paso atrás y reconsiderar mis planes. Hasta que llegué al cine. El único lugar de todos los que recorrí donde mi ojo izquierdo no me molestó. Por eso no me importó mentir.
El cine estaba dentro de un centro comercial a cielo abierto pero dentro del complejo reinaban las sombras a causa de las luces bajas, la alfombra negra y las paredes azul marino. Tenía una distancia de cuarenta minutos en autobús, que al regreso debería hacer de noche, y eso tampoco me importó. No estaba en condiciones de elegir.
Cerca del centro comercial divisé un puesto que vendía flores y mi alegría fue suficiente razón para comprar un ramo. Aunque las rosas rojas fueron las que llamaron mi atención en la calle, elegí rosas blancas que parecían coincidir con lo que sentía y quería transmitir a Valentín.
Los anteojos oscuros y las rosas atrajeron varias miradas en el autobús que fingí no notar. De a poco me acostumbraba. Esas tres semanas yendo y viniendo, ayudaron a que le diera menos importancia a esa atención que siempre temí recibir. Por ese mismo motivo tomé aire resignado al llegar a la esquina de casa y ver la vecina barriendo hojas secas de la vereda. Cada tanto la cruzaba frente a su portón, uno bajito que no permitía pasar sin ser visto. Al principio me observaba en silencio, extrañada por mi presencia, confundida por mi idas y venidas, atenta cuando pasaba junto con Valentín. Luego comenzó a murmurar un buenos días si pasaba cerca de ella. Nuestra sospecha era que, como vecina chismosa, quería saber, o confirmar, el motivo de mi indudable convivencia con el chico de al lado.
No era la única, los vecinos que se encontraban cruzando la calle no perdían oportunidad para dedicarme miradas curiosas, aunque ellos no tenían tanto tiempo libre como la que barría la vereda.
Al pasar, se quedó sorprendida mirando las rosas y casi se le olvidó decir buenos días.
—Buenos días —respondí sin detenerme.
***
Entré en silencio. La radio sonaba con publicidades pero Valentín no estaba a la vista. Avancé unos pasos con intenciones de sorprenderlo hasta que noté la puerta del cuarto de su papá entreabierta. Dudé y dejé las rosas con mis anteojos en la mesa antes de acercarme.
Lo vi sentado en la cama de su papá, cabizbajo y pensativo. Estaba teniendo uno de esos momentos donde se entristecía y quedaba taciturno casi todo el día pero negaba rotundamente sentirse mal. La cama estaba desnuda, solo quedaba el colchón luego de que lavara toda las sábanas y cobertores para entregarlos en un refugio que nos recomendaron en el hospital. Allí también llevamos la ropa que quedaba en buen estado, así como su silla de ruedas e insumos sin abrir. Todo eso fue lo más fácil de decidir y hacer, lo complicado eran las pertenencias. Varios objetos personales estaban en cajas, otros seguían a la vista, pero ninguno tenía aún un destino. Golpeé suavemente la puerta pero eso no evitó que se sobresaltara al verme contemplándolo.
—No te escuché entrar.
Se apuró con mal disimulo para salir del cuarto y cerró la puerta tras de sí. No le había gustado que lo viera en ese estado. Tomé su rostro con cariño antes de que empezara con el acto de que todo estaba bien.
—Puedes estar triste si quieres.
—Solamente estaba pensando en las cajas —respondió frunciendo el ceño, alejándose de mí.
Fui a buscar las rosas y se las di sin adornar el momento con palabras. En el camino pensé en varias cosas románticas que podía decirle al entregarle el ramo pero me parecieron superficiales frente a su tristeza. Tampoco fue necesario, las recibió sorprendido y acunó el ramo como si fuera la primera vez que veía rosas tan de cerca.
—Jero —susurró conmovido con el detalle.
Besé su mejilla.
—Las vi y pensé en ti.
—Voy a ponerlas en agua.
Buscó algo que sirviera para ese fin porque no había floreros en la casa y terminó sacando una jarra del refrigerador. Allí las puso y se las quedó mirando. Me acerqué y lo abracé por la espalda con esperanzas de animarlo.
—¿Te gustan?
Asintió.
Apoyé mi mentón en su hombro y me sumé a la contemplación de las rosas. Valentín se acomodó en mi abrazo. Tenerlo a mi lado llenaba mis pulmones y daba fuerza a los latidos de mi corazón, calmaba cualquier agitación dándole claridad a mi camino, a mi lugar en el mundo.
—Quiero ir al cementerio —dijo en voz baja—. ¿Me acompañas?
Hasta ese momento, nunca había mencionado el cementerio y me alivió un poco que dejara atrás ese intento por mostrarse frío.