El trabajo en el cine fue desconcertante los primeros días. Todos hacíamos todo y las tareas rotaban cada día, incluso dentro del mismo turno. Me ponía nervioso pensando que alguien notaría el problema de mi ojo porque debía compensar la falta de visión de mi lado izquierdo volteando y girando hacia ese lado constantemente. Pero después de una semana me di cuenta que nadie me prestaba ese tipo de atención.
En esa semana aprendí lo necesario para cubrir todos los puestos. Limpiar, vender boletos, preparar palomitas, manejar la máquina de gaseosas y hacer stock. De las películas se encargaban otras personas y no nos permitían entrar donde ellas trabajaban. El encargado, por su parte, estaba presente pero no era una figura de autoridad, casi todo el tiempo corría de un lado al otro para corroborar que las tareas designadas estuvieran hechas y el resto del tiempo estaba sobre su escritorio agarrándose la cabeza mientras trataba de acomodar horarios. Siempre estaba preocupado y pedía todo diciendo por favor con tono de ruego. Mis compañeros, por su parte, trabajaban relajados, sin alterarse ante los errores, charlando entre ellos, riendo y lanzando carcajadas sin cuidarse de los clientes. Todo era muy diferente a lo que estaba acostumbrado y a lo que esperaba de un cine.
En esa semana también tuve que pasar por la etapa de ser el nuevo, donde cada compañero con quien me tocaba compartir una tarea me hacía todo tipo de preguntas. Fui tan reservado que enseguida me gané el título de tímido y varias chicas proclamaron que serían mis amigas porque mi actitud retraída me hacía ver desamparado. Mi silencio ante esto solo ayudó a reforzar la extraña idea que se creaban de mí. No sabía qué tanta información debía compartir, ni que tanta confianza debía permitir, por lo que me manejaba con muchos monosílabos en las conversaciones y, aunque escuchaba, no participaba cuando otros se reunían a charlar a mi alrededor. Lo bueno de trabajar con muchas personas era que esos momentos no requerían de mi participación.
La compañía de las chicas se sentía más relajante y entretenida que la compañía de los chicos. Las escuchaba hablar de novios, ropa, problemas familiares, novelas, música, amistades, actores, paseos y comida, con un encanto y un entusiasmo únicos en ellas. Aunque eran quienes más preguntas me hacían, no les importaba mi silencio y se divertían inventando las respuestas que no les daba. Reían y me hacían reír, y, cuando me veían reír, quedaban conformes.
También en una semana me compartieron el rumor sobre un empleado que parecía ser gay, para que esté atento y precavido. Un recordatorio de que la amabilidad que me rodeaba podría no ser real.
***
El cine contaba con cuatro salas y la última proyección podía terminar entre la una y las dos de la madrugada. En ese horario la empresa pagaba taxis que nos llevaban a casa pero si mi turno terminaba antes de las doce, debía regresar por mi cuenta. De noche, con el otoño cada vez más fresco y los cuarenta minutos que me tomaba volver con el transporte público, el abrigo no me alcanzaba. Mi ropa de invierno seguía en la casa de mi mamá y usar la ropa de Valentín se volvía incómodo, algunas prendas me quedaban bien pero otras se sentían ajustadas, así que tuve que tomar la decisión de ir a buscar lo que me faltaba.
Una parte de mí no quería ir a enfrentar a mi mamá por lo que consideraba la posibilidad de conseguir lo que necesitaba por medio de Agustina o Aldo, pero otra parte de mí quería verla y corroborar el estado de nuestra relación. Opté por la última opción.
Elegí mi único día de descanso para hacerlo, por si algo inesperado sucedía, y con la precaución de que fuera por la mañana, para evitar que mi hermana presenciara el encuentro. Aldo se ofreció a acompañarme y acepté cuando prometió que me esperaría afuera, sin intervenir.
Ese día no comí nada con en el desayuno a causa de los nervios y solo bebí café bajo la atenta mirada de Valentín.
—Si quieres, trae todas tus cosas.
Me puse tenso. Mi mayor miedo era encontrarme con que mis cosas ya no existían o que mi mamá tomara una actitud hostil y no me dejara entrar a la casa.
—¿Estás seguro que no quieres que te acompañe?
—No confío en cómo va a reaccionar cuando me vea.
Eso era mitad verdad, la otra mitad era el riesgo de que lo insultara y él no lo merecía.
Valentín se inclinó hacia delante para alcanzar una de mis manos.
—Trae todas tus cosas —indicó con firmeza—. Siempre hablamos de vivir juntos y ya estamos viviendo juntos. Solamente falta hacerlo oficial.
De repente me distraje del asunto de mi mamá, sorprendido por sus palabras. Era un tema que no me atreví a tocar para no parecer intenso y desconsiderado en una situación que seguía sintiéndose delicada. Mis ojos se humedecieron y a la vez quise reírme de su forma seria y desencantada de decirlo. El romance no era lo suyo.
Entrelazó sus dedos con los míos.
—En las buenas y en las malas, siempre. —Asentí con una pequeña sonrisa, adivinando su intención detrás del recordatorio—. Deja que te acompañe.
—Está bien.
***
Aldo fue a buscarme y se alegró al ver que Valentín iría con nosotros. Dentro de la camioneta, mi tío remarcó que él podía buscar mi ropa si yo no me sentía cómodo.
—Puedo entrar a buscar lo que necesites —repetía preocupado.
Su expresión me daba la sensación de que sabía que mi encuentro con mi mamá no sería agradable y mis falsas esperanzas fueron desapareciendo durante el trayecto.
Al llegar, miramos la casa. Aldo tocó mi hombro y decidí bajar antes de que volviera a ofrecerse para ir en mi lugar. Valentín me sostuvo la mirada en silencio.
—Espérenme aquí. Esto es algo que tengo que hacer solo.
Lo entendían pero no les gustaba la idea.
La tienda estaba abierta y me acerqué sin imaginarme cómo sería recibido. Pero lo que encontré fue un cliente saliendo. Una vecina.