LA LLUVIA QUE SEQUO LAS LÁGRIMAS
El sábado de la boda llegaba con un cielo nublado y un viento que anunciaba lluvia. Maria se levantó temprano, se vistió con el único vestido decente que le quedaba —un traje de algodón azul oscuro que le había comprado Julian años atrás— y se peinó con cuidado los cabellos grises. Se miró en el espejo pequeño del apartamento y sintió una punzada de tristeza: veía a una mujer vieja, cansada, con marcas de dolor en el rostro. Pero también veía a una madre que no se rendiría.
Tomó un autobús hasta el hotel de lujo donde se celebraría la boda. El lugar era imponente: puertas de cristal, jardines con flores exóticas y coches de marca aparcados en la entrada. Maria se paró en la puerta, con la respiración agitada, y miró hacia adentro. Vió a gente elegante, con trajes caros y joyas brillantes, riendo y conversando. Se sentía fuera de lugar, como una extraña en un mundo que no le pertenecía.
—Señora, ¿tiene invitación? —preguntó un portero de traje negro, con voz fría.
Maria se atragantó. —No... pero soy la madre de la novia. Carla Ramírez.
El portero la miró con desdén y negó con la cabeza. —Lo siento, señora. Sin invitación no puede pasar. La novia ya lo pidió especialmente.
Maria sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Carla le había dicho que no podía invitarla, pero no le había dicho que le hubiera prohibido entrar. Se quedó en silencio por un momento, luego dijo con firmeza:
—Yo voy a ver a mi hija. Aunque tenga que entrar por la puerta trasera.
El portero se acercó más, con una expresión amenazante. —Señora, si no se va, llamaré a la policía.
Justo en ese momento, salió Carla de dentro, vestida con un vestido de novia de encaje blanco que brillaba bajo las luces. Al ver a Maria, su rostro se puso rojo de vergüenza y rabia. Se acercó rápidamente y la tomó del brazo con fuerza.
—¿Qué haces aquí? —susurró, con voz cargada de odio. —Te dije que no vinieras.
—Quería verte, mi amor —respondió Maria, con lágrimas en los ojos. —Quería desearte suerte en tu día especial.
—No quiero verte aquí —dijo Carla, empujándola hacia atrás. —Tienes que irte. Rodrigo y su familia no pueden verte. Te van a despreciar a mí también.
Maria se tambaleó, pero no se fue. —Soy tu madre, Carla. Yo te crié, te di de comer, te vendí mi sangre para que estudiaras. ¿No me merezco al menos un abrazo?
En ese momento, llegó Rodrigo y su familia. El padre de Rodrigo, un hombre gordo y con rostro severo, miró a Maria y preguntó:
—¿Quién es esta mujer?
Carla se acercó a él y dijo con voz baja: —Nadie importante, papá. Solo una vecina de la infancia que vino a molestar.
Maria se sintió como si le hubieran clavado una espada en el corazón. —No soy ninguna vecina —gritó, con voz rota. —Soy su madre! Yo la crié con mis manos!
El padre de Rodrigo rió con desprecio. —Una madre? Con ese aspecto? No
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Editado: 11.12.2025