La Sombra Y La Luz

EL RETORNO DE LA LUZ OCULTA

CAPITULO 4

Los invitados se agolparon para mirar el escándalo, sus murmuraciones llenaron el aire como abejas agitadas. Carla se tapó la cara con las manos, avergonzada hasta el punto de querer desaparecer. Rodrigo se acercó a Maria y la empujó con más fuerza que antes.
—Vete de aquí, vieja —gritó. —No te queremos ni ver.
Maria se desplomó en el suelo de la entrada, con el vestido azul oscuro manchado de polvo. La lluvia que había anunciado el viento empezó a caer, fría y densa, mojándola hasta los huesos. Los coches pasaban rápidamente, salpicándola con agua sucia. Ninguno de los invitados se acercó a ayudarla. Ni Carla, ni Rodrigo, ni nadie.
—Mamá... —murmuró Carla, con la voz temblorosa, pero Rodrigo la agarró del brazo y la llevó adentro, cerrando las puertas de cristal a su espalda.
Maria se levantó con esfuerzo, con el cuerpo dolido y el corazón roto en mil pedazos. Caminó por las calles empapadas, sin saber adónde ir. El apartamento era pequeño y frío, pero era el único lugar que tenía. Pero cuando llegó, se dio cuenta de que no tenía las llaves: se las había olvidado en el bolsillo del vestido, y al caerse se le habían salido.
Se sentó en las escaleras del edificio, con la lluvia cayendo sobre ella. Lloró amargamente toda la noche, pensando en sus hijos, en el sacrificio que había hecho por ellos, en la humillación que le habían hecho. El dolor en el hígado era insoportable, pero era nada comparado con el dolor del alma.
Al amanecer, la lluvia había cesado, pero el frío seguía. Maria se levantó con dificultad, sus piernas estaban adormecidas y su cuerpo temblaba. Caminó por las calles hasta un parque cercano, donde se sentó en un banco húmedo. Pasó el día allí, sin comer ni beber.




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