La Sombra Y La Luz

LA TRISTEZA QUE EMPEORÓ LA SOMBRA

CAPÍTULO 7: LA TRISTEZA QUE EMPEORÓ LA SOMBRA
—Yo me quedaré hasta que él llegue —dijo Tomas, con firmeza, apoyándose en la puerta para impedir que Sofia la cerrara. —Tengo cosas importantes que decirle.
Sofia gruñó de frustración y llamó a Javier desde el interior. Poco después, apareció su hermano biológico: era más alto que antes, con traje caro y un rostro severo que no recordaba Tomas de la infancia.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Javier, con voz fría. —No te esperaba.
—Ven a hablar conmigo afuera —dijo Tomas. —En privado.
Javier suspiró y salió al jardín. Los dos se pararon lejos de la casa, y Tomas le miró a los ojos con rabia y tristeza.
—¿Sabes dónde está mamá? —preguntó.
Javier se encogió de hombros. —No. No la he visto en meses. Y no me importa.
—¿Cómo te atreves a decir eso? —gritó Tomas. —Ella te crió, te vendió su sangre y su casa para que estudiaras. Ahora está enferma de cáncer, y pasó dos días en la calle porque ustedes la botaron de la boda de Carla.
Javier se quedó inmóvil por un momento, luego rio con desprecio. —Esa es su culpa. Si hubiera tenido habilidades para ganar dinero, nunca nos hubiéramos visto en esa situación. No es mi problema si ahora está enferma.
Tomas se acercó a él y le dio un puñetazo en la cara. Javier se tambaleó, luego intentó devolverle el golpe, pero Tomas lo agarró por el brazo y lo sujetó con fuerza.
—Escúchame bien, hermano —dijo, con voz baja y amenazante. —Esa mujer es nuestra madre. Ella lo dio todo por nosotros. Si no la reconoces como tal, no eres mejor que un animal.
Sofia salió corriendo al jardín, gritando: —¡Alguien ayuda! Hay un loco aquí!
Los guardias de seguridad de la casa se acercaron y separaron a los dos hombres. Javier se levantó, se limpió la sangre de la nariz y dijo:
—Vete de aquí y no vuelvas. Si regresas, llamaré a la policía.
Tomas miró a Javier con tristeza y dijo: —Mamá se va a operar en unos días. Si quieres verla antes de que sea demasiado tarde, sabes dónde encontrarla.
Se volvió y se fue al coche. Mientras conducía de regreso al hospital, pensó en lo que había pasado. No podía creer que su hermano biológico hubiera llegado a ser tan ingrato, tan insensible al dolor de la mujer que lo había criado con amor.
Llegó al hospital y se dirigió a la habitación de Maria. Ella estaba acostada en la cama, con una expresión cansada pero tranquila. Elena estaba al lado de ella, leía un libro en voz baja.
—¿Cómo te va, mamá? —preguntó Tomas, acercándose a la cama.
—Me va bien, mi amor —respondió Maria. —Los médicos dicen que los especialistas llegarán mañana. Estoy con esperanza.




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