La Sombra Y La Luz

EL RENACIMIENTO DE LA FAMILIA

Capítulo 8

¿Y qué pasó, Tomi? —preguntó Maria, con voz temblorosa.
Tomas miró a Elena, que le dio un apretón de mano de apoyo, luego volvió a mirar a su madre. —No fue bien, mamá. No quiere reconocerte. Dijo que no te importa si estás enferma.
Maria cerró los ojos y sintió lágrimas rodar por sus mejillas. —Ya lo esperaba. Pero sigo amándolo. Siempre lo amaré.
—Yo sé, mamá —dijo Tomas, acariciando su mano. —Pero no te preocupes. Yo estoy aquí. Elena está aquí. Y eso es lo que importa.
Al día siguiente, los especialistas llegaron del extranjero. Se reunieron con el equipo médico local y hablaron con Tomas y Elena sobre el tratamiento. Decidieron que la operación sería en tres días: era el único camino para curar el cáncer al hígado de Maria.
Durante esos tres días, Tomas no se separó de su madre. Elena le traía comida casera, le leía libros y le hablaba de sus vidas en España. Maria se sentía amada, protegida, como nunca se había sentido desde que Julian murió. Pero aún así, pensaba en Carla y Javier. Quería verlos una vez más antes de la operación. Quería decirles lo mucho que los amaba, lo mucho que había sacrificado por ellos.
Un día antes de la operación, mientras Tomas estaba hablando con los médicos, Maria se levantó de la cama con esfuerzo y se dirigió a la ventana. Miró hacia afuera y vio a una mujer de traje negro acercándose al hospital. Reconoció el pelo negro trenzado: era Carla.
Maria se quedó sin aliento. —Carla... —murmuró.
Carla entró en la habitación, se detuvo en la puerta y miró a su madre con ojos llenos de culpa. Estaba sola: Rodrigo no estaba con ella.
—Mamá... —susurró Carla, con voz rota. —Lo siento. Lo siento mucho por todo.
Maria se sentó en la cama y extendió las manos. —Ven aquí, mi amor. Ven a abrazarme.
Carla corrió hasta ella y se abrazó a ella con fuerza, llorando amargamente. —No debí hacerte eso. No debí botarte de la boda. No debí decir que no eras mi madre. Lo hice por miedo. Miedo a que Rodrigo y su familia me despreciaran.
—Shhh... —dijo Maria, acariciando su pelo. —Ya está bien. Yo te perdono. Siempre te perdono.
—Rodrigo me dejó —continuó Carla, llorando. —Cuando se enteró de que fui a buscarte, dijo que no quería estar con una mujer que tenía una madre como tú. Pero ahora me doy cuenta de que él no me amaba. Solo amaba su dinero, su lujo. Tú eres la única que me ha amado de verdad.
—Yo siempre te he amado, Carla —dijo Maria. —Y siempre te amaré. Sin importar lo que pase.
En ese momento, Tomas entró en la habitación y se quedó sorprendido al ver a Carla. —Hermana... —susurró.
Carla se levantó y se abrazó a Tomas. —Lo siento, Tomi. Lo siento por cómo te tratamos a ti también. Eres nuestro hermano. Siempre lo has sido.
Mientras hablaban, alguien golpeó la puerta. Entró Javier, con la cara pálida y los ojos rojos por llorar. Sofia no estaba con él.
—Mamá... —susurró Javier, se arrodilló en el suelo y empezó a llorar. —Lo siento. Lo siento por todo. Tomi me dijo que te ibas a operar. Me di cuenta de lo estúpido que he sido. De lo ingrato que he sido. Tu me diste todo, y yo te di nada a cambio.
Maria se levantó de la cama y se agachó frente a él. —Levántate, mi amor —dijo, acariciando su cara. —Yo te perdono. Siempre te perdono.
Javier se levantó y se abrazó a ella, luego a Carla y a Tomas. Los cuatro se quedaron abrazados en la habitación, llorando de alegría y culpa, de amor y perdón. Elena entró en la habitación, se quedó en la puerta y sonrió: veía a una familia que se estaba reuniendo después de años de dolor y separación.
—Estoy contenta de verte, hermano —dijo Carla a Javier. —Lo hemos echado de menos.
—Yo también los he echado de menos —respondió Javier, con lágrimas en los ojos. —Pero ahora estoy aquí. Y nunca me iré más.
Al día siguiente, la operación comenzó a las nueve de la mañana. Maria fue llevada a la sala de operaciones, y sus tres hijos se quedaron en la sala de espera, abrazados. Elena se quedó con ellos, le dio café y les habló de su fe en que la operación saldría bien.
Las horas pasaron lentamente. Los tres hijos no hablaban mucho, pero se sentían cerca, unidos por el amor a su madre. Pensaban en sus infancias, en los días felices que habían pasado juntos en las tierras de Chaclacayo, en el esfuerzo que Maria había hecho para criarlos. Pensaban en Julian, que estaba mirándolos desde el cielo.
Después de dos horas, la puerta de la sala de operaciones se abrió. El médico jefe salió, se quitó el gorro y la mascarilla y sonrió.
—Señores Ramírez —dijo, con voz alegre. —La operación ha salido exitosa. Su madre está fuera de peligro.
Los tres hijos se levantaron y abrazaron al médico, llorando de alegría. —Gracias, doctor —gritó Tomas. —Muchísimas gracias.
—Su madre estará en la unidad de cuidados intensivos por unos días, luego podrá pasar a una habitación privada —explicó el médico. —Se recuperará completamente si cuida de sí misma.
Los hijos se dirigieron a la unidad de cuidados intensivos y miraron a Maria por la ventana. Estaba dormida, con tubos en el cuerpo, pero su rostro estaba tranquilo. Sabían que estaba bien. Sabían que iba a vivir.
Unos días después, Maria fue trasladada a una habitación privada. Sus tres hijos estaban con ella todo el tiempo. Carla le traía flores, Javier le hablaba de sus proyectos de ingeniería, Tomas le contaba sobre sus empresas y su vida en España. Elena le ayudaba a comer, le leía libros y le hablaba de sus planes de futuro: querían llevar a Maria a vivir con ellos en España, o construirle una casa en Lima, lo que ella prefiriera.
Un mes después, Maria se recuperó completamente. Los médicos le dijeron que el cáncer había desaparecido, que no volvería si cuidaba de sí misma. Tomas le compró una casa grande y lujosa en el distrito más bonito de Lima, con un jardín lleno de flores exóticas y un río que pasaba al lado, como en las tierras de Chaclacayo.
La familia se reunió en la nueva casa para celebrar la recuperación de Maria. Carla había encontrado un trabajo como abogada en una empresa de ayuda a los pobres, Javier estaba trabajando en un proyecto de construcción de viviendas económicas, Tomas y Elena estaban planeando expandir su empresa a Perú. Todos estaban felices, unidos, como nunca se habían sentido.
Maria se sentó en el porche, mirando a sus tres hijos riendo y conversando en el jardín. Pensó en Julian, en los días felices que habían pasado juntos, en el regalo que le había dado al traer a Tomas a su vida. Sabía que Julian estaba orgulloso de ella, de sus hijos. Sabía que su amor había vencido todo: el dolor, la pobreza, la ingratitud, la enfermedad.
Tomas se acercó a ella y se sentó al lado. —¿Estás bien, mamá? —preguntó.
Maria sonrió y le cogió la mano. —Sí, mi amor. Nunca me he sentido tan bien. Tengo a mis tres hijos conmigo. Tengo una casa bonita. Tengo un futuro. Todo lo que tengo, se lo debo a ti. A ti y a Julian.
—No, mamá —dijo Tomas, acariciando su mano. —Todo lo que tienes, se lo debes a ti mismo. A tu amor, tu esfuerzo, tu fortaleza. Tu eres la mejor madre del mundo.
Maria miró a sus tres hijos, a Elena, al jardín lleno de flores, y sintió que la vida le había dado una segunda oportunidad. Sabía que el camino había sido difícil, lleno de dolor y sacrificio, pero también sabía que había valido la pena. Porque el amor de una madre no tiene precio, y nunca se rinde. Ni siquiera en la oscuridad más profunda.
Y así, mientras el sol se ponía sobre la nueva casa, Maria se sintió feliz. Feliz de estar viva, feliz de tener a su familia con ella, feliz de haber encontrado la luz después de tantas sombras.
FIN DE LA NOVELA




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