Las luces del estadio nunca se apagaban del todo.
Mayra lo sabía desde la primera vez que pisó un escenario, a los dieciséis años, con las rodillas temblando dentro de las botas plateadas que le quedaban un número grande. Siempre quedaba algo: un reflejo en el piso, un haz perdido apuntando al techo vacío, el brillo residual de las pantallas LED enfriándose despacio. Como si el escenario no quisiera admitir que la noche he terminado.
Esta noche, sin embargo, las luces le pertenecían.
Veintidós mil personas coreaban su nombre con una sola voz, y Mayra Solís estaba en el centro de todo eso, exactamente donde había decidido estar desde los doce años, cuando le dijo a su madre que ella iba a ser famosa y su madre se rió sin crueldad, con esa risa cansada de quien ya no tiene energía para los sueños ajenos.
—¡Mayra! ¡Mayra! ¡Mayra!
Ella levantó los brazos. El estadio explotó.
No era vanidad, o no era solo vanidad. Era algo más parecido al alivio. Cada recital confirmaba que lo que había construido era real, que no se podía deshacer de un día para el otro, que los años de ensayos a las seis de la mañana y las dietas de mierda y los productores que le corregían hasta la forma de respirar habían servido para algo concreto y visible: veintidós mil personas gritando su nombre un miércoles a las once de la noche.
Terminó la última canción con una rodilla en el suelo y la cabeza inclinada, el micrófono apretado contra el pecho. El rugido del público le entró por los huesos.
Después bajó del escenario.
***
El auto la esperaba en el acceso trasero, como siempre. Un sedán negro, vidrios polarizados, el chofer parado junto a la puerta con la misma expresión de siempre: neutral, discreta, profesional. Mayra entró sin hablar. Estaba agotada de una manera que solo los recitales producen: no el cansancio del cuerpo sino el de después, cuando el cuerpo entiende que ya no tiene que sostener nada.
Apoyó la cabeza contra el vidrio frío.
La ciudad pasaba afuera como un telón de fondo que no había pedido. Letreros de neón, semáforos, personas caminando sin saber que a metros de ellas iba la Mayra Solís. Eso también le gustaba, aunque no lo admitiera en las entrevistas: el anonimato del auto, la ciudad que no la miraba, los cinco minutos entre ser Mayra-la-estrella y ser Mayra-a-secas.
Su teléfono vibró. Era Claudio.
Lo dejó sin responder. Claudio siempre decía “hablamos mañana” y siempre significaba lo mismo: hay algo que arreglar, hay algo que ajustar, hay algo que podrías hacer mejor. Seis años trabajando con él le habían enseñado a leer los mensajes cortos como telegramas: cada palabra era la mitad de lo que quería decir.
Cerró los ojos.
***
El impacto llegó sin aviso.
Primero fue el sonido: un golpe seco, metálico, demasiado cerca. Después el movimiento: el auto giró hacia la derecha con una violencia que no tenía lógica, como si algo enorme hubiera empujado desde afuera. Mayra no tuvo tiempo de gritar. El cinturón le cortó el pecho. La cabeza golpeó contra el vidrio lateral, que no cedió, sino que devolvió el golpe con la misma fuerza.
Y después… nada.
***
Lo primero que percibió fue el frío.
No el frío del vidrio ni el del aire acondicionado del auto sino otro frío, más profundo, que venía de adentro. Después los sonidos: voces apagadas, un pitido constante, pasos sobre un piso duro. Intentó abrir los ojos y no pudo, o los abrió y no vio nada útil: una luz blanca, demasiado blanca, sin bordes.
Alguien le apretó la mano.
—Está consciente —dijo una voz.
No era una voz que conociera.
Intentó hablar. Su boca se movió, pero el sonido que salió no era una palabra. Era solo aire con forma de querer decir algo.
—No se mueva —dijo la misma voz—. Está en el hospital. Tuvo un accidente. No se mueva.
Mayra no se movió.
No porque obedeciera sino porque su cuerpo ya había tomado esa decisión sin consultarle. Estaba quieta de una manera que no se parecía al descanso: era la quietud de algo que se rompió y todavía no sabe cuánto.
Lo último que pensó, antes de que la luz blanca se volviera negra otra vez, fue una cosa extraña, casi ridícula: que no había apagado el teléfono después del recital, y que Claudio iba a seguir enviando mensajes toda la noche sin recibir respuesta, y que mañana iba a estar furioso.
“Mañana.”
La palabra le pareció muy lejana.
La luz se apagó.