La Sustituta

CAPÍTULO 2 — EL NEGOCIO NO ESPERA

Claudio Reyes no era de los que entraban en pánico.

Lo había aprendido a los treinta años, cuando su primer artista —un chico con buena voz y mejores pómulos— lo estafó con el dinero de una gira entera y lo dejó con deudas que tardó cuatro años en pagar. Desde entonces había desarrollado lo que él llamaba "la temperatura correcta": la capacidad de mantener el cuerpo frío cuando todo alrededor se calentaba. No era insensibilidad. Era, según él, la única forma de sobrevivir en una industria que se alimentaba de la urgencia ajena.

Eran las dos y cuarto de la madrugada cuando recibió el llamado.

Estaba en su oficina —siempre trabajaba hasta tarde, era uno de sus pocos orgullos genuinos— revisando los números de la segunda fecha del tour cuando el teléfono vibró con un número que no reconoció. Lo atendió igual. Del otro lado había un hombre que se identificó como personal del Hospital Privado del Norte y que le preguntó, con una calma profesional que Claudio respetó de inmediato, si era representante de Mayra Solís.

—Soy su productor —dijo Claudio.

—Necesitamos que venga.

—¿Qué pasó?

—Tuvo un accidente de tránsito. Está siendo atendida. Le recomendamos que venga.

Claudio colgó. Marcó a Víctor.

***

Víctor Andrade llegó al hospital veinte minutos después que Claudio, con el saco mal abotonado y el pelo aplastado de un lado, señales inequívocas de que lo habían despertado. Era diez años más joven que Claudio, más impulsivo, más visible en las fotos de los eventos, el que sonreía para las cámaras mientras Claudio miraba los contratos. Se complementaban bien, o eso decían. La verdad era más simple: ninguno de los dos soportaba trabajar solo.

Se encontraron en la entrada de urgencias.

—¿Qué sabes? —preguntó Víctor.

—Nada todavía. Me dijeron que esperara al médico.

—¿Cómo de grave?

—No me dijeron.

Víctor se pasó la mano por el pelo. Miró el pasillo fluorescente, las sillas de plástico, una enfermera que caminaba rápido sin mirarlos.

—¿Ya hay algo en redes?

Claudio lo miró.

—Son las tres de la mañana, Víctor.

—Las redes no duermen.

—Todavía no hay nada. Revisé en el auto. Nadie filmó el accidente, o si lo filmaron no lo subieron aún.

—“Aún.”

—Sí. Aún.

Se sentaron. Ninguno de los dos era bueno esperando, pero ambos sabían hacerlo cuando no hay otra opción. Claudio revisó su teléfono. Víctor tamborileó los dedos sobre la rodilla durante aproximadamente cuarenta segundos y después paró, como si alguien le hubiera pedido que parara.

***

El médico llegó a las tres y diez. Se llamaba Suárez, era joven para la autoridad con la que caminaba, y tenía la expresión entrenada de quien da malas noticias con suficiente frecuencia como para haberle encontrado el ritmo.

Les explicó sin rodeos.

El auto había sido embestido por un camión en un cruce sin semáforo. El chofer estaba estable con fracturas en el brazo y las costillas. Mayra había sufrido traumatismo de cráneo, dos costillas fisuradas y múltiples laceraciones. Estaba inconsciente pero los signos vitales eran estables.

—Va a recuperarse —dijo el doctor Suárez—. Con tiempo y tratamiento adecuado, va a recuperarse bien.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Claudio.

—Semanas para la movilidad completa. Meses para el alta definitiva.

—¿Y la cara?

El doctor dudó. Solo un segundo, pero Claudio lo notó.

—Las laceraciones faciales son extensas. Hubo impacto directo contra la estructura lateral del vehículo. Vamos a necesitar cirugías reconstructivas. El proceso es largo y el resultado... —buscó la palabra correcta— ...incierto.

El silencio que siguió duró exactamente lo que tardó Víctor en entender lo que "incierto" significaba en la cara de una estrella de pop.

—¿Incierto cómo? —preguntó.

—Podemos reconstruir. Pero no podemos garantizar que quede igual a antes.

Claudio asintió despacio, como si el médico le hubiera confirmado algo que ya sabía.

—Necesitamos discreción total —dijo—. Nadie del personal habla de esto con nadie. Ni nombres, ni diagnósticos, ni que ella está aquí.

El doctor lo miró.

—Eso no es exactamente…

—Le voy a dejar el número de nuestra área legal. —Claudio ya estaba escribiendo en su teléfono—. Y vamos a hacer una contribución al departamento de equipamiento que ustedes necesitan hace tiempo. Vi la nota en el diario del mes pasado.

Otra pausa. Más corta esta vez.

—Voy a hablar con el director del área —dijo el doctor Suárez, y se fue por el pasillo con los mismos pasos rápidos y seguros de antes.

***

Claudio y Víctor quedaron solos en la salita de espera.

Durante un momento ninguno habló. Afuera, en algún lugar del hospital, Mayra Solís respiraba con la cara destruida sin saber nada de nada.

—El tour —dijo Víctor.

—Lo sé.

—Son ocho fechas. Tres países. Los contratos tienen cláusulas de…

—Lo sé, Víctor.

—¿Entonces qué hacemos?

Claudio guardó el teléfono en el bolsillo. Se recostó en la silla de plástico y miró el techo blanco durante unos segundos, con esa calma que no era indiferencia sino concentración pura.

—Todavía no sé qué hacemos —dijo—. Pero sé lo que no vamos a hacer.

—¿Qué?

—Perder todo lo que construimos en seis años por un accidente de tránsito.

Víctor lo miró.

Claudio no le devolvió la mirada. Seguía mirando el techo, como si la respuesta estuviera escrita ahí en letra pequeña y él estuviera aprendiendo a leerla.




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