Mayra se despertó con sed.
Era lo primero: una sequedad en la garganta que no tenía que ver con el canto ni con el aire acondicionado de los hoteles sino con algo más profundo, como si el cuerpo hubiera gastado toda su agua en otra cosa durante la noche. Intentó tragar y el movimiento le recordó que tenía cuello, y que el cuello dolía
Después vinieron los demás dolores, por orden de llegada.
El pecho: un peso sordo que se acentuaba al respirar. Las manos: hormigueo en los dedos de la derecha. La cabeza: no un dolor puntual sino una presión general, como si alguien hubiera envuelto su cráneo en algo demasiado apretado. Y la cara.
La cara era distinta.
No era dolor exactamente, o no solo dolor. Era ausencia de sensación en algunos lugares y demasiada en otros, una geografía nueva que no reconocía como propia. Levantó la mano derecha despacio y la acercó a su mejilla.
Vendas. Gasas. Algo rígido debajo.
Abrió los ojos.
***
El techo era blanco. La habitación era privada, amplia, con una ventana cubierta por una persiana cerrada que dejaba pasar una línea fina de luz gris. Mañana, o mediodía, o tarde: imposible saberlo. Había un monitor a su derecha con números verdes que subían y bajaban en silencio, una vía en el dorso de la mano izquierda, y una enfermera sentada en una silla junto a la puerta que levantó la vista en cuanto Mayra se movió.
—Está despierta —dijo la enfermera, y salió antes de que Mayra pudiera decir nada.
Mayra intentó incorporarse. Su cuerpo lo consideró y lo rechazó. Se quedó quieta, mirando el techo, tratando de ordenar lo último que recordaba: el auto, el vidrio frío contra la mejilla, la luz blanca, la voz que decía “no se mueva”. El resto era negro.
—Bien. Ya era hora.
La voz era de Claudio.
Entró con el mismo paso de siempre, seguro, sin apuro, como si los hospitales fueran una extensión natural de su oficina. Detrás de él venía Víctor, que intentó sonreír y no terminó de lograrlo.
—¿Cómo te sentís? —preguntó Claudio.
—Mal —dijo Mayra. Su propia voz le sonó rara, rasposa, como prestada—. ¿Qué pasó?
—Un accidente. Un camión en un cruce. El chofer está bien, vos estás bien.
—No estoy bien.
—Estás mejor de lo que podrías estar —dijo Claudio, y en su boca eso no sonaba a consuelo sino a dato objetivo—. El doctor dice que te vas a recuperar.
Mayra procesó eso.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Casi dos días.
—¿Dos días?
—Sí.
—¿Qué dijeron afuera? ¿Qué sabe la gente?
—Nada todavía. Anunciamos que el tour se retrasa por razones de agenda. Nada más.
Mayra cerró los ojos un segundo. Dos días. Dos días sin recitales, sin redes, sin nada, y el mundo seguía girando con un comunicado de tres líneas. En otro momento eso le habría molestado. Ahora tenía preguntas más urgentes.
—Quiero un espejo —dijo.
Silencio.
No fue un silencio largo. Fue exactamente del tamaño justo para que Mayra entendiera que la respuesta ya estaba tomada antes de que ella preguntara.
—Todavía no —dijo Claudio.
—¿Por qué?
—Porque tienes vendas y gasas y no vas a ver nada útil. Cuando el médico diga que es momento, vas a ver.
—Quiero ver ahora.
—Mayra. —La voz de Claudio no subió ni un grado—. Ahora no.
Ella lo miró. Llevaba seis años mirando esa cara y había aprendido a leerla mejor que la mayoría, mejor probablemente que la propia familia de Claudio. Sabía cuándo estaba negociando, cuándo estaba mintiendo por conveniencia, cuándo estaba genuinamente preocupado por algo. Ahora no estaba leyendo nada de eso.
Estaba leyendo control.
—¿Qué tan grave es? —preguntó.
—El doctor te va a explicar todo cuando venga.
—Te estoy preguntando a ti.
Víctor miró el piso. Claudio sostuvo la mirada de Mayra sin moverse.
—Es serio —dijo—. Pero tratable. Vas a necesitar tiempo y cirugías y paciencia, que sé que no es tu fuerte. Pero vas a estar bien.
La palabra "bien" flotó en el aire de la habitación como algo que ninguno de los tres terminaba de creer del todo.
El doctor Suárez entró cinco minutos después y le explicó lo mismo que les había explicado a ellos en la sala de espera, con la misma economía de palabras, con el mismo énfasis cuidadoso en "proceso largo" y "resultado incierto". Mayra escuchó todo sin interrumpir, con las manos quietas sobre la sábana, la cara vendada mirando al techo.
Cuando el doctor terminó, preguntó una sola cosa:
—¿Voy a quedar igual?
El doctor hizo una pausa de medio segundo.
—Vamos a hacer todo lo posible.
Mayra no dijo nada más.
***
Claudio y Víctor salieron al pasillo veinte minutos después. La enfermera entró a revisar los signos de Mayra y ellos aprovecharon para escabullirse con la excusa de "dejarla descansar", que era verdad a medias.
Caminaron hasta el extremo del pasillo, lejos de las puertas.
—No va a quedar igual —dijo Víctor, en voz baja.
—No.
—¿El doctor te lo confirmó
—Me lo confirmó con lo que no dijo.
Víctor apoyó la espalda contra la pared. Por la ventana del pasillo se veía un patio interior con dos árboles y una banca vacía. Algo completamente ordinario.
—Ocho fechas —dijo.
—Y el álbum nuevo —agregó Claudio—. Y los contratos de marca. Y la campaña de perfume que firmamos en enero
—Todo eso cae si ella no puede presentarse
—Si —confirmó Claudio.
—¿Entonces qué hacemos?
Era la misma pregunta de la madrugada, pero ahora tenía más peso. Ahora ya no era una posibilidad: era un hecho. Mayra no iba a estar lista para los recitales. Mayra podía no estar lista para nada en mucho tiempo. Y el dinero no esperaba la recuperación de nadie.
Claudio miró el patio. Los dos árboles. La banca vacía.
—Hay una manera —dijo.
Víctor lo miró de costado.
—¿Qué manera?
—Una que ya usamos antes.