Tres años atrás, Claudio Reyes había tenido una conversación que nunca anotó en ningún lado.
Era una precaución básica: las cosas que no se escriben no existen, y las cosas que no existen no pueden usarse en contra de nadie. Lo había aprendido temprano, en los años en que todavía cometía el error de confiar en que los acuerdos verbales entre personas civilizadas eran suficiente. Ahora era más cuidadoso. Ahora sabía que "suficiente" era una palabra que significaba cosas distintas dependiendo de quién la usara y cuánto dinero hubiera en juego.
La conversación había sido en un restaurante del centro, una noche de jueves, con un hombre llamado Félix Aranda.
Félix no era productor ni mánager ni nada que pudiera explicarse fácilmente en una conversación casual. Tenía una empresa de "gestión de imagen y comunicación estratégica" que en su página web lucía completamente legítima y en la práctica funcionaba como una bisagra entre el mundo del espectáculo y otros mundos que preferían no tener nombre. Claudio lo conocía desde hacía quince años. Nunca habían sido amigos exactamente, pero sí habían sido útiles el uno para el otro en varias ocasiones, que era un vínculo más sólido que la amistad en casi cualquier industria.
Esa noche, Félix le había explicado algo sobre lo que llamó "el protocolo".
***
—El problema con las estrellas —dijo Félix, cortando el bife con la precisión de alguien que estaba hablando de otra cosa— es que son un producto con cara. No como una canción, que puede sobrevivir sin el autor. No como una marca, que puede cambiar de vocero. Una estrella de pop es inseparable de su imagen física. Si la imagen falla, el producto falla.
—Eso no es novedad —dijo Claudio.
—No. La novedad es la solución.
Félix había tomó un sorbo de vino antes de continuar, sin apuro, con el tono de quien cuenta algo que ya sabe que va a ser recordado.
—Hay un cirujano. Trabaja fuera del sistema. No tiene consultorio registrado, no acepta obras sociales, no figura en ningún colegio médico. Pero es el mejor que conozco en reconstrucción facial. Formado en Europa, veinte años de experiencia, discreto de una manera que el dinero no explica del todo: es discreto por convicción propia, que es mucho más confiable.
—¿Y? —dijo Claudio.
—Y ha hecho esto antes. Tomar a una persona. Darle otra cara. Una cara específica, una cara elegida. El proceso lleva tiempo, la recuperación también. Pero el resultado es indistinguible.
Claudio lo miró durante un momento.
—¿Indistinguible para quién?
—Para cualquiera. Familia, amigos, cámaras de alta definición. El truco no está solo en la cirugía: está en el trabajo posterior. Entrenamiento, voz, gestos, historia. La cara es el comienzo, no el final.
—¿Cuántas veces se hizo esto?
Félix sonrió de una manera que no respondía la pregunta, sino que confirmaba que había una respuesta.
—Las suficientes para saber que funciona.
Claudio terminó su copa sin decir nada más esa noche. Pidió el contacto del cirujano "por si acaso", lo había guardado en un lugar que no era su teléfono ni su computadora sino su memoria, y había vivido tres años sin necesitar usarlo.
Hasta ahora.
***
De vuelta en el presente, Claudio estaba en su auto estacionado a dos cuadras del hospital, con el motor apagado y el teléfono en la mano.
Tenía el número memorizado. Nunca lo había marcado.
Lo marcó.
Atendieron al segundo tono. No hubo saludo, no hubo nombre. Solo una voz tranquila que dijo:
—¿Con quién hablo?
—Con alguien que recibió su contacto de parte de Félix Aranda, hace tres años.
Una pausa breve.
—¿Qué necesita?
—Una consulta. Presencial. Esta semana si es posible.
—Mañana a las seis de la tarde. Le mando la dirección por este mismo número. Venga solo.
La llamada terminó.
Claudio bajó el teléfono y miró la calle vacía a través del parabrisas. Eran las cuatro de la tarde. El sol caía de costado sobre los edificios y hacía largas las sombras sobre el asfalto.
Pensó en Mayra en su habitación, con las manos sobre las vendas, buscando una cara que ya no estaba.
Después dejó de pensar en eso y empezó a pensar en lo que necesitaba resolver antes de las seis del día siguiente.
***
La reunión con el cirujano duró cuarenta minutos.
El hombre se llamaba, o usaba el nombre de, doctor Lamas. Tenía algo más de sesenta años, manos quietas, la costumbre de escuchar más de lo que hablaba. Recibió a Claudio en un departamento del barrio norte que por fuera era completamente anónimo y por dentro tenía el equipamiento suficiente para entender que las consultas que se hacían ahí no eran de medicina general.
Claudio le explicó la situación en términos concretos: una figura pública con el rostro comprometido, un calendario de compromisos inamovible, la necesidad de una solución que funcionara de cara al público.
Lamas escuchó sin interrumpir.
Cuando Claudio terminó, el doctor hizo tres preguntas.
—¿Tienen identificado el perfil físico que necesitan?
—Estamos en eso.
—¿La persona va a cooperar voluntariamente?
Claudio dudó exactamente el tiempo necesario para que la pregunta quedara respondida sin palabras.
Lamas asintió como si esa respuesta también fuera un dato técnico más.
—¿Tienen un lugar seguro para la recuperación?
—Tenemos una clínica privada fuera de la ciudad. Discreta, personal de confianza.
—Bien. —Lamas juntó las manos sobre la mesa—. El proceso quirúrgico lleva entre seis y ocho horas dependiendo del caso. La recuperación inicial son tres semanas de reposo absoluto. Las cicatrices cierran entre cuatro y seis semanas. Para que el resultado sea convincente necesito fotografías de alta resolución del modelo facial: frente, perfil, tres cuartos, con luz natural. Cuantas más, mejor.
—Las tenemos. Es una figura pública.
—Entonces no hay problema técnico. —Una pausa—. El problema, si existe, siempre es el otro.