Irma Vargas tenía una teoría sobre los lunes.
Su teoría era que los lunes no eran peores que los otros días de la semana sino que simplemente eran más honestos. El martes ya te habías acomodado, el miércoles estabas en el medio y podías mirar para los dos lados, el jueves olía a viernes. Pero el lunes no te daba nada: te ponía enfrente la semana entera sin adornos, sin la anestesia del hábito, y eso era incómodo de una manera que la gente confundía con tristeza cuando en realidad era solo claridad.
Eso le había dicho a Martín una vez, un domingo a la noche, mientras él preparaba café y ella doblaba ropa sobre la cama.
Martín la había mirado con esa expresión suya de cuando no sabía si estaba siendo seria o no.
—O sea que básicamente le encontraste una virtud al peor día de la semana.
—Le encontré la única virtud que importa.
—¿Cuál?
—Que no te miente.
Martín había sonreído y le había alcanzado el café y el tema había muerto ahí, como morían la mayoría de sus conversaciones: sin resolución, sin ganador, con la sensación de que el punto no era llegar a ningún lado sino el trayecto en sí.
Eso era lo que más le gustaba de estar con Martín. Que las conversaciones no necesitaban terminar bien.
***
Era jueves cuando la tomaron, no lunes, lo cual arruinaba un poco la teoría.
Pero eso Irma no lo sabía todavía. Todavía estaba en la parte anterior: la parte ordinaria, la parte que en retrospectiva siempre parece demasiado normal para lo que viene después.
Se había despertado a las siete menos cuarto, como siempre. El departamento era pequeño pero ordenado, en un quinto piso sin ascensor de un edificio de los años ochenta que tenía la calefacción justa y las cañerías ruidosas y una vista al patio interior donde los vecinos del segundo piso tenían un gato naranja que se llamaba, según el cartel que habían pegado una vez en el tablero de anuncios, Tostado.
Irma se había duchado, había desayunado parada en la cocina porque la mesa del comedor tenía dos sillas y ella siempre usaba una para dejar cosas encima, había buscado las llaves en tres lugares distintos antes de encontrarlas donde siempre estaban, y había salido a las ocho y diez con nueve minutos de retraso que iba a recuperar caminando rápido hasta la parada del colectivo.
Una mañana completamente ordinaria.
***
La empresa donde trabajaba Irma se llamaba Grupo Ferrán y se dedicaba a importación de materiales de construcción, lo cual Irma consideraba uno de los rubros más silenciosamente funcionales del mundo: nadie hablaba de importación de materiales de construcción en las reuniones sociales, nadie la seguía en redes por eso, nadie le preguntaba con entusiasmo “¿y cómo es eso?” como le preguntaban a los que trabajaban en diseño o en comunicación. Pero el sueldo llegaba puntual, los compañeros eran tolerables, y su jefe directo, un hombre de cincuenta años llamado Roberto, tenía la virtud poco común de no inventar trabajo cuando no había trabajo.
Irma procesaba pedidos, actualizaba bases de datos, respondía correos que en su mayoría eran variaciones del mismo correo, y a las seis de la tarde apagaba la computadora con la satisfacción modesta pero genuina de quien hizo lo que tenía que hacer y ahora puede irse.
No era una vida emocionante. Irma lo sabía y en general no le molestaba. Tenía veintitrés años y tiempo, y los planes grandes podían esperar un poco mientras ahorraba y veía qué forma iban tomando.
Martín trabajaba en una empresa de logística en el otro extremo de la ciudad. Se veían casi todos los días, o casi todas las noches: él llegaba, ella cocinaba o él cocinaba, comían, hablaban, veían algo en la computadora, dormían. Los fines de semana salían con amigos o se quedaban. Era una vida de pareja joven sin drama, sin grandes peleas, sin grandes sobresaltos.
Irma a veces pensaba que debería sentir que le faltaba algo y no lo sentía, lo cual o significaba que era genuinamente feliz o que no tenía suficiente imaginación para saber lo que se estaba perdiendo. Había decidido asumir que era lo primero.
***
El jueves empezó igual que todos los jueves.
La única diferencia fue que a las cinco y media de la tarde Roberto se asomó a su escritorio y le dijo que si quería podía irse antes, que no había nada urgente y el tráfico iba a estar complicado más tarde por un partido de fútbol.
Irma agradeció, guardó sus cosas, y salió cuarenta minutos antes de lo habitual.
Ese detalle, que en el momento le pareció una pequeña suerte, fue lo que permitió que nadie la viera.
Porque si hubiera salido a la hora habitual, con el flujo normal de gente en la calle, con más personas en la parada del colectivo, con más testigos en general, quizás las cosas hubieran sido distintas. O quizás no: quizás los que la estaban esperando tenían versiones del plan para cada escenario.
Irma nunca llegó a saberlo.
***
Irma caminó las cuatro cuadras hasta la parada con los auriculares puestos y la vista en el piso, como hacía siempre. Era un hábito que Martín le criticaba con cariño: “caminas como si el mundo fuera a atacarte”, le decía. Ella le respondía que el mundo en general no ofrecía suficientes motivos para mirarlo mientras caminabas.
La calle estaba tranquila. Hora rara, ese espacio entre el final de la tarde y el principio de la noche cuando la luz todavía no decidió qué quiere ser. Había poca gente. Una señora con bolsas, un chico en bicicleta, dos hombres parados junto a un auto oscuro en la vereda de enfrente.
Irma no miró a los dos hombres.
Pasó de largo con los auriculares puestos y la vista en el piso.
El auto arrancó despacio.
Ella llegó a la esquina y dobló. La calle siguiente estaba más vacía todavía. Había una obra a mitad de cuadra con el andamio cubriendo la vereda, y Irma bajó al cordón para pasar, como hacía siempre, porque el andamio era angosto y daba claustrofobia.